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jueves, 22 de agosto de 2019

Bastardos Con Gloria


Había una vez –hace unos 990 años, para ser más exactos- un chico llamado Guillermo que nació en una tierra situada al norte de Francia habitada por hombres que venían de más al norte todavía y que, por lo tanto, se llamaba Normandía.

Guillermo era nada menos que el hijo del dueño y señor de toda Normandía, el duque Roberto el Magnífico (o Roberto el Diablo, según quién), situación de la cual era posible estar orgulloso y contento.

Pero, como todas las personas, Guillermo también tenía una madre, y su madre era sólo Arlette (o Herleva, según quién) hija de un curtidor de cuero que vivía cerca del pueblo de Falaise a quien, cuenta una leyenda, Roberto el Magnífico/Diablo había visto lavando unos trapos en el río y encandilado por la belleza de la joven se había bajado de su caballo de un salto para cogérsela ahí mismo sobre el barro y la ropa sucia. O -cuenta otra leyenda- había mandado a buscarla con un caballo y un cortejo de servidores para recibirla en su castillo y cogérsela ahí mismo sobre su ducal y medieval camastro de paja, seguramente lleno de  más barro y ropa aún más sucia.

Salís a lavar la ropa y de golpe..."¡Oh, un duque!
¡Y quiere coger conmigo!!". 
Qué hermosa época
la Edad Media. Hoy tenés que entrar a una app
de sugar daddies llena de locas viejas que
encima están más muertas de hambre que vos
(y son aún más pasivas).

De ésto último, Guillermo no estaba muy orgulloso ni contento.

De hecho, tenía grandes problemas para asumir que, por parte de madre, descendía de simples cuereros y que, por esta razón, su todopoderoso padre no había podido casarse con su hermosa pero simplona madre. Ya de chico, abofeteaba a todo aquel que se atrevía a siquiera insinuar que su nacimiento no había sido legítimo y el sólo oír la palabra “bastardo” lo hacía enmudecer de rabia antes de empezar a repartir trompadas y, más tarde, cuchillazos, lanzazos y espadazos.

Por lo tanto, cualquiera que quisiera hacer enojar al pequeño Guille, lo único que tenía que hacer era pronunciar aquella detestable palabra que desquiciaba al único hijo varón del duque normando. Era algo infalible. 

Y así nació el apodo con que sería conocido Guillermo: Guillermo el Bastardo.

Guillermo el Bastardo hubiera sido totalmente olvidado por la historia si su padre se hubiera casado con una princesa y engendrado un hijo varón con ella. Pero resulta que Roberto el Magnífico/Diablo, que apenas tenía 24 años cuando nació Guillermo, andaba muy afligido por toda la gente a la que había matado, torturado, mutilado, flagelado y despellejado en su corta pero intensamente medieval vida (pensar que hoy uno a los 40 de pedo pisó una cucaracha alguna vez). Sobre todo lo torturaba la muerte de su hermano mayor, que había muerto envenenado "misteriosamente" en la celda en que el mismo Roberto lo puso después de rebelarse contra él para vencerlo en batalla y robarle Normandía. 

No es de extrañar entonces que el Magnífico/Diablo, como buen gil de la época, escuchara la prédica de un par de monjes malcogidos que amenazaban con el infierno a todos los que no se arrepintieran de sus pecados y decidiera arrepentirse pero a lo grande, peregrinando a Tierra Santa. Así fue que el casarse y tener un hijo legítimo quedó pospuesto para la vuelta.




Mientras el duque se sacaba la corona y preparaba su traje de mendigo y su bastón de eremita,  hizo jurar a sus barones que reconocerían a Guillermo como futuro duque de Normandía y hasta envió al muchachito a la corte de Francia para que se educara en el siempre luminoso París bajo la protección del rey Enrique I. Todos le dijeron al Magnífico/Diablo que sí, que se fuera tranquilo, que iban a cuidar el ducado para él y su hijo y que la pasara bomba llorando en el muro de los lamentos y que trajera unas aceitunas y un vinito árabe para la vuelta. Por supuesto, apenas se fue, muchos barones normandos se sublevaron y conspiraron contra el bastardito llegando al punto de intentar asesinarlo mientras dormía. El entonces pequeño e indefenso Guille se salvó gracias a un aviso de su bufón personal Gallet el Tonto o Gollet el Imbécil, según quién (habían historiadores en Inglaterra que discutían cuál era el verdadero apodo del bufón ¡lo que es estar al pedo!).

Y cuando llegó la noticia de que el Magnífico/Diablo había muerto en Jerusalém, todos los barones normandos declararon que no iban a seguir a un bastardo y comenzaron una guerra civil contra Guillermo el Bastardo que duraría 10 años.

Quizás si los barones normandos hubieran dicho que no aceptarían a Guillermo como duque por que preferían vivir sin señor feudal, por que les gustaba torturar y expoliar campesinos sin un duque entrometido que quería monopolizar la violencia o por que simplemente se les cantaban las pelotas, hubieran conseguido seguir así más tiempo. Pero cometieron el terrible error de decir que no lo querían por bastardo, consiguiendo que el hipersensible Guille se enojara tanto que se lanzara a rechinar sus dientes, comer espinacas y a entrenarse como milico para poder vengarse algún día. 



Con el tiempo, el bastardito se convirtió en un excelente soldado medieval que poquito a poco arrasó con todos sus enemigos y se hizo con todos los castillos normandos que le habían arrebatado.

Y fue así que Guillermo llegó un día a poner sitio a Alençon, ciudad que se le resistía. 

Mientras el  ya exitoso Guille se paseaba por su campamento discutiendo con sus soldados la mejor manera de tomar la ciudad, los desafiantes Alençonienses (o como se diga) colgaron pedazos de cuero sobre las murallas y empezaron a golpearlos con las lanzas fingiendo que los aporreaban como curtidores mientras gritaban “¡Cueros, cueros para el curtidor bastardo!”.

Rojo de cólera, Guillermo mandó cubrir las murallas de la ciudad con aceite y las incendió hasta los cimientos. Luego, dirigió un ataque furioso contra la irreverente Alencon y tomó prisionera a toda la población del lugar, ordenando a sus guardias que cortaran manos y pies de todos aquellos desgraciados y los dejaran tirados ahí para morir arrastrándose.



Meses antes, Guillermo había perdonado la traición de muchos de sus vasallos, incluyendo a su queridísimo (¡ejem!) primo Guy de Brionne y había permitido a las ciudades conquistadas continuar existiendo bajo su mandato siempre y cuando lo aceptaran como legítimo gobernante. Pero a los alençonianos no podía perdonarlos porque se habían atrevido a pronunciar la fatídica palabra que él no podía oír. Sólo cuarenta años después, unas horas antes de su muerte y pensando que se iba a ir derechito al infierno, decidió -como buen católico imbécilmente medieval que era- arrepentirse con su confesor de aquella salvajada y donar unas cuántas moneditas a algún monasterio lleno de locas closeteras para que rezaran por los mutilados alençonienses.

Pero el episodio de la amputación de pies y manos en Alençon no fue nada comparado con lo que vendría después. 

Resulta que el Bastardo, ya afianzado en su ducado y con sus veinte años cumpliditos, pensó que ya era hora de casarse. Y justo andaba soltera por ahí cerca nada menos que Matilde de Flandes, (o Matilda de Flandes, según quién) hija del conde Balduino V de Flandes el Barbudo (o el Gordo, según quién) y Adela (o Alix, según quién) de Francia, hija a su vez del rey de Francia. Matilde decía, además, descender de Alfredo Magno (o Alfredo el Terrible, según quién) que en aquellos tiempos era como descender de San Martín. O de Claudio Caniggia, si se quiere.

Guillermo envió entonces una embajada a Flandes para solicitar la mano de Matilde, pero justo la flamenca acababa de ser plantada por un abogado sajón muy rubio y muy blanco llamado Brithric el Níveo (o Brithric el Lechoso, según quién). Así que, como Matildita andaba con la autoestima baja, hizo lo que toda mujer y/o loca despechada haría: mandó a decir que jamás una princesa de su alcurnia consentiría en casarse con un bastardo.

Decidlle a ése sucio bastardo que sho soy demasiado para él...
y fijáos cómo hacer para que Brithric se entere de que un
importante y mishonario duque pidió mi mano.

¿Y qué pasó cuando Guillermo se enteró? El señor duque de Normandía, de nuevo rojo de cólera, agarró su caballo y cabalgó solito hasta la ciudad de Brujas, donde encontró a Matilde a la salida de una iglesia. Al verla, desmontó y, según algunos historiadores noveleros, le dijo “Recibí tu respuesta, he aquí la mía”. Y acto seguido, la agarró por las trenzas y la tiró al suelo, le hizo trizas el vestido, la cagó a trompadas, patadas, latigazos, escupidas y vaya a saber uno qué más mientras le soltaba palabras muy poco propias en la boca de un duque. Después, ya más tranquilo, se volvió a su ducado, dejando a la princesa flamenca inconsciente y tirada en medio de la calle.

Por supuesto, cuando Matilde recuperó la consciencia, lo primero que dijo fue “Quiero casarme con Guillermo el Bastardo, pero sha!!”

A mucha gente le costó entender aquella reacción y la creyeron loca. Incluso hoy más de un historiador comenta el cambio de opinión de la princesa flamenca como una curiosidad inexplicable. Supongo que ninguno de esos historiadores fue aporreado nunca por un duque normando de 1,78m (en aquel tiempo, éso era ser alto) con botas de cuero, piernas de rugbier y melena de vikingo. Al menos para mí, esos datos son suficientes como para entender –y felicitar- a Matilde, pero el tema de este post no son las betas sadomasoquistas del amor sino el enfurecimiento ante ciertos apodos, así que olvidemos esta encantadora y romántica anécdota histórica por el momento.

Pegáme y decíme Matilde cuando quieras, ducazo.

Después de unas ceremoniosas embajadas y visitas de cortejo más donde no hubieron insultos ni golpes (al menos en público), Guillermo el Bastardo terminó casado con Matilde de Flandes.

Y un par de meses después de su casamiento, ocurrió un milagroso cambio en Guillermo. De golpe, aquel severo y salvaje normando comenzó a reirse de su apodo. Hasta empezó a firmar todos los documentos con el nombre de Guillermo el Bastardo y nunca más tuvo un ataque de rabia al escuchar esa palabra si no que reía con todos aquellos que lo llamaban así y hasta se burlaba él mismo de su condición.

¿Qué había pasado? Algunas novelistas de Corín Tellado (sí, leo Corín Tellado y me la banco, como Guillermo) proponen la tesis de que el dulce y tierno amor de su esposa había apaciguado su temperamento al punto de lograr comprender mejor al mundo y a los demás. Otras un poco más eróticas (sí, también las leo) creen que el hecho de haberse casado con la mujer más rica de la zona, con la cual tuvo 10 hijos (uno de ellos fue mi ya posteado Guillermo Rufo, que les salió puto además de sadomasoquista) y se divirtió a lo grande, le hizo darse cuenta que no tenía por qué avergonzarse de nada. Y algún atlas histórico y chismoso del que nadie se molesta en comprobar las fuentes supone que la juiciosa y políticamente hábil Matilde le dijo a Guillermo que, si dejaba de enojarse tanto, la gente lo iba a querer y respetar más.

Fuera por la razón que fuera, el que había cortado manos y pies y abofeteado a una princesa por haber sido llamado “bastardo” ahora era el primero en hacer chistes con su ilegitimidad y en celebrar todo chiste que terminara con alguien llamándolo bastardo. Y, efectivamente, la gente dejó de llamarlo bastardo porque, si el duque no se enojaba, no tenía gracia.


Para colmo –y quizás en recompensa por ese cambio de actitud- unos años después, en 1066 para ser exactos, Guillermo desembarcó en Inglaterra, derrotó al rey Harold en la famosa batalla de Hastings y se convirtió no sólo en el nuevo rey de Inglaterra sino en el fundador de la nueva dinastía de reyes que, aún hoy, gobierna ese país (con algunos saltos familiares, parlamentos y revoluciones de por medio). Eso fue suficiente para que Guillermo el Bastardo pasara a la historia como Guillermo el Conquistador, nombre con el que pueden encontrarlo en cualquier lista de gente importante.


Hace unos meses, un señor anónimo me comentó que, si bien se divertía con mi blog, desaprobaba mi manera de referirme a los homosexuales como “locas”. 
Quise contestarle de esta manera.

Porque si la historia de Guillermo de Normandía enseña algo es que el día en que dejás de preocuparte por tu bastardía pasás de ser duque a ser rey. 

Sin duda a muchos gays no les gusta ser catalogados de “locas” porque el término suele usarse de modo peyorativo. De hecho, en alguna época era lo mismo que decir “puto” o “maricón”, hasta que los mismos gays comenzaron a llamarse a sí mismos de esa manera y a bromear con el término, privando a los heterosexuales y –sobre todo- a los homosexuales tapados, de un insulto más para denigrar a los gays.

El miedo a las palabras es más fuerte en aquellos que tienen algo vergonzoso de sí mismos para ocultar, como lo tenía Guillermo. Por éso, la mejor respuesta siempre es el orgullo. 

Decir "sí, soy bastardo, ¿y qué?", decir "sí, soy puto ¿y qué?" no sólo sirve para querernos un poco más a nosotros mismos por lo que realmente somos si no que también tira la pelota al otro, que de repente se ve obligado a explicar cuál es su problema con nuestra bastardía o nuestra homosexualidad. Lo pone en el lugar de discriminador, de intolerante, de vigilante, de chismoso, de moralista, de retrógrado, de vieja gorda de barrio. En una palabra, lo pone en el lugar de hijo de puta, que es justamente lo que  es pero no quiere reconocer bajo ningún concepto.

Es decir, lo enfrenta con su propia bastardía.

En esta época en que cualquier cosa que decís puede hacer que te tachen de machista, feminista, homofóbico, homofílico, kirchnerista, antikirchnerista, carnívoro, vegano, etc. vemos a muchos machirulos/homofóbicos/retrógrados preocupadísimos porque les hemos tirado la pelota en la cara y ahora tienen que decir "sí, soy machirulo ¿y qué?".

Y obvio, no es tan fácil estar orgulloso de que uno es un hijo de puta. 

Es más fácil estar orgulloso de que nuestra madre no era duquesa o de que nos gusta la pija pero no nos pasamos la vida odiando, discriminando, persiguiendo y/o asesinando.

lunes, 9 de febrero de 2009

La loca más grande de todos los tiempos




Dicen que las locas sufrimos todas de delirios de grandeza. Y todas queremos ser la mejor, la número uno, la más admirada, la más envidiada. La más top.
Todas queremos ser divas. Queremos ser reinas.

O más bien LA reina.

Pero es inútil, por más que nos esforcemos ninguna podrá nunca llegarle a los talones a la loca más grande de todos los tiempos. Porque hubo una vez una loca tan pero tan grande que hasta los heterosexuales más grandes de la historia quisieron ser como ella o parecérsele (incluso el día de hoy).

Tan grande era esta loca que le decían El Grande.

Por supuesto, estoy hablando de Alejandro Magno, quien 2.300 años después de haber muerto sigue siendo el hombre más grande entre los grandes hombres de la Historia, el conquistador más importante de todos los tiempos, el general más exitoso de todos, el rey más top. Nadie pudo nunca conquistar tanto en tan poco tiempo y con menos recursos que los que usó Alejandro III de Macedonia.

Acercarse a la figura histórica de Alejandro es enfrentarse no sólo con un personaje impresionante de por sí sino con cientos de historiadores, literatos, cinematógrafos, etc que, durante 2.300 años, buscaron contar la historia del más grande de los reyes.

Y es por eso que existen tantas historias sobre Alejandro Magno y tantos Alejandros Magnos construidos a través del tiempo que, al menos yo, siento una antipatía irreprimible hacia él. Las personas que me cautivan no son las que suelen estar en el centro de la atención (exceptuando a Madonna). Pero igual, de chico querían que me gustara Alejandro así que solía recibir libros, historietas y hasta videos sobre él de regalo por lo que me salió bastante gratis conocerlo. Y creo que lo mejor que he leído sobre él son las 8 páginas que le dedicó Will Cuppy en The Decline And Fall Of Practically Everybody.


Alejandro Magno tiene sus fans y sus detractores, pero son más sus fans. De hecho, sus verdaderos detractores murieron hace mucho; hoy en día nadie sale a quejarse por la gente que mató, torturó, violó, masacró y traumó Alejandro ya que nadie se acuerda de ellos. Quién sabe, quizás dentro de 2.300 años algún historiador rescate la figura de Hitler y ningún judío sepa de quién están hablando.

Como sea, Alejandro tiene, incluso 2.300 años después de su muerte, miles y miles de fans en todo el mundo. Me atrevería a decir que todos y cada uno de ellos son nerds que se la pasan leyendo lo que a nadie le interesa. Pero lo más divertido del club de nerdfans de Alejandro Magno no es que se sepan de memoria el número de espadas con empuñadura de cuero que usó en la batalla de Issos o cuántas vueltitas le dio desnudo con Hefestión a las estatuas de Aquiles y Patroclo; lo más divertido es que arman debates casi sanguinarios sobre la sexualidad de un griego del siglo III a.C.

Porque existen dos grandes grupos de fans de Alejandro: el grupo que niega la homosexualidad de este personaje y el grupo que la acepta. Pero, paradójicamente, el grupo más plagado de homofóbicos es el de los que aceptan la homosexualidad de su príncipe preferido. De este grupo de amantes de Alejandro surgen luminosas y esperanzadoras frases como “No todos los gays son maricones, sino mirá a Alejandro Magno”.

Y es que nadie creería que un hombre que mandó sobre tantos soldados, mató tanta gente, conquistó tantas tierras y se hizo respetar y temer por todo el mundo conocido en su tiempo pudiera ser maricón. Algunos se sorprenden al enterarse que a este terrible general que domó a su caballo a los 12 años de edad y amputaba lenguas, testículos, pezones, ojos, uñas, etc., a sus cautivos, le gustaba ponerse un vestido plateado y jugar con sus amigos a que era la diosa Atenea o que, después de morir Hefestión, (su “logístico”, según la correcta y ATP wikipedia) lloró durante días recostado sobre su cadáver y pasó el resto del año contruyendo templos y estatuas en su memoria hasta morir enfermo de tristeza, alcoholismo y fiebre.

Esta mezcla de testosterona milica con estrógeno romanticoide que conforman la personalidad de Alejandro parece inexplicable -casi alienígena- y es comprensible que las locas no plumíferas se sientan cautivadas por este personaje y lo usen para esgrimir sus argumentos antipluma. Y sin embargo es un simple problema de extrapolación de conceptos, como suele ocurrir siempre en la Historia.

Porque en la época de Alejandro no existían los “gays” tal como se los conoce hoy. Existían, por supuesto, hombres que se la comían con tantas ganas como se la come una loca actual, pero a nadie se le ocurría pensar que eso lo hacía menos hombre. Al contrario, el hombre que tenía poco sexo con otros hombres y prefería a las mujeres era el que más se veía acosado por las dudas sobre su hombría. Pero no era por que a la mayoría les pareciera lindo o mejor el sexo con varones si no porque la mujer estaba considerada como un ser tan pero tan inferior que no valía la pena pasar tiempo con ella, salvo el necesario para procrear. Ser bisexual y machista era lo top en la Grecia (y otras partes) de Alejandro. Con la mujer había que tener hijos, con los hombres había que amarse y pasarla bien.

Claro que siempre había algún enfermo, desviado, anormal y seguro drogadicto (sidótico no, porque no había HIV) que prefería amar a las mujeres y pasarla bien con ellas, pero seguramente eran minoría, como seguramente son minoría los enfermos de hoy ¿vió?.

Pero volviendo al tema, a nadie se le ocurría pensar que por comerte una pija ibas a ser maricón. Eso fue algo que se les ocurrió muchos siglos después a los filósofos y pensadores judeocristianos, tan machistas como los griegos pero con muchas menos ganas de disfrutar la vida. Para los griegos, en general, coger poco y rezar mucho era insano. Y Alejandro era de lo más griego que uno pueda imaginarse. Uno de sus maestros fue el propio Aristóteles.

Así, Alejandro pudo vestirse de mina (o, más bien ¡de diosa!) y hacer que sus soldados se quedaran firmes con sólo gritar “firmes” una sola vez sin preocuparse mucho por lo que fueran a pensar los vecinos sobre sus costumbres sexuales. Pero eso era sólo porque en aquella época la gente no iba a catecismo ni a misa a escuchar las ocurrencias misóginas de alguna loca traumada que cada noche mira fotos de pornografía infantil con una linterna en su cama sino que se la pasaban escuchando a poetas y cantores bronceados y atléticos con la cabeza abierta de tanto viajar por el mundo que contaban cómo los dioses vivían metiéndose los cuernos unos a otros sin importar género, estado civil, edad, parentesco, etc.

En fin, el debate sobre la sexualidad de Alejandro seguramente continuará hasta que la gente empiece a pensar que la mujer no es un ser inferior y que un hombre que hace lo que ella en la cama no se “inferioriza” por ello. Pero como el debate hoy es absurdo (aunque vigente), mejor sigo, o más bien empiezo, con la historia de esta loca a la que no está bien llamar loca pero, para no complicar tanto, la llamaré loca.

La historia de Alejandro Magno empieza, como la historia de cualquiera, cuando su madre lo dió a luz. Si la señora Olimpia de Epiro, la mamá de Ale, se hubiera limitado sólo a éso, quizás Alejandro Magno no hubiera sido Alejandro Magno. Pero Olimpia, como toda madre, además de darle la vida a su hijo, quiso controlársela, y Alejandrito salió como salió.

Olimpia era una princesa muy importante por ser la única hija y heredera del rey Neoptómelo. Fue casada con Filipo II de Macedonia a los 19 años y tuvo dos hijos con él, Alejandro y Cleopatra (no, no es ésa Cleopatra, ya estaba de moda el nombre, nomás). Olimpia odió a su esposo desde el comienzo porque éste le era infiel y ella no toleraba quedar ante la gente como una pobre cornuda (la razón de siempre de las reinas en toda novela histórica). Por ello (y quizás también porque quería ser una rica reina viuda regente) decidió hacerle la vida imposible a su marido hasta hacerlo asesinar.

En resumen, Olimpia era una mujer normal como cualquier otra. Sólo tenía una pequeñísima rareza en el terreno mascotas: era “ofidiofílica”. Tenía la casa llena de serpientes de todas las clases, cosa que a Filipo le ponía los pelos de punta. Olimpia dormía con ellas, les daba de comer, las sacaba a pasear y las acostaba en la cuna de Alejandro todas las noches para tener a todos sus amores cerca. ¡Rarezas de la época, supongo!

Filipo, por su parte, era también un tipo bastante común. Tuvo 7 esposas además de Olimpia (y al mismo tiempo) y quizás 7 mil amantes de ambos sexos y variadas razas y edades. Poco para los reyes de su época. Con todo, era lo bastante vivo como para aprovechar que los griegos se habían hecho pomada en la guerra del Peloponeso y subyugarlos bajo la corona macedónica, ya que las principales poleis del momento estaban debilitadísimas militar y económicamente.

Filipo comenzó a odiar a Olimpia ya desde los primeros días. Algunos dicen que fue porque al pobre rey macedónico le molestaba llegar medio borracho a su casa y no poder tirarse en su cama ya que a una de las pitones de Olimpia le gustaba dormir del lado derecho. Pero, un poco más creíble es la idea de que subyugar a toda Grecia se le subió a la cabeza y lo llevó a pensar que ya no necesitaba tanto la alianza con Epiro, de donde venía Olimpia.

Como sea, Filipo amaba a Alejandro, su heredero legítimo. Pero el niño parecía no querer a su padre ya que se escondía de él cuando éste lo buscaba para jugar a los soldados con una espada de madera o se envolvía el cuello con alguna víbora para que Filipo saliera corriendo y lo dejara en paz. O quizás era que el pequeño Ale ya disfrutaba usando una boa en el cuello, aunque no fuera de plumas, pero al pobre Filipo las boas de verdad en el cuello de su hijo lo asustaban tanto como a un padre hetero actual lo asusta un hijo bailando Vogue frente al espejo con una bufanda rosada a los 6 años .

Y, como todo padre -actual o antiguo, Filipo culpaba a su esposa de su propia incapacidad para acercarse a su hijo. El rey de Macedonia estaba convencido de que Alejandro no lo quería por culpa de Olimpia.
Y muy equivocado no estaba.

Quizás porque Olimpia era muy absorbente o porque Alejandro era muy mamero, madre e hijo pasaban todo el tiempo juntos. Olimpia le llenaba la cabeza al nene con toda clase de historias horribles sobre Filipo que Alejandro creía al pie de la letra.

Un día, Olimpia llevó a Alejandro al templo de Zeus-Amón (un dios greco-egipcio con forma de serpiente) y allí, entre serpientes sagradas, le reveló la verdad: él no era hijo de Filipo sino de Zeus-Amón, que se había presentado a ella en forma de una enorme serpiente negra y la había fecundado sin que Filipo supiera.

Alejandro salió muy contento del templo de Zeus-Amón y creyó hasta el último día de su vida que él era hijo de una serpiente. Se la pasaba diciendo por todas partes que su padre era una serpiente y podía estar horas jactándose de ello.

Incluso una vez, cuando Alejandro tenía sólo 6 años, sus compañeritos de juegos se hartaron y le dijeron que él no era hijo de una serpiente. Alejandro los hizo ejecutar en el acto y ya nadie se atrevió  por mucho tiempo a decir que no era hijo de una serpiente, al menos delante de él.

Más tarde, a los 12 años de edad, asesinó a Nectanebo, su maestro de astronomía, pero esta vez por el puro placer de aniquilar a su profesor. A Alejandro no le gustaba estudiar los astros, pero al menos Nectanebo le ayudó a encontrar su verdadera vocación que resultó ser no la astronomía sino el asesinato. Con todo, no hay que negar que Alejandro era un asesino simpático y juguetón ya que para matar al astrónomo lo empujó a un pozo mientras éste miraba las estrellas en vez de ver dónde pisaba  (sospecho que esta es una historia inventada después por alguien que querría burlarse de los astrólogos, pero lo cierto es que Nectanebo y Alejandro estaban parados al lado de un pozo y de repente, Nectanebo ya no lo estaba).

A Filipo también le preocupaba mucho la educación de su heredero, que tan poco respeto mostraba por sus profes. Por lo tanto, decidió llamar al profe más top de la época para ver si así funcionaba la cosa. Así fue como Alejandro conoció a Aristóteles, quien fue su maestro en los difíciles días de la adolescencia.

Pero, como les suele ocurrir con los grandes pensadores, Aristóteles tenía problemas para ser un buen profe. Era muy volado y divagaba demasiado: se ponía a hablar de una cosa y terminaba hablando de cualquier otra y después no sabía cómo volver. Así y todo, era lo bastante inteligente para no acercarse a ningún pozo, precipicio ni nada parecido mientras estuvo con Alejandro.

Me gustaría decir, como loca malpensada y morbosa que soy, que Aristóteles se lo cogió a Alejandro durante los 3 años que fue su profe, como solían hacer con sus discípulos todos los profes griegos. Pero lamentablemente no hay pruebas porque no hay nada tan poco documentado como la vida sexual de Aristóteles. Supongo que pasarse todo el tiempo filosofando hace que uno no tenga una vida lo bastante interesante como para que algún cronista se moleste en registrarla.

Lo que sí sabemos es que Aristóteles ya era un cuarentón jugoso cuando lo tuvo de alumno a Ale y que el plato preferido de todo griego madurito eran los adolescentes menores o rondando los 16 años. También sabemos las cosas que hizo después Alejandro con Hefestión, Bagoas, Clito y otros muchachotes, así que me parece que podríamos sumar dos más dos sin mucho miedo a equivocarnos.

Puede que la posteridad haya exagerado la influencia de Aristóteles en Alejandro Magno sólo porque ambos son personajes importantísimos que convivieron un tiempito.
Era costumbre griega que el tutor de un efebo (adolescente) tuviera relaciones sexuales con él y le enseñara todo lo que hay que saber. Aristóteles sabía mucho sobre homosexualidad, aunque también en este tema tenía algunas ideas medio voladas. Por ejemplo, creía que la causa del goce anal tenía que ver con un nervio que bajaba por la columna vertebral hasta el recto y no con el roce prostático. Todo el sistema nervioso baja por la columna vertebral y se irradia hacia todo el cuerpo, pero Aristóteles estaba feliz porque creía haber descubierto la causa de la homosexualidad y no aceptaba ninguna refutación.

Igual munca sabremos si fue Aristóteles u algún otro lindo tutor velludito y barbudo quien inició a Alejandro en el “más bello de los amores” según los griegos. Pero me parece que para esa época Alejandrito ya había probado bastantes cositas -fuera con Aristóteles o con otros-, no sólo porque era la costumbre sino porque ya conocía a Hefestión.

Hefestión era uno de los tantos hijos de aristócratas que compartían educación con Alejandro. Su padre lo había mandado a la corte de Filipo con la esperanza de que se hiciera amigos importantes, cosa que efectivamente ocurrió y con creces. No se sabe bien desde cuando se conocían con Alejandro pero sí que Aristóteles conoció a Hefestión en ésa época ya que tiempo después le dedicó muchas de sus cartas: al parecer, Hefestión era el preferido de todas las locas, fueran príncipes o filósofos.

No hay descripciones físicas de Hefestión ni tampoco de Alejandro. Mejor dicho, hay cientos de descripciones sobre ellos, pero ninguna puede realmente comprobarse como cierta. Algunos dicen que Alejandro era rubio y Hefestión morocho, otros al revés. Otros creen que uno de ellos era más alto, o que el otro era más gordo, o que el primero era más pasivo, etc.
Lo que sí se repite mucho es la idea de que Alejandro era petiso y eso seguramente es cierto. La mayoría de los grandes conquistadores no pasaban del metro setenta.

Sobre Hefestión, no cabe duda alguna: haya sido alto, petiso, rubio, morocho o lo que fuera, sin duda era un potrazo con mayúsculas. Alejandro, heredero del rey más importante del momento, podría haber elegido a quien quisiera para que fuera su amante. Y lo eligió a Hefestión.

Aristóteles, el filósofo más importante de su tiempo (y seguramente el mejor pago) también lo eligió a Hefe cuando pensó a quién podía hacerle el honor de dedicarle una obra suya. 

Creo que son datos suficientes para que pensemos que Hefestión era el Brad Pitt de la antigüedad.
Incluso cuentan que cuando Alejandro y Hefestión se presentaron ante la reina Sisigambis tras derrotar a su hijo, Darío III, la tipa se arrodilló frente a Hefestión pensando que era él el rey, seguramente por la impresión que le causó su belleza.

Pero esto también puede ser una exageración. Quizás, como suele suceder con los favoritos de la gente con plata, lo que tenía Hefestión era simplemente una buena herramienta.

Es obvio que Alejandro estuvo perdidamente enamorado de Hefe toda su vida desde que lo conoció. Cuando la reina Sisigambis se puso colorada por confundir a Hefestión con Alejandro, éste le dijo, emulando a galán de telenovela: “No se preocupe, Doña Sisi, Hefestión y yo somos uno solo”.

También hay que pensar en el culto a Hefestión que inauguró Alejandro tras la muerte de su amante o en la visita que hicieron ambos a la supuesta tumba de Aquiles, el héroe de la Ilíada -con quien Alejandro gustaba de compararse- que también tuvo un “favorito” en su primito Patroclo.

Un amor así como el de Alejandro por Hefestión, tan inmenso, tan espectacular, sólo puede ser el resultado de dos cosas: o Alejandro vivía borracho (cosa verídica) o Hefestión no le daba suficiente bola y Alejandro vivía temiendo que lo abandonara a pesar de que Hefe dependía de él, ya que compartía toda su fortuna y su gloria militar.

Quizás eran las dos cosas juntas. Alejandro nació un 21 de Julio, por lo que era un canceriano casi leonino. En todos sus actos se notan la inseguridad del cangrejo y el arrojo del león. Pero dejando de lado la Astrología (ya que tampoco se sabe muy bien si nació ese día o no) hay que pensar que un hombre que llegó al extremo de conquistar el mundo entero no tendría porqué quedarse a medias tintas en el amor.

Y no es que Alejandro haya querido solamente a Hefestión. Tuvo varios amigos “muy queridos”, aunque nunca se haya dejado con Hefe ni un solo día (y bueno, che, la monogamia entre gays también es un invento posterior, si es que alguna vez se inventó). Uno de los renombrados amiguitos de Ale fue el hermoso eunuco Bagoas, ex-esclavo personal de Darío III, lo cual me desconcierta un poco en mi creencia personal de que Alejandro era pasivo.

Quizás Hefestión, a fin de cuentas, era sólo una linda pasiva. Quizás es cierto eso que dicen algunos historiadores mojigatos de que Alejandro sólo fue derrotado por “los muslos de Hefestión” (¡¿qué clase de mente enferma de castidad puede llegar a escribir una frase así??!! Bueno, claro, la de un historiador.)

Pero me cuesta creer la teoría de Alejandro Activo y Hefestión Pasivo. Lo natural sería que Alejandro haya sido el pasivo ya que él fue quien eligió a Hefestión entre muchos otros gatos que pululaban en su corte y sólo los gatos activos consiguen príncipes con plata. Pero quién sabe, los hombres que están en pareja no suelen contar quién es el activo y quién el pasivo y a ningún cronista se le ocurrió averiguarlo y dejarnos el chisme. ¡Esos, justamente, son los detalles que siglos después cobran importancia, malditos imbéciles contadores sólo de aburridas proezas militares!.

Quizás Alejandro era amplio, cosa que explicaría todo. Y si a eso le sumamos que tomaba vino todo el día, podemos entender mejor aún las cosas, ya que quizás ni él mismo era capaz de recordar lo que hacía en la cama. Pero para mí, con Hefestión al menos, era una pasiva 100%. Nadie le hace un templo a un pasivo ni obliga a un imperio entero a dedicarle funerales durante un año. 

Volviendo al tema Bagoas, tampoco puedo meterme mucho con él ya que nunca probé estar con un eunuco. Qué sentía Alejandro por él es algo que escapa un poco a mi entendimiento. Quizás cogerse a Bagoas lo hacía sentir más macho después de hacerse romper la cola por Hefestión (esa sería la teoría de cualquier loca cínica de la actualidad). O quizás Bagoas también se lo cogía usando una lanza o la funda de una espada (podríamos llamar a ésta explicación teoría del juguete). O quizás sólo tomaban vino y tijereteaban mientras le sacaban el cuero a Hefe y a otros chongos del ejército (es la teoría a la que personalmente más adscribo)

Pero bueno, ante tanto desconcierto lo mejor es tratar de meterse en la época para comprender lo que pasaba. Bagoas había sido gato y bailarín erótico desde chico y si había llegado tan alto en el harén de Darío, seguramente bailaba muy bien. Capaz que en una época donde no había radio, tele, Internet, etc., y lo más divertido del mundo era ir al teatro o a ver un show de danza exótica fuera ésta una cualidad muy apreciable.

Alejandro se sentaría a morfar cómodamente en una desorganizada ronda con sus amigos favoritos y frente a ellos bailarían cientos de esclavos para deleitar la vista. Bagoas siempre se destacaría (seguramente al ser eunuco le era muy fácil caer en el suelo con las piernas abiertas en 180°) y ganaría todos los premios, por lo que era obvio que Alejandro lo elegiría como favorito, al menos para que lo envidiaran todos los demás.

También parece ser que Ale tuvo una relación de amor-odio con Clito el Negro, uno de sus generales. Clito era bastante mayor que Alejandro y le había salvado la vida en la batalla de Granico. Tiempo después, un día que Alejandro estaba tirado borracho en medio de sus esclavos persas contándoles una y otra vez que él era hijo de una serpiente, Clito, todavía más borracho que él, se le acercó y le dijo “No sos el hijo de una serpiente sino un nene de mamá que se cree no sé qué”. Y Clito iba a seguir diciéndole de todo, como buena loca amiga sincera e imbancable que era (todos tenemos alguna), cuando Alejandro saltó sobre él y lo atravesó con una lanza.
Después de hacerlo lloró durante dos días, aunque no sé si por haber matado a Clito o porque éste nunca se creyó el cuento de la víbora. Pero, por supuesto, no dejó de beber.

Los pormenores de su campaña militar en Asia, que algunos dicen que emprendió por incitación de Aristóteles (cuyo sueño fue siempre helenizar a los bárbaros), me resultan bastante aburridos porque soy loca y la historia militar obviamente me aburre. Pero hay dos detalles que son interesantes, desde el punto de vista loqueril.

El primero es que su ejército parecía inspirado por la moral de su jefe ya que, imitando la tradición hoplita espartana (o, según otros, la del batallón sagrado tebano, que al fin y al cabo es lo mismo) , todos los soldados tenían un compañero (pero seguro más de uno) con el que compartían las armas, la comida y el sexo. Esto apuntaba a generar un fuerte amor entre los hoplitas ya que se pensaba que cada hombre defendería con la vida a su amado. (pensemos que las parejas gay de la época no tenían shoppings, ni discos, ni museos, ni túneles, ni teteras, ni Grindr, ni un mísero McDonald´s, es decir, no había realmente lugar más interesante que el campo de batalla para ir con - o sin- tu pareja).

Para muchos historiadores bastante serios, incluso para los más mojigatos, este era el secreto de la infalible fuerza del ejército de Alejandro Magno: que todos sus soldados estaban dispuestos a dar su vida por su compañero . Y la verdad que en aquellos tiempos en que las grandes guerras se decidían por las batallas cuerpo a cuerpo, conseguir soldados que se quedaran a pelear por sus ciudades arriesgando sus vidas heroicamente debía ser un tema. 

Es decir, la lógica militar espartana/tebana (que paradójicamente tanto alabaron Platón, Jenofonte y otros rancios conservadores de la época) indica que cualquier hetero habría salido corriendo como nena si veía que a su mejor amigo le habían clavado una docena de lanzas pero una loca se habría quedado peleando hasta el final para defenderlo. Y sí, recordemos que, a diferencia de nuestros días, la población de las ciudades de la época era bastante reducida y no había Grindr, por lo tanto si te mataban a tus amantes en una batalla capaz después pasabas meses sin pegar una buena cogida. Mejor quedarse y pelear para salvarlos costara lo que costara. Además, los hoplitas seguro tenían mejor lomo que los gordos y viejos que se quedaban con las mujeres en las ciudades.

También hay que decir sobre el tema de la invencibilidad de Alejandro que Darío III, el rey de Persia derrotado por Alejandro en Issos y Gaugamela, no se distinguía por ser muy buen general. Usaba carros de guerra con guadañas a los costados pero Alejandro y sus soldados nunca querían pararse delante de las guadañas así que el truco no funcionaba (eran locas, Darío, no pelotudas). Además, Darío tenía muchos elefantes de guerra que no siempre corrían para el mismo lado y casi siempre terminaban pisoteando al ejército persa en vez de al griego.

El otro detalle es que Alejandro nunca hacía avanzar a su ejército sin cubrir su retaguardia y esto me parece un punto fuerte para mi teoría de que era pasivo. Vivía pensando que alguien iba a venir por atrás y había que estar listo para recibirlo. Y así fue como nunca nadie pudo sorprenderlo  por detrás (hablo de su vida militar, claro, si aplicaba esa misma lógica a su vida personal probablemente era una pasiva higiénica y depilada con el lubricante siempre a mano).

Después de conquistar Persia, Alejandro siguió penetrando -valga la expresión- en Asia y también en África. Diecisiete ciudades pasaron a llamarse Alejandría sólo porque a él se le cantó. También hubo una Alejandría Bucéfala, en honor a su caballo y una Alejandría Peritas, por su pichicho. Alejandro amaba a su perro casi tanto como a su caballo, que venía a ser una especie de auto para él. La teoría de que era pasivo cobra más fuerza aún. O sea, si Alejandro reencarnara hoy, quizás sería una de esas locas que se sacan fotos con su caniche o montadas en su Audi mientras sonríen como capitalistas bobaliconas y publican fotos de perros y gatos abandonados en grupos rescatistas de Face. Para pensarlo...

Volviendo al siglo IV AC, cuando  Alejandro ya andaba cerca de China, decidió volverse ya que sus tropas extrañaban pasarla bien en Persia y estaban hartos de andar cabalgando todo el día, saqueando ciudades y masacrando gente en aquellos extraños países que no conocían cuando podían hacer lo mismo un poco más cerca de su casa. El pobre Bucéfalo murió en la India, agotado por su incansable amo y, como si hubiera sido un aviso, todo empezó a salirle mal a la pobre Ale.

De vuelta en Persia, Alejandro tuvo que casarse con Estatira, hija de Darío, para asegurar mejor su posición política, cosa que no gustó nada a Roxana, una turca divina con la que también había tenido que casarse para obtener apoyo de su familia.


¿Era entonces la Alejandro una bisexuala? No sé si le gustarían las mujeres también, pero son las únicas féminas que parecen haber estado a menos de un metro de él, además de su madre. Además los nobles de ésa época (como los de todas las épocas) estaban obligados a procrear les gustara la pija o la concha, así que realmente no se pueden contar sus matrimonios como aventuras con el sexo opuesto, sobre todo teniendo en cuenta el poco tiempo que Ale les dedicó a sus esposas.

La turca Roxana tuvo un hijo de él -o al menos ella decía que era de él (yo habría hecho lo mismo)- meses después de la muerte de Alejandro pero fue asesinada junto con su hijo cuando éste tenía sólo 14 años. Antes de eso, Roxy había hecho matar a Estatira y quizás también a Bagoas, tan bonito que era, pobre. Pero no se quedó contenta con eso sino que hizo arrancarle los ojos al cadáver de Estatira cuando ya estaba bastante podridito. Olimpia, por su parte, había hecho hervir en aceite a varias de las amantes de Filipo tras la muerte de éste.

Como corolario, las mujeres de la vida de Alejandro no eran muy mansitas. Esa es otra cosa que quizás hay que tener en cuenta si alguien pregunta por las causas de su gusto por los varones.

Volviendo a su arreglado matrimonio con Estatira, Alejandro hizo que Hefestión se casara con Dripetis, otra hija de Darío III. Alejandro quería que sus hijos y los de Hefestión fueran primos como Aquiles y Patroclo (¡Por Dior y Afrodita, sí que le gustaba la Hefestión a la pobre loca).

Pero no pudo ser, ya que el hermoso y solicitado Hefestión murió unos meses después, sin dejar hijos. Algunos dicen que fue la fiebre tifoidea lo que acabó con el gran amor de Alejandro pero lo más probable es que alguien lo envenenara porque quería ocupar su lugar.

Eso tampoco funcionó ya que Alejandro se pasó el resto de su vida llorando y recordando a Hefestión sin preocuparse más por su imperio hasta morir él también un año después. (A esta altura me siento capaz de aventurar la conclusión definitiva de este pequeño ensayo: Hefestión tenía una pija de, por lo menos, 25cm)

De qué murió Alejandro tampoco se sabe bien. Se supone que fue por paludismo, enfermedad que ya lo había postrado años antes. Otros piensan que lo envenenaron sus parientes macedónicos para quedarse con su imperio. También se sabe que unos días antes de su muerte los sacerdotes de Zeus Amón le habían negado su petición de que convirtieran a Hefestión en el dios supremo de todo su imperio. La negativa de estos celosos sacerdotes le habría bajado las defensas.

Pero no hay que olvidar que nadie puede vivir mucho tiempo llevando la vida que él llevaba. Pasársela de guerra en guerra y de orgía en orgía rociando todo con vino y comida árabe es fatal para el hígado. Recuerdo también la interesantísima teoría que leí en catecismo (sí, sho era no sólo parte del rebaño obligado a ir a catecismo en los 80 sino que también era de las imbécilas que  realmente prestaba atención al catequista) de que Alejandro Magno estaba maldito y los malditos no pueden superar la edad de Jesús. Efectivamente, Alejandro murió a los 33 años. Pero no sé si se aplica, ya que Alejandro nació unos 300 y pico de años antes de Jesucristo.

Fuera lo que fuese, lo cierto es que pasó su último año rapándose la cabeza, pegándose con un látigo y celebrando funerales para Hefestión. Quizás, si hubiera vivido, con el tiempo se le hubiera pasado la pena, sobre todo teniendo en cuenta que en su harén personal había, al menos, 100.000 esclavos traídos de todos los confines de su imperio, ¡y eso sin contar los eunucos!

Pero la cosa es que no se le pasó y demostró tener un costado tierno, aunque un poquito exagerado. Claro que todo en él era así.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La mujer que lo tenía todo



Desde Aristóteles a Freud, una incontestable pregunta ha atormentado a cientos de sabios e intelectuales en todo el mundo: ¿Qué es lo que quieren las mujeres?

Muchos han ofrecido respuestas diversas, pero lo primero que a cualquiera se le ocurriría es, por supuesto, “un hombre”. Un hombre especial que reúna ciertas condiciones; entre ellas podríamos mencionar: que sepa cuidarla, amarla, protegerla, hacerle el amor como Dios manda, darle hijos, regalarle cosas caras, tener un lomazo, vestirse bien, tenerla grande, etc.

Obviamente, sólo estoy hablando de mujeres heterosexuales, que, seguramente, ordenarían estos requisitos siguiendo cada una su propio criterio personal y añadiendo otros que consideren necesarios.

Pero además de querer un hombre, una mujer puede querer otras cosas…

Podríamos mencionar algunas muy obvias como la belleza, el poder, el dinero, talento, fama, carrera, marido que la ame más que a nadie, amante o admiradores que agonicen por sus favores, hijos hermosos y exitosos, ropa, zapatos y, sobre todo, no tener que cocinar, lavar, planchar, etc. (a menos que les guste, cosa rara)

Sin embargo, uno mira alrededor y ve mujeres que parecen tener todas estas cosas e igual no son felices. “¿Qué más querés?” le diría uno a Paris Hilton, Britney, Elizabeth Taylor, Madonna y tantas otras que, cada tanto, se quejan con algún periodista o en alguna lastimera canción sobre lo infelices que son.

Aunque claro, quizás estas mujeres ricas y famosas no tienen realmente todo lo que quieren. Y eso ocurre con todas las mujeres del mundo, al parecer: la que tiene plata no tiene marido, la que tiene marido no tiene sexo, la que tiene sexo no tiene afecto, la que tiene afecto no tiene casa linda, la que tiene casa linda tiene cara de caballo avejentado, la que no tiene cara de caballo avejentado no puede tener hijos, la que tiene hijos no tiene silueta, etc.

Entonces, ¿Es posible, para una mujer, tener todo lo que se necesita? ¿Existe o existió alguna vez una mujer que lo tuviera todo para ser feliz, es decir, existió alguna vez una mujer bella, rica, inteligente, poderosa, amada, respetada, adorada, con un marido envidiable que no le metiera los cuernos, hijos hermosos y divinos y, sobre todo, que no tuviera que cocinar, lavar, barrer y planchar?

La historia nos dice que sí.

Hubo una vez una mujer que lo tenía y tuvo todo para ser feliz. Se llamaba Isabella (ok, el nombre no era muy feliz pero en su época estaba de moda) y nació como heredera del condado de Angulema, una de las regiones más hermosas de Francia, a fines del siglo XII.

Isabella de Angulema se hizo famosa en todo su condado y alrededores por su sorprendente belleza siendo apenas una niña. ¿No es eso algo con lo que cualquier mujer se sentiría feliz? Nobles, campesinos, obispos y juglares repetían por todas partes que no existía en el mundo una joven tan hermosa. Es más, antes de cumplir sus 10 años de edad, ya era llamada por poetas y trovadores la nueva “Helena de Troya" y esa fama llegaría a extenderse, con el tiempo, por toda Europa.

Según dicen las crónicas de ese tiempo, era una niña de cara ovalada, de cabello negro oscuro y ojos color violeta. Tenía rasgos bellísimos pero, además, parecía que era muy despierta y encantadora, por lo que sus padres, tutores, sirvientes y demás integrantes de la corte de Angulema terminaban concediéndole todos sus caprichos.

Es cierto que los poetas solían (y suelen) cantar a la belleza de toda mujer rica y poderosa sólo para obtener algún favorcito, generalmente monetario. Pero en el caso de Isabella de Angulema parece que era cierto, por lo que le ocurrió después.

Isabella fue comprometida cuando tenía sólo 12 años con el conde Hugo de Lusignan, conocido como “el moreno”, quién tenía 22. Hugo, a pesar de que también tenía un nombre horrible, era también muy famoso en toda Europa por su belleza, nobleza y valor militar. Era un hombre excepcionalmente alto, de cuerpo vigoroso y abundante cabello negro. Antes de cumplir los 20 años había conseguido para su familia el condado de La Marche secuestrando a la famosa Leonor de Aquitania, quien tuvo que concederle el condado a cambio de su libertad.

En resumen, era el macho perfecto. Y, además, conde. El matrimonio entre Isabella y Hugo estaba destinado a acabar con la tradicional enemistad entre los condes de Angulema y el Poitou. Así, toda la región estaba encantada con la feliz pareja de prometidos que eran tan bellos y jóvenes y que reestablecerían la paz en la región con su maravillosa unión.

Pero el destino tenía aún más gloria reservada para Isabella. Quiso la casualidad que, un día que había salido a cabalgar por los bosques con sus damas se cruzara por su camino nada menos que Juan Sin Tierra, rey de Inglaterra. Juan acababa de heredar Inglaterra, Normandía y Aquitania de su hermano Ricardo Corazón de León, quien había muerto sin hijos por pasársela de orgía en orgía con sus soldados y servidores más fieles.

Juan, en cambio, era famoso por su lascivia y por haberse encamado con todas las mujeres que pudo, fueran nobles, plebeyas, casadas, solteras, menores, vejetas, etc. Tenía, además, reputación de juerguista, borracho, anticlerical y de decir palabrotas (!).
Sólo ver a Isabella ahí en el bosque lo volvió loco y al poco tiempo, la raptó, se casó con ella y la hizo coronar reina de Inglaterra, todo por su bonita cara.

De esta forma, Isabella, que era sólo la hija de un conde y no podía aspirar a casarse con nadie superior a su rango, recibió el honor de ser elegida por uno de los reyes más poderosos de la época que encima tenía toda la fama de ser un mujeriego incorregible pero que, ante la belleza de Isabella, había decidido dejar de mirar a otras mujeres.

Por supuesto, el macho herido de Hugo de Lusignan, en consonancia con los estúpidos valores de la caballería tan queridos en su época (o quizás realmente enamorado de su jovem prometida), juró no tocar a ninguna otra mujer hasta recuperar a su amada Isabella (y de hecho así fue o, al menos, no se prometió ni casó con otra). Pronto se unió a los enemigos de Juan e intentó atacar sus posesiones con tanta mala suerte que cayó prisionero de los ingleses y fue exhibido encadenado y humillado frente a Juan y la mismísima Isabella, que padeció la horrible experiencia (o el inmenso placer) de ver a su ex prometido condenado por intentar recuperarla.

Después de humillarlo de todas las formas posibles, Juan permitió que Hugo volviera a su condado bajo promesa de no atacar las posesiones de Juan nunca más. Fue la única victoria que obtuvo en toda su vida Juan Sin Tierra y si uno creyera en el destino, diría que se la debe a Isabella, ya que Juan hizo todo lo posible por demostrarse superior a Hugo sólo para impresionarla. De nuevo Isabella siendo la protagonista de todo.

La unión entre Isabella y Juan no pudo ser mejor…para Isabella. Al principio él estaba tan embobado con ella que le concedía todos los caprichos. Isabella paseaba por toda Inglaterra y Normandía haciéndose la señorona (que de hecho, lo era), con las mejores joyas y vestidos y recibiendo la adoración de sus súbditos. Tuvo cinco hijos con Juan y la maternidad no mermó en nada su belleza pero pronto Juan comenzó a resultar un poco aburrido para Isabella y ella se dedicó a histeriquear con los hombres de su corte que estaban más que dispuestos a cortejarla.

Pronto Isabella quiso más que histeriqueo y comenzó a acostarse con los hombres que más le gustaban, que solían ser nobles de baja estofa, escuderos de cara triste pero brazos gruesos o caballeros con las piernas bien arqueadas.

Juan se ponía loco de furia cuando se enteraba de que Isabella le había metido los cuernos y en varias ocasiones hizo torturar y asesinar a los amantes de su mujer, incluso delante de ella. A veces, los llevaba atados hasta la habitación de Isabella y comenzaba a darles sin asco con el látigo, o les clavaba un hierro ardiendo o, simplemente, les amputaba los testículos con una hoz. Isabella se tapaba los ojos y decía “oh, no, cuánta crueldad”, pero ahí nomás espiaba un poco y contenía una sonrisa de gato, seguramente complacida de que tantos hombres estuvieran dispuestos a enfrentar la tortura y morir por ella sólo por obtener un rato de sus favores.

Así, Isabella vivía en Inglaterra en medio de riquezas y de la adoración de todo hombre que anduviera cerca, provocando la cólera de su marido de vez en cuando para divertirse un poco.
Pero ocurrió que Juan murió cuando ella tenía alrededor de 30 años e Isabella se quedó al frente del reino con Enrique, su hijo mayor y futuro Enrique III.

Muchas reinas viudas que a lo largo de la historia estuvieron en su misma situación pasaron a ocupar un importante lugar en la política como reinas regentes, pero Isabella era, ante todo, una rubia hueca de alma y la aburría soberanamente la política. Además, administrar un reino con tantas complicaciones era tarea muy trabajosa de manera que se le ocurrió algo más divertido. Decidió casar a su hija Juana con su antiguo prometido, Hugo de Lusignan, para establecer una alianza provechosa entre Inglaterra y Poitou y para tener la excusa de ver si Huguito el Moreno seguía siendo tan lindo como antes.

Entonces, Isabella partió de Inglaterra dejando a su hijo Enrique III al cuidado de William Marshall (un noble y fiel caballero de la época que, según las crónicas, era una especie de Flanders medieval)  y otros grandes señores para que se hicieran cargo de aquel reino que no era realmente el suyo y volvió a su hermosa Angulema llevando a su hija como prometida de Hugo.

Después de su humillante cautiverio, Hugo de Lusignan había partido a Tierra Santa y regresado como un cruzado heroico, con todos los reconocimientos que eso le daba.

Isabella lo encontró así, más madurito pero igual de comible, con el manto de cruzado y toda la gloria de haber combatido a los infieles. Hugo demostró pronto que seguía enamorado de ella e Isabella cumplió el inconfesable sueño de toda madre: robarle el macho a su propia hija. Aunque en este caso, la cosa era mejor, ella no robaba sino que el tipo la prefería a ella, una treintañera, por sobre una adolescente.

Isabella pronto mandó a Juana a la aburrida y lejana Escocia para que se casara con el aburrido rey Alejandro y no molestara más (y efectivamente no molestó más ya que murió de depresión poco tiempo después) y ella se casó finalmente con su moreno Hugo, quien le dió un hermoso hogar y varios hijos más.

Y ahí estaba Isabella, todavía reina madre de Inglaterra (jamás se sacaba la corona), condesa de Angulema y La Marche, rodeada del amor legendario de su hermoso y noble esposo, la adoración de sus hijos, súbditos y servidores, pasándosela de fiesta en fiesta donde todo lo que se hacía era comer, bailar y escuchar los cantos de los trovadores sobre lo hermosa que era la ex reina-condesa.

¿Qué podía desear esta afortunadísima mujer más que todo lo que ya tenía? Estaba bien cogida, tenía coronas, plata, tierras, grandeza, fama, hijos, servidores y admiradores. ¿Qué más podés querer, mujer???

Isabella quería algo más importante que tener un esposo hermoso y rico que la adorara y consintiera y le diera hermosos hijos. Quería algo más importante que la fama de ser la mujer más bella del mundo. Quería algo más que ser una poderosa gobernante y tener a su disposición miles de súbditos que tenían que suplicarle favores y obedecer sus órdenes. Quería algo más que los vestidos y las joyas más llamativas de la temporada.

¿Qué le faltaba a esta mujer que lo tuvo todo? Le faltaba otra mujer.

Y no vayan a pensar mal, Isabella era de lo más heterosexual que se puedan imaginar, sin embargo, esta famosa y bella ex reina condesa necesitaba a otra mujer. ¿Para qué? Para sacarle el cuero, para hacer circular rumores venenosos sobre ella, para humillarla sutilmente en público, para acosarla con frases hirientes, para agitar a la gente en su contra, para criticar su mal gusto, para decir que su marido era un pobre diablo y, de ser posible, calzarle unas cachetadas, pisotearla, hundirla, incinerarla y demostrarle así a todo el mundo que ella era mejor.

En resumen, necesitaba lo que toda mujer necesita y que es más importante que el dinero, el poder, la belleza y el macho: Una enemiga.

Y como Isabella parecía tener una buena estrella que le daba todo, también tuvo a su enemiga. Por aquellos tiempos reinaba en Francia Luis VIII, un pobre pelotudo, tímido y tartamudo que no sabía más que andar a caballo y tener hijos con su propia esposa, Blanca de Castilla.

Blanca era la enemiga ideal para Isabella. Blanca era una mujer muy bella, pero su belleza venía de su virtud, ya que siempre se comportaba como una nobilísima dama mientras que Isabella era linda no sólo por su físico sino por su desenvoltura (tenía la costumbre de dejarse el cabello suelto en vez de trenzárselo, imaginen!). Blanca era una ferviente católica, respetuosa de las leyes de la Santa Iglesia, cosa que a Isabella siempre le había parecido costumbre de gente aburrida, hipócrita y/o frígida.

Pero lo más importante: Blanca era la reina de Francia, por lo tanto, señora feudal de Isabella, pero esto no impedía que Isabella se sintiera su igual, ya que había sido reina de Inglaterra y nunca dejaba que nadie lo olvidara. Y sobre todo, le importaba que Blanca no lo olvidara.

Así, las dos mujeres tuvieron sus enfrentamientos sutilísimos en fiestas y banquetes donde se veían obligadas a coincidir. Isabella solía hablar en voz alta como quien no piensa la cosa sobre Teobaldo de Champagne, un noble que, por alguna razón, se había enamorado de Blanca y escribía canciones sobre su “amor prohibido”, cosa que hacía que la pálida Blanca se pusiera colorada delante de su esposo y sus cortesanos. Después, Blanca hacía algún comentario sobre las mujeres que anteponían su propia felicidad a la de sus hijos, lo cual ponía ceñuda a Isabella que a veces tenía pequeños cargos de consciencia por su hija Juana, que se murió de aburrimiento en medio de la neblina escocesa mientras su madre se la pasaba de fiesta en fiesta.

Los sirvientes de ambas comentaban cómo se odiaban sus señoras y repetían las conversaciones que tenían cada una con sus respectivos maridos. “¡Te digo, Luis, que esa Isabella es una puta barata! Me envidia porque yo he llevado una vida siempre recta y como Dios manda”, aseveraba Blanca de Castilla “¡No la defiendas, Hugo, esa Blanca es una frígida amargada. Me envidia porque sabe que yo la pasé mejor que ella!” gritaba Isabella, consciente que sus gritos serían repetidos y llegarían a oídos de la reina de Francia (diálogos inventados para ilustrar mejor las educadas crónicas de la época).

Pero ocurrió que, en 1226, el pavote de Luis VIII se murió enfermo de disentería tras una batalla en el sur de Francia y Blanca de Castilla quedó como reina regente de Francia, ya que su hijo mayor, Luis, futuro San Luis, tenía sólo 12 añitos.

Isabella se frotó las manos y se puso en campaña para agitar a todos los barones franceses en contra de la “extranjera” que pretendía gobernar a Francia. Logró que varios nobles importantes se rebelaran contra ella y Blanca parecía perdida, ya que no sabía en quién apoyarse. 

Pero ocurrió que Teobaldo de Champagne se entrevistó con la reina Blanca en su tienda de campaña. Teobaldo había sido enviado por los rebeldes para presentar sus exigencias a la reina regente. No se sabe de qué hablaron, pero, más o menos a los 40 minutos de entrar en la tienda, Teobaldo salió medio despeinado, con la camisa desajustada y cara de cordero antes de ser degollado, declarando que abandonaba a los rebeldes y se pasaba al bando de la reina “blanca como un lirio”.

Así, Blanca ganó un tiempo y pudo doblegar al bando que agitaba Isabella. Esta no se quedó con la sangre en el ojo, sino que llamó a su hijo, Enrique III de Inglaterra, para que viniera a ayudarla a conquistar Francia. Enrique, que era joven y tenía ganas de fama, se fue a Francia convencido por las cartas de su madre que le decían que un enorme ejército lo esperaba para apoyarlo. Obviamente, cuando Enrique llegó sólo estaban Isabella, su esposo y unos cuantos amigos más, así que el rey inglés se volvió a su isla después de decirse de todo con su madre, quien se quedó pataleando y llorando porque no podía hacerle la guerra a Blanca.

Durante un tiempo estuvo así, furiosa con todo el mundo, lanzando muebles por las ventanas, gritandole “maricón” al pobre Hugo, que la miraba como perro apaleado, abofeteando a sus criadas y jurando que se vengaría de Blanca. Un día que quiso calmarse y se fue a pasear por sus tierras, Blanca aprovechó para visitar a Hugo de Lusignan. Después de charlar razonablemente, Blanca convenció a Hugo, que era un hombre sencillo y modesto, de que aceptara jurar fidelidad a su hijo Luis IX (futuro San Luis), para que hubiera paz en el reino.

Por supuesto, ni bien llegó Isabella y se enteró de aquello, armó el despelote de su vida, terminó de tirar los muebles que faltaban, le pegó a su marido con un palo de madera que servía para trabar una puerta delante de todos sus servidores y le dijo que la había insultado imperdonablemente y que no quería verlo más. Dicho esto, agarró un caballo y se fue a encerrarse al castillo de sus padres en Angulema.

Hugo fue a buscarla y estuvo dos semanas gritándole a sus ventanas, pidiendo perdón. El pobre tipo estaba enamorado mal (y ella lo sabía, claro). Al final, Isabella lo perdonó a condición de que Hugo se levantara contra Blanca de Castilla y destronara a su santurrón hijo. Hugo aceptó, reunió los soldados que pudo y se lanzó a destronar a San Luis. Por supuesto, para entonces Blanca había conseguido más apoyo y sus soldados hicieron paté de Lusignan. Hugo se vió obligado, junto con Isabella y sus hijos, a arrodillarse frente a San Luis y su madre, besar los pliegues de sus vestidos, implorar perdón y jurar fidelidad.

Después de este acto, Isabella estuvo extrañamente callada durante varios días y todos pensaban que se estaba tragando el sapo. Finalmente, llegó a todo galope un servidor de Isabella a contarle que se había descubierto un complot para envenenar al rey San Luis y que los envenenadores habían confesado bajo tortura que obedecían órdenes de Isabella. Apenas enterada de esto, Isabella salió corriendo del castillo, dejando atrás a Hugo y sus hijos, montó un caballo y no paró de cabalgar hasta llegar a la abadía de Fontevrault, donde se refugió para no ser llevada presa.

Allí tomó el velo de monja y no quiso ver a nadie, ni a su esposo, ni a sus hijos. Se retiró del mundo y decidió expiar sus pecados. Dos años después de entrar a la abadía, murió por inanición: ya no quería ni comer.

Ganarle a Blanca de Castilla parecía ser más importante que todo lo demás que el mundo podía ofrecerle. Y el mundo le ofreció prácticamente todo lo que una mujer puede desear. Pero Isabella quiso más. Quiso ser mala, arpía, shewa y bien hija de puta. Lo triste es que su destino no fue muy original, terminó como terminan todos los que intentan eso (o, al menos, los que lo intentaban en la Edad Media): en un convento.

Así fué la historia de Isabella de Angulema. No le faltó nada, ni siquiera tener con quién pelear. Lo único que le faltó fue ganar, pero Blanca tuvo mejores cartas.

Recuerden entonces, chicas, para ser felices no necesitan ser bellas, ricas, poderosas, reinas ni tener un marido envidiable. Sólo necesitan pelearse con y ganarle a otra mujer (que, en cierta forma, es lo mismo, pero desde otro enfoque).