sábado 28 de noviembre de 2009

Jeans y zapatillas


Me quejo del chat, pero la verdad no sé que haría sin él porque para levantar tipos en un boliche soy un queso.


La otra vez salí a bailar con una amiga lesbiana que acababa de cortar con una especie de novia que tuvo y, como yo, ardía en deseos de reventar la noche. Así que nos juntamos a cenar en su casa, tomamos unas cervezas, fernet y decidimos ponernos bien sexys. Yo me basé en el cubreojeras milagroso, el perfume importado que compramos entre 5 locas y una combinación cromática perfecta en mi indumentaria. Mi amiga se contentó con una remera verde, jeans y zapatillas deportivas. Ni siquiera se peinó (pero se lavó los dientes).


Así nos fuimos los dos, del brazo y super contentos (o, más bien, alegres) a bailar y romper corazones.


Dos daikiris más tarde, estábamos bailando en medio de la pista tratando de acercarnos a un grupito de tortas que mi amiga quería ver más de cerca. Yo estaba medio aburrido porque todos los tipos me parecían feos y ya estaba empezando a deprimirme y a pensar que me he vuelto una loca exigente como tantas cuando, de repente, lo ví.


Era la perfección hecha hombre. Al menos para mí. Un morocho de labios carnosos y mirada triste, encima peinado y vestido perfectamente. Y lo que me mató: arito en la oreja. Parecía el chico malo de una novela mexicana y ochentosa. Es decir: mi tipo.


Estaba bailando con dos chicas que parecían de 18 años como mucho y no parecía muy divertido. De golpe, e inevitablemente, me vió. Y, sobre todo, vió cómo le clavaba la mirada. Empezó entonces el jueguito de “te miro/me mirás”, “yo no te miro/vos me mirás”. Estuvimos así como cinco minutos y así me dí cuenta que yo también le interesaba. Sino, me hubiera esquivado la mirada o se hubiera hecho el sota.


La cuestión es que, en ese momento clave, no me atreví a encararlo. Demasiada belleza intimida y me quedé colgado con el jueguito de las miradas, aunque tironeando a mi amiga para tratar de acercarme más a él. Al ratito, se agachó a decir algo en la oreja de una de sus amigas y se fue. Entonces aproveché mi total ausencia de miedo con las mujeres (y mi grado de alcohol en la sangre) y me acerqué a hablar con ellas.

- ¿Adónde se fue el potro de tu amigo?- le dije a una.

- Al baño- me contestó, divertida

- Ah, bueno, entonces lo voy a esperar.

- Jaja, dale- me dijo.


Seguí bailando con mi amiga cerca de ellas y, mientras le explicaba la situación ¿qué pudo pasar? Apareció un pendejo rubio, con bronceado perfecto y unos bíceps de película que exhibía con total obscenidad. Era algo cachetón, pero muy lindo, realmente. Y lo más importante de todo, no dejaba de mirarme. Yo miraba para otro lado y volvía a ver hacia su zona y me seguía mirando. Encima con una media sonrisa que rayaba lo lascivo.


Estaba acompañado por una loca horrenda y barbuda que también me miraba, aunque con respeto. Se vé que ya veía las intenciones de su amigo.


En ese momento, el morocho medio que se me desvaneció. Pero pensé en el arito de nuevo y me dije “Tengo que esperarlo al otro, no puedo ser tan bosta”. Así que seguí bailando tratando de ignorar al rubio, cosa imposible, ya que se me iban los ojos, pero al menos no respondí sus sonrisas.


El rubio empezó a acercarse cada vez más hasta que quedó prácticamente al lado mío. El bailaba sin parar con su amigo pero sin dejar de mirarme y buscar mis ojos. Ya se ponía tensa la situación cuando volvió el galán mexicano. Al pasar junto a mí para llegar a sus amigas, me poseyó alguna cosa loca y le dije: “Sos el chico más lindo del boliche”. Ahí nomás sonrió y, con mucho afeminamiento me dijo “Gracias, pero estoy esperando a mi novio que ya llega”.


“Ahhhh, bueno”- le dije- “disculpá entonces”. Y me dí vuelta y seguí bailando con mi amiga.


Por supuesto el rubio vió todo y antes que yo me diera vuelta ya se había alejado como dos metros de mí. Empecé a pensar cómo hacer para acercarme a él de nuevo pero me sentí tan pavo que le dije a mi amiga que saliéramos.


Dimos una vuelta un rato y después subimos al primer piso. Desde ahí lo ví al rubio bailando con dos tipos más. Uno le manoseaba los pectorales y él se dejaba como si nada. Pero no parecía muy contento.


Al rato ví que se alejó con su amigo y se fue a la otra punta de la pista. Mientras mi amiga se babeaba con una travesti que apoyaba los codos en la barra para exhibir mejor la cola, yo pensaba en si debía o no debía acercarme al rubio de nuevo. En eso, a unos metros de donde estaba yo, lo veo al morocho con sus amigas mirándome. Apenas vió que lo ví miró para otro lado y sonrió. Era obvio que lo del novio era un cuento pero yo no entendía porqué ese jueguito de miradas si después se iba a hacer el boludo. Me negaba a creer que fuera histeriqueo puro, pero no había otra explicación.


Por otro lado, no dejaba de pensar “si lo hubiera hablado apenas empezamos a mirarnos seguro se me entregaba”. Es decir, concluí que fue todo culpa mía por no avanzar en el momento adecuado.


Más tarde, bajando las escaleras, lo ví al rubio enterrando la lengua en la boca de un pelado y ahí supe que me había quedado sin el pan y sin la torta. Lo peor es que el rubio me vió mientras yo lo miraba besándose con el otro y me juego la vida que tuvo un orgasmo al ver mi cara de arrepentido.


Ojalá yo hubiera encontrado algún otro potro para tranzarlo delante del morocho, pero ya se acababa la noche y sólo quedaba la resaca.


Mi amiga, en cambio, se tranzó a la mitad de las tortas del lugar y se fue a su casa con una petisa tetona (que, según ella, son las mejores). Quizás el secreto es usar jeans y zapatillas deportivas. Y no peinarse. Pero, a esta altura de mi vida, no me considero capaz de salir a bailar así.


Habrá que seguir chateando.

viernes 13 de noviembre de 2009

Top Ten


Uno de mis blogs favoritos es La Peleadora, de Carolina Aguirre, a quien seguro todos conocen. Me encantan todos sus blogs, pero cuando leo La Peleadora me pongo de tan buen humor que no me reconozco. Así que hoy, en un ataque de hedonismo, me puse a imitar su estilo y me salió ésto:


Diez cosas que odio del chat


10. Los que te piden el msn de una. Esa gente que abre un privado con la sigla “msn?” me contraría. O sea, ¿Porqué te voy a dar mi msn si no sé nada de vos? El nik dice “Pablo_Arg”…podés ser cualquiera, desde Pablo Echarri a Pablo Ruiz, y hay muchos Pablos en el medio de esos dos a quienes no quisiera tener en mi lista.

¿Qué se piensa esta gente? ¿Que estoy necesitado de amistades y le doy mi msn a cualquier boludo?¿Quién mierda se creen que son para pedirme el msn así? Y encima, como no les contesto nada, empiezan con el “estás?”, “che, pibe, te pasa algo?”, “contestá, che”. Y, por ahííí, al último, dicen la palabra con la que debería empezar cualquier conversación normal: “hola”.

Pero no es para saludar sino para verificar si estás o no.


9. Los niks que tienen la palabra “facha” y cualquiera de sus derivados, como “fachero”, “fachita”, “fachon”, “facherazo”, “fachin”, “fachis”, etc. , y no es por ninguna connotación fascista sino más bien por lo cómodo que es usar esos adjetivos. Es decir, todos tenemos facha de algo, la cuestión es de qué. Algunos tienen facha de ser modelos y otros facha de ser chorros. Los chicos realmente facheros, no te dicen “soy fachero”, te dicen “soy lindo”. O se ponen “lindo” de nik. El tema es que no le tienen miedo a la palabra “lindo”, porque no es lo mismo ser “lindo” que “tener facha”.

Y, digamos la verdad, ¿cuántos tipos dicen “no soy Brad Pitt, pero tengo mi facha”? Yo diría que TODOS (excepto Brad Pitt, claro) lo dicen, desde el más lindo hasta el más feo. Y no estoy exagerando ni aprovechando una cuestión de semántica. Es un problema real. Después pasa que llegás a la esquina acordada para encontrarte con “PibeSuperFacha_23” y resulta que ninguna palabra –ni cifra- de su nik es coherente con la realidad. Entonces, entre el enojo y la zaña, uno dice: “para qué te ponés “SuperFacha”?”. Y el muy caradura te responde: “Y bueno, tengo mi facha”.

Aceptémoslo: la palabra “facha” debe haber sido inventada por algún feo resentido. Hay que erradicarla pronto del vocabulario para evitar más confusiones.

Y antes de que un moralista me salte a defender a los feos, voy a resaltar y dejar bien claro el hecho de que no me estoy quejando de que haya tipos feos. Me estoy quejando de que hay tipos feos que digan ser facheros.


8. Los que mienten mal. Sí, mal. Porque si vamos a mentir, mintamos bien. Una mentira bien hecha sí tiene patas largas, sólo hay que calcular el tiempo para mantenerla.

Hay tipos que no mienten tan mal. Te ponen fotos que son robadas de espacios del msn o del Facebook y no de páginas porno -cosa que no parezca tan cebado- y te cuentan historias más o menos posibles, como que trabajan en un call o que estudian medicina. Y sí, uno a veces les cree y se engancha y después, cuando les pedís el celular, se desconectan y desaparecen para siempre, cual Cenicientas a medianoche. Pero bueno, al menos te queda la duda de zapatilla de cristal. Y sabés dónde metértela por gil.

Los que sí me enervan son los mentirosos descuidados. Estos siempre empiezan diciéndote una cosa y después la cambian sin preocuparse por contradecirse. Su nik dice “ActivoTaladro” o “MachazoAnimal” pero sus mensajes dicen “rompéme la cola, papi”, “te la chupo hasta que se te salten los ojos”, etc. También están las locas que en sus perfiles dicen ser masculinos, tapados, discretos y hasta capaz casados, pero te mandan mensajes diciéndote que, por vos, se hacen pasivas y se ponen tanga. Y si no me creen, hagan la prueba un día y entren al chat diciendo que son activos. Les van a hablar toooodos los activos que hayan en la sala diciendo que tienen ganas de probar.

Otras locas más huecas prefieren mentir con la imagen y ponen fotos de actores porno o de modelos que viste en 80 páginas web y capaz en alguna revista porno. Encima a veces usan la de varios tipos diferentes (que hasta tienen tatuajes en zonas diferentes), pero te siguen sosteniendo que son ellos y que si no les querés creer “vos te la perdés”.

Después están las divinas que te mienten con la edad. Te sostienen a morir que tienen 17 añitos y son vírgenes pero al ratito los ves discutiendo como locos fanatizados sobre Malvinas, Montoneros o, peor, Evita. Si les preguntás qué son en el zodíaco chino tardan un buen rato googlesco en responderte (cuando sería más fácil contestar rápidamente “ni idea qué soy”). Se saben de memoria la transformación de Mumm Ra pero ignoran lo que es un Pokemon y si les preguntás qué música escuchan, recurren a la omnipresente Madonna para salvar las papas.


7. Los que ponen de frase en el msn “borrando contactos” o “limpiando el msn”. Te lo ponen en el tono de un ultimátum, pero lo más triste es que uno los tiene no admitidos desde hace tiempo.

Algunos tienen hasta el tupé de escribir “borrando contactos, abrazos a todos!!” como si fueran Elvis Presley despidiéndose de las fans que no seleccionó para coger esa noche. Por favaaar!! Si tan solicitadas están ¿qué necesidad tienen de anunciarse así?

Después están los que, además de esa creidura inconcebible, tienen una agresividad resentida incurable. Te ponen “borrando imbéciles”, “deshaciéndome de inútiles”, “sacando la basura del msn, je je je”. El caso extremo es: “si no querés que te borre, habláme”. O sea ¿tan pasivas son que ni siquiera pueden iniciar una conversación ellas mismas? Locas, sépanlo, si nadie les habla no es porque no se atrevan sino porque no les interesa, Si quieren que alguien les hable y no lo hace, abran el diálogo ustedes o llámenle la atención de alguna forma original, pero no usen esas frases de locas desesperadas…parecen madres abandonadas echando cargo de consciencia a sus hijos.

Por otro lado ¿Dónde se ha visto que alguien “limpie” el msn? ¿Tanto aman al Cif?? ¿No les alcanza con refregar la cocina y el inodoro, también quieren tener el msn brillando? Que yo sepa, podés tener todos los contactos que quieras en la lista, y si de repente estuviera llena, borrás a alguno que tengas desadmitido y listo, sin andar publicándolo…como si a alguien le interesara cómo administra sus contactos una loca limpiadora y fregona.


6. Los que ponen frases futboleras para hacerse los machos. ¿Existirá en el universo algo más patético que un gay hablando de fútbol (o de cualquier deporte) imitando a un chongo? A veces entro al msn y veo que alguna loca que alguna vez me succionó el pene como sanguijuela angurrienta tiene de frase “pasamo’ a la “A”!!” o “Aguante la “B”, carajo!!”.

¡Pero por Dior y la Virger!!! Tienen tantas ganas de ser hombres que no se dan cuenta lo mal que quedan con esos torpes arañazos masculinos de niño púber. Porque lo peor es eso: que estas locas realmente piensan que la gente les cree que no son locas. O sea, no es tan importante el hecho de que ellas tengan vaya a saber uno qué trauma con su masculinidad y su lado femenino; lo importante es que mienten y fingen todo el tiempo creando una imagen que nadie se atreve a tirarles abajo por lástima o porque resultan realmente patéticas.

Digo yo, si te querés hacer el macho, empezá por dejar de preocuparte por lo que digan/piensen los demás y no te pongás a hablarme de “Boquita” o “los piratas” cuando te comés pijas hasta con las orejas.


5. Los que hablan sin vosear. Salvo que seas una panameña, chilena o peruana, etc., perdida en la Argentina, no tenés ninguna excusa para decir “quieres que nos encontremos?”, “puedes darme tu msn?”, “que te gusta a ti en la cama?”, etc.

Loca ¿Cuántas novelas mexicanas te viste??? Los argentinos no hablamos así nunca jamás. ¿Porqué entonces esa necesidad de hablar como Paulina Rubio por chat??? ¿Dónde quedó el amor por nuestras costumbres??? ¿Qué diría María Elena Walsh???

Lo extraño es que hay locas que se creen más educadas hablando el castellano neutro. Capaz que hablar así las haga sentir en el medio de una película yanqui doblada en video records o, más bien, en la vecindad del Chavo. Pero digo que es extraño, ya que la mayoría de los argentinos asociamos esa forma de hablar con los inmigrantes bolivianos o peruanos que no son precisamente muy queridos (y mucho menos por las locas). Y por las dudas (de nuevo) advierto que no estoy atacando a ningún extranjero, ni a la forma de hablar en otros países, etc. Sólo me enferman los argentinos que no hablan como argentinos por chat.


4. Los que tienen una ortografía del orto. Y no sólo la ortografía, sino la gramática, la redacción, etc. Ni hablar de los disléxicos (que no son disléxicos sino imbéciles).

Ta’ bien, acá hay que aclarar algo: hay mucha gente que escribe para el culo y no es precisamente inculta. También hay gente que escribe para el orto y, efectivamente, es inculta. Pero el problema, de nuevo, son las locas que escriben para el orto y así y todo se sienten “cultas” y encima te lo dicen o te dicen alguna frase onda “yo soy top”, “soy diferente a los demás”, “me dan asco los negros”, etc.

O sea, escribir mal no es tanto el problema, el problema es que algunas locas no se dan cuenta que, en un chat (y, mucho más todavía, en la vida real) la forma de escribir es parte de la imagen que uno proyecta. Entonces no da para hacerte la top super fina si no sabés dónde poner la h o cuándo se pone un acento y cuándo no. Es cierto que la mayoría de la gente escribe mal, pero eso tampoco tapa que uno escriba mal. Y si encima estamos fingiendo ser una refinadísima loca de la alta sociedad que mira por encima del hombro a los limpiavidrios, quedamos un poco ridículas. Un limpiavidrios tiene toda la excusa de no saber poner un acento. Vos, loca bruta que terminaste el secundario y tenés un plato de comida cada día asegurado, no.

Y ojalá el problema fueran sólo los acentos. Porque algo mal escrito que más o menos se entienda es una cosa. Una s o una c fuera de lugar no importa mucho, la verdad. Si no hay acentos, los inferís por el contexto. Pero cuando alguien te pone “aaaa sttu que no gahllega xq la gconesion nojandfa” por ahí tardás un poco en entender “Ah, no te llega la foto porque tu conexión no anda” o “Ah, es tu conexión la que no anda por eso no te llega”… o, al menos, eso creo que me dijeron.

Es decir, locas, o agarran el manual de Ortografía de segundo grado que jamás agarraron por tener las manos bajo el guardapolvo del compañerito de banco o siguen escribiendo como negras villeras. Pero si vas a escribir como negra villera, no digás que vivís en un country o que salís a La Estación, porque eso no tapa nada. Sólo da pena.


3. Las locas que no se muestran. Ta’ bien, hay locas que son tapadas, discretas, cobardes, miedosas, traumadas, católicas, anacrónicas, estúpidas, pendientes del qué dirán o, simplemente, muy feas; por lo tanto, no ponen fotos en su perfil ni en su msn ni jamás se muestran por cam. Todo bien con eso. Si no querés mostrarte, no te mostrés, pero después no esperés que te den bola. No hay ninguna ley que diga que la gente sin foto deba ser discriminada, ignorada o desadmitida, pero así como hay argentinos que quieren tener luz, gas, agua y casa sin pagar nada, también hay locas que quieren que les digan “sí, cojamos ya!!” sin tener que mostrar ni un dedo.

Estas locas sin foto te mandan mensajes a vos, que sí tenés fotos, invitándote a coger de una. Y vos, claro, les decís que no o ni les contestás pero ellos igual siguen. Empiezan a mandarte mensaje tras mensaje insistiéndote y vos, todavía paciente y educado, les decís que buscás gente con foto. Hasta que de golpe, les cae la ficha de que no les vas a dar bola y ahí sí te putean de arriba abajo llamándote histérico, vueltero, superficial, etc., y pronosticándote un aburridísimo y espantoso futuro sin sexo (tan diferente al de ellas, rechazadas hasta por uno).

Por ahí te juegan la carta de “mirá, soy muy tapado (o bisex, o casado, etc), no se me nota nada, nadie sabe lo mío, por eso no me muestro” esperando que uno se entregue sólo por estar con alguien masculino. Pero, che, locas discretas, sepan dos cosas: Una, la masculinidad no es todo, lo físico también importa. Jack Nicholson es muy masculino (encima es un actorazo y está forrado en guita) pero, así y todo, no lo tocaría ni con un palo (y ustedes tampoco) …Dos, ya todos sabemos que los tapados/discretos/casados, etc. son los más pasivos, así que menos bola les van a dar con ese verso.


2. Las locas que se muestran y no deberían. O sea, todo bien con que te quieras y tengas autoestima…pero ¿dónde quedó el sentido de la realidad??? Existen parámetros de belleza en la sociedad, nos guste o no. Algunas personas están dentro de ellos, otras no. Si uno no lo está, lo mejor que puede hacer es ser humilde y aceptarlo y no andar por ahí mostrándose como si realmente alguien quisiera vernos. Está muy bien poner una foto de cara para que vean que no somos Brad Pitt y alguna de cuerpo para que vean que no somos Meolans. Pero ya llenar de fotos con uno en pose levantando la patita, o agarrándose la cosita o abriendo la colita es como que termina siendo contraproducente. Porque por ahí un tipo feo pero más o menos serio levanta algo, pero una loca horrenda mostrando todas sus partes y emulando a Marky Mark ¿qué reacción puede producir que no involucre náuseas, risas y/o lágrimas?

Si no tenemos abdominales ni pectorales ¿qué sentido tiene mostrarse en cuero? ¿porqué ponerse en pose mostrando los bíceps cuando no hay bíceps? No caigo.

Porque está todo bien con ser feo, pero los feos NO son modelos. Aceptémoslo.


1. La gente que escribe “jeje”. Mirtha y Susana deberían organizar una marcha exigiendo tortura, fuego y fusilamiento público y televisado para esta gente.

Detesto que me pongan “si queres nos juntamos a tomar un café…o a hacer lo que vos quieras, jeje”, “no soy tan dotado pero tengo lo mío, jeje”, “uyy qué linda boquita, jeje”. Aunque lo peor de todo es “hola, jeje”.

¿Porquééé??? ¿Porqué el jeje???? ¿No les suena a la risita pervertida de un viejo pedófilo??? ¡Además, o hay nada peor que alguien que se ríe de sus propios chistes!!! Y si la idea es hacer distendida a la frase, pongan un emotikon sonriendo. O pongan “jajajajajajaja” o “jojojojojo”. Pero ¡basta de “jeje”, por favooooooooooorrrrrrrrr!!!!

Y no quiero ningún gracioso que me deje de comentario “jeje” ¿ok?????

miércoles 4 de noviembre de 2009

Ese maldito huesito



Hace ya mucho tiempo que decidí dejarme de romper las bolas con estar de novio y vivir la vida loca a pleno. Mi idea era tener libertad y no tener que cargar con los dramas/problemas de nadie. Todavía recuerdo la noche que volví a casa tras una discusión con mi ex (que encima ya era mi ex por entonces) y me dije: “De ahora en más, sólo voy a tener sexo”.


Estaba harto de las exigencias y de la falta de libertad que me habían agobiado estando en pareja. Me rompía las bolas tener que decir qué iba a hacer a tal lado o a dónde iba a estar a tal hora, con quién me iba a ver y con quién no, etc., por más que fueran las boludeces más inocentes que pueda hacer una persona, gay o no.


Pero me salió el tiro por la culata porque, desde el día que tomé la actitud de “no más parejas”, no paré de recibir propuestas de “formalizar”, “tener algo más serio”, “probemos algo más que sexo”, “casémonos en Holanda”, etc.


Porque, al contrario de lo que sostienen la mayoría de las telenovelas de Andrea Del Boca, son la indiferencia y la frialdad las que parecen despertar el deseo de los otros en emparejarse con uno y no la atención constante ni la calidez.


Y así fue como, gracias a tomar esa decisión (y también gracias al Chat y luego al celular), formé un selecto grupo de “huesitos” a los que llamar cuando ando con alguna urgencia de la naturaleza y no tengo ganas de levantar alguien nuevo.


Es decir, mi idea era ahorrar tiempo, esfuerzo y complicaciones a la hora de buscar sexo…pero este libertino, promiscuo y alocado mundo de huesitos, amantes y relaciones casuales es más desgastante de lo que parece desde afuera. Sí, claro, es un poco menos pesado que estar de novio, pero igual tiene sus problemas.


Para empezar, hay que estar combinando horarios, una de las actividades más desgastantes y odiosas que puedan existir. Uno ya tiene que hacerlo en el trabajo, en el estudio, en la familia, en las amistades con todo el kilombo, peleas y stress que eso implica. ¿Y encima tiene que hacerlo con sus amantes que, supuestamente, sólo están para desestressar y dar placer?


El otro día, un martes era, me suena un mensaje en el celular y, como siempre, lo abro alegremente pensando en quién sería. Ya ver el nombre –Mario- me quitó el 80% de la alegría. Mario es un tipo muy lindo. Muy, muy lindo, realmente. Se cuida el cuerpo y la imagen más que 100 metrosexuales juntos y tiene mucha energía “láctea”…ponéle hasta 3 polvos aceptables en un encuentro. Y, digámoslo, porque importa, está muy bien equipado. Ahí y por todas partes.


Pero tiene 42 años. Y aunque físicamente no lo parezca, por dentro sí es un señor mayor. O más bien, una señorona. Es decir, tiene formas y valores de los años 60-70 y mañas de loca vieja con plata pero sola en la vida.


Supongo que a él y a algunas locas les parecerá re top pensar que vive solito en un enorme caserón de barrio Jardín, todo para mostrar que puede pagárselo. Pero a mí eso me infunde más tristeza que otra cosa. Algo tiene su casa que me transmite infelicidad, a pesar de los gritos y gemidos que me ha hecho pegar contra las sábanas.


El tema es que leo el mensaje y me dice “Hola, lindo, qué hacés este viernes a las 22:15?”


Mi primera reacción fue cerrar el celular con bronca. Después lo volví a abrir para leer de nuevo. Sí, era martes y me estaban preguntando qué tenía pensado hacer un viernes.


¡Pero, Dior mío!! ¿De nuevo lo mismo? Corté con mi ex, abandoné un laburo de buena guita, no contesto las llamadas de algunos amigos y me puteo cada dos días con mi vieja simplemente porque detesto el hecho de tener que explicar mis horarios. ¿Ahora me lo tenía que bancar de Mario???


No, no, no.


Pero en realidad, lo que más me reventaba no era el hecho de tener que dar explicaciones de dónde iba a estar el viernes a las 22:15 sino el hecho de tener que pensar en dónde iba a estar en ese día y hora.


¿Qué se yo lo que iba a hacer el viernes??? ¿No sabía si iba a estar vivo al fin de ese martes y este pelotudo me preguntaba por el viernes??? Los martes no se piensa en el finde, se piensa en cómo solucionar los kilombos del lunes (que son los kilombos de la semana anterior) sumados a los del día actual.


Por otro lado ¡nada menos que por el viernes me pregunta!!! El viernes no es un día para huesitos, es un día para los amigos…es para salir, para ir a comer, al cine, al teatro, a bailar, a jugar al truco a la casa de alguien, a quedarte mirando una película en la cama comiendo pizza…Y todo eso si es que no laburás el sábado.


No me digan que no es un desubique total preguntarle a alguien un martes lo que piensa hacer el viernes. ¡Y a las 22:15! Si no es que ese finde hay un cumpleaños o algo así, no hay derecho a hacer esa pregunta. De última se dirá “che, podríamos hacer algo este finde”. Pero siempre, siempre me pondrá los pelos de punta que alguien (sea mi novio, mi hueso, mi amigo o mi enemigo) me pida mi horario exacto. ¡Y más si es el de un viernes a la noche!


Comencé a escribirle un mensaje terrible. Pensaba las palabras más hirientes que se me ocurrían para decirle y luego las cambiaba por sinónimos que sonaran aún peor.


Pero, como suele ocurrirme cuando escribo, el odio y el enojo que inspiraban mis dedos se me fueron apagando. Para colmo, al teclado del celular no se lo maneja tan rápido como al de la compu y no había escrito la mitad del mensaje cuando ya me había desahogado.


Entonces pensé en inventarle algo, pero eso no me gusta desde la vez que inventé estar enfermo para no ir a un cumple y terminé cayendo con otros amigos al mismo bar que festejaba mi amigo cumpleañero. Córdoba será muy grande, pero con mi mala suerte me alcanza para que me pasen esas cosas.


Se me ocurrió contestar con un seco “no sé, por?” pero ya me imaginaba la respuesta “porque estaría buenísimo que vinieras a mi casa así te hago el amor despacito primero y a lo loco después” o alguna otra boludez así.


Finalmente, pasaron como 15 minutos pensando en qué contestarle y lo dejé todo en un sencillo silencio.


Lo cual fue lo peor que pude hacer porque Mario, al parecer, también estaba teniendo uno de esos “martes” y al rato me llegó otro mensaje suyo: “Bombón, si te escribo para preguntarte algo estaría buenísimo que me respondas, así yo voy armando mis tiempos, no creés? Contestáme, sí?”


“Grrrrrrrr” gritó todo mi ser. Después de su desubique inicial no podía hacer nada peor que usar ese tono de persona correcta, educada y con principios. ¿Encima que me pone en un aprieto me pasa la responsabilidad moral de no saber resolverlo ni tener ganas de intentarlo???


Para colmo, me dijo bombón…¡puajjjjj!!!


Cerré el celular y me concentré en mi vida, tratando de no pensar para no enojarme más.


Pero al ratito sonó de nuevo: “Rubio, qué pasa que no me contestás los mensajes?”.


¡Ahora ya no me decía bombón!!!!

Ta bien, detesto que me digan así. No hay palabra que me de más escozor que esa ¡Pero por el simple hecho de no contestar un mensaje desubicado, la dulzura de mi persona ya no era comparable a la de una golosina!!


A los 5 minutos ocurrió lo peor. Mario me llamó por teléfono. Era contestarle en ese estado de indignación total o ignorar su llamada, así que la ignoré, señal de que todavía me interesaba mi relación con él o lo hubiera mandado a la mierda de acá hasta el próximo viernes santo.


Llamó 3 veces más en ese día. No le atendí.


Al día siguiente (apenas un miércoles!!) encontré un extenso mail dirigido hacia mí por su persona, transmitiéndome su decepción ante mi falta de respeto a los “códigos” de conducta universales (que, por supuesto, son los que él tiene).


“Yo fui educado de una manera” –rezaba su mail- “en la cual aprendíamos a respetar y valorar enormemente los esfuerzos de los demás por aproximarse a nosotros y si alguien me dirige la palabra, me llama o me manda una carta o un mensaje yo le contesto inmediatamente, aunque más no sea un “no puedo” o “no quiero”, porque yo sé lo que les cuesta a los demás dedicarle tiempo a pensar en mí y lo valioso que es que alguien piense en vos y te quiera invitar algo. De la misma forma en que a mí me cuesta hacerlo por los otros. Es sólo una cuestión de principios.”


¡Por Diorrrr, loca!! ¿Qué te pasó?? ¿Estuviste una semana en Buenos Aires y volviste hablando de tu vida, tus formas, tus valores y tu excelente educación como hace cualquier loca porteña promedio durante los dos últimos tercios de su vida?


Aunque la peor frase estaba al final:


“El día que nadie te escriba ni te llame, Rubio, vas a aprender a valorar a la gente que se preocupó y pensó en vos alguna vez, pero entonces ya va a ser muy tarde”


¡Ahhhh, no, papito!!! Cruzaste la raya. ¿No sólo te hacés el moralista barato sino que querés aplicar en mí el terrorismo estúpido que usan todas las locas abandonadas y amargadas??


Ahora verás:

“Yo fui educado de una manera” empecé a contestarle “en la cual aprendí que el respeto no es un derecho a esperar sino un premio a ganar. La gente que te respeta de verdad lo hace porque supiste enseñarles a respetarte y porque nunca cometiste ningún desubique con ellos. El verdadero respeto nace de una conducta respetuosa y no de unos supuestos valores comunes, por lo demás totalmente estúpidos, que no practican ni siquiera los mismos giles que los predican.

Si yo decido no contestarte, ésa es mi respuesta y así deberías tomarla. Podés enojarte, pero no acusarme de maleducado sólo porque no tengo ganas de respetar a alguien que no me genera respeto sino tristeza, compasión o risa”.


Y, para sepultar su último graznido:


“ El día que nadie me llame ni me escriba, disfrutaré la soledad de la misma forma en que la disfruto hoy junto con la compañía de la gente que me quiere y piensa en mí y me desea en su vida, cosas que, como el respeto, me lo gané actuando de una manera amable y simpática, nunca desubicada o molesta”


Escribí muchas cosas más, todas contestando párrafo por párrafo aquel mail detestable.


Pero no apreté el enviar. Lo archivé por las dudas, pero sabía que jamás se lo mandaría. Es que si lo hacía, iba a terminar convirtiendo a un huesito relajante en un probable discutidor de valores éticos o, peor, en una archienemiga resentida (con las locas nunca se sabe, menos con las viejas de virtuosos “principios)


Al mediodía, abandoné mi miedo a la mentira y le mandé un mail diciendo “Hola, como va? No te pude responder porque me dejé el celu en lo de mi vieja y recién veo los mensajes.

Este viernes no puedo, tengo el cumple de un amigo aunque no sé si voy a ir porque ando medio engripado.


Todo depende de como me sienta ese día, entendés?


Disculpá no poder haberte avisado antes. Besos.”


No hubo contestación hasta la semana siguiente, en que nos vimos un jueves a la noche y la pasamos igual de bien que de costumbre, sin ni siquiera mencionar el “desencuentro” anterior.


Me pregunto si se habrá dado cuenta de la frase que puse en cursiva. No es un tipo que tenga sentido del humor irónico ni aprecie las sutilezas, pero capaz su maravillosa y privilegiada educación le permita distinguir las fuentes de la compu.


Porque mi código es llamar cuando sienta ganas y no andar programando la semana. Quizás el viernes a la noche tenga unas ganas terribles de coger. Quizás no. A mis emociones no las controlo ni organizo, mucho menos a mis emociones futuras. ¡Pero andá a explicárselo a alguien que está esperando que le digas que querés verlo!


La vida, por muy libertina que sea, no es fácil.

miércoles 21 de octubre de 2009

Los Gays Invisibles



Cuando yo tenía 21 años todavía no conocía a ningún gay y no sabía a dónde tenía que ir para conocerlos. Pero incluso si hubiera sabido dónde quedaban los lugares gay de mi ciudad, no me hubiera atrevido a entrar por miedo a que me vea alguien allí.


Chatear o entrar a páginas tampoco era una opción porque, en aquella época, ni sabía lo que era la Internet. Apenas sabía prender una computadora y jugar al solitario o al ajedrez, pero todo lo que me habían enseñado en la secundaria de Word, Power Point, Excel, etc, se me había borrado completamente, como tantas otras cosas a las que jamás les presté atención. Si hubiera sabido que con Internet podía relacionarme anónimamente con gays de mi ciudad y de todo el planeta, probablemente les hubiera prestado atención a los gordos losers de mis profes de Informática. Pero, como lo más emocionante que nos enseñaban era a dibujar con el Paint, había preferido negarme al progreso y limitarme a adoptar la mentalidad ignorante que ve en las computadoras y en la Intenet un producto yanqui impuesto de arriba e innecesario.


Por lo tanto, a mis 21 años, estaba solo, desamparado y con unas ganas tremendas de estar con un tipo.

Y encima, no sabía chatear.


Había tenido una vez una tremenda aventura en la librería donde solía comprar novelas en los saldos. Al lado de las historietas de Batman y junto a las revistas porno había una estantería vertical plagada de vhs porno. El segundo era gay, o al menos tenía la foto de un tipo que parecía gay (no era otro que el patético Chance Caldwell). Después de incontables ocasiones en que revisé cada comic de Batman con los ojos desviados al costado, una vez me atreví, agarré el video y fui a la caja. De lo nervioso que estaba, no solté a Batman así que tuve que pagar unos pesos más de los que calculé. Por supuesto, salí de allí con la idea de no volver nunca jamás.


Igual el video no me abrió ninguna puerta. Sólo me costaba creer que el sexo entre hombres fuera tan fácil pero ahí estaba. Parecía que era igual a una relación heterosexual lo cual me decepcionaba un poco, pero también me tranquilizaba algo.

En mi pensamiento retrógrado y aún adolescente de aquella época también cabía la idea de irme a Brasil, Uruguay, Chile o, incluso, Buenos Aires, sólo para ir una noche a alguna disco gay o algún lugar así donde era menos probable que me viera alguien conocido metido en un plan tan condenable como el de buscar vivir mi sexualidad de la manera en que me gusta y que deseo con todo mi ser.


Pero el destino me ahorró los pasajes.


Una noche de verano, sentado en las escaleras de la catedral, ví al primer gay de mi vida. Era horrendo, para qué mentir. Medio petiso, cuerpo fofo, sin forma de nada, todavía gringo pero tirando a pelado y -lo peor- bigote y barba candado.


Él pasaba caminando y me miró a los ojos y en un segundo, a pesar de toda mi inexperiencia, ignorancia y virginidad, supe que ese tipo quería coger conmigo. Fue realmente mágico, sobre todo porque nunca me había pasado.


El tipo fue hasta la esquina, se quedó ahí un rato, volvió, dio la vuelta a las escaleras, pasó por detrás de mí, volvió a pasar por enfrente, dio una vuelta por la plaza y, finalmente, se sentó en un banco casi en frente de donde estaba yo aunque separados por 20 metros, más o menos.


Yo estaba con los nervios de punta y colorado como tomate. Tenía la idea de que toda la gente alrededor nuestro se iba a dar cuenta de que habían dos putos frente a la catedral!!

Casi sentía los ojos de la estatua de la Virgen en mi nuca (las estatuas, sean de quien sea, siempre me incomodaron, salvo en fotos).


Pero mirando de reojo a la gente, me dí cuenta que cada cual prestaba atención a lo suyo, sobre todo en un lugar tan transitado como aquél. Estaba lleno de familias que caminaban chupando conitos de macdonalds, grupos de gente joven que pasaban riendo y gritando, algún que otro solitario que caminaba apurado…


Y estaba el gay bigotudo que me miraba desde aquel banco de la plaza San Martín.


Todavía no sé bien porqué, pero en un momento me levanté y empecé a caminar hacia la zona peatonal. Como una cuadra más allá me dí vuelta y ví que el tipo me seguía. Me paré, entonces, haciéndome que miraba los zapatos de una vidriera cerrada y esperé a que llegara hasta mí. Pero entonces, y como suele pasar en estos casos, apareció una familia gritona y con conitos que se paró a mirar la misma vidriera mientras yo volvía a sentir toda mi sangre en la cabeza. En un segundo empecé a caminar a toda velocidad y al rato estaba como a 5 cuadras de ahí. Casi había corrido, y el bigotudo en un momento se había frenado como esperando que yo volviera. Un rato después, ya no había rastro de él.


Así fue como corté relación con el primer gay de mi vida, al cual no volví a ver jamás.


Simplemente, me fui caminando. Rápido y sin parar, pero sin correr. Todo un presagio para mi futuro, ahora que lo pienso.


Y a la noche siguiente, por supuesto, volví a la escalera de la catedral a sentarme un rato. Esta vez, además de las familias chupaconitos y los grupos de adolescentes gritones, noté a varios tipos que pasaban caminando solos y con ese mismo algo en la mirada que tenía el bigotudo de la noche anterior. Algunos se quedaban un rato mirándome como esperando algo. Pero yo estaba en medio de mi estudio de campo y esa noche me había propuesto mirar de reojo y nada más.


Conté al menos 20 gays en media hora.


Mi reacción, al principio, fue de incredulidad absoluta. Me sentía como Homero Simpson en la fábrica metalúrgica cuando empieza a sonar “Everybody Dance Now”.



¿Qué pasaba?? ¿El mundo se volvía gay de repente???

¿Porqué todas las otras veces que me había pasado horas y horas en la catedral esperando a algún amigo no había visto nunca ni a un solo gay?


¿Porqué habían sido invisibles los gays hasta aquel verano de mis 21 años???


Para colmo, la cosa superaba a la catedral, porque caminando por la peatonal siguieron apareciendo locas que caminaban muy mironamente y se detenían frente a alguna vidriera si alguien les devolvía la mirada.


Ya en la parada del colectivo empecé a plantearme diversas hipótesis. Primero pensé que el mundo había cambiado en los 90 y se había vuelto más tolerante para abrir el nuevo siglo. Pero una supuesta mayor tolerancia significaría que los gays estarían andando seduciéndose y levantándose por la calle abiertamente, y eso no era lo que yo había visto. Nadie se había dado cuenta la noche anterior de que el bigotudo y yo estábamos en plena danza del apareamiento gay. Había sido un juego de miradas y pensamientos entre dos personas que se dio en medio de las miradas ciegas de los demás. En realidad, era una práctica de seducción más propicia para un ambiente intolerante.


Y no creía realmente que hubiera mucha más tolerancia en el siglo XXI, pero era obvio que los gays no necesitaban ser tolerados para levantar tipos por la calle (¡Y encima frente a la catedral, locas blasfemas!).


Después se me ocurrió algo más lógico. Seguramente habría por allí cerca un boliche gay, un sauna, un bar, algún punto de encuentro de gays que generaba todo ese circuito de locas pululando por la zona céntrica. Efectivamente, más tarde me enteré de la existencia del Beep Pub y otros lugares, pero, también me dí cuenta que las locas que andaban por la calle levantando tipos no solían entrar a ningún lugar, sólo deambulaban por la calle y, casi siempre, sin un peso, (por temor a los robos, riesgo ineludible).


Además, en mis siguientes exploraciones de campo, descubrí que el “circuito gay” no se limitaba a la peatonal 9 de Julio y a la plaza San Martín, como creí al principio, sino que se extendía desde la Costanera hasta la Boulevard San Juan, desde la Cañada hasta la Maipú. Es decir, el microcentro entero. Y un poco después, descubrí que el parque Sarmiento tenía su propia zona gay, con cueva del oso y todo.


Pronto, e inevitablemente, comencé a charlar con esos tipos que deambulaban por la calle con la mirada de una diana cazadora y, así -además de hacer un par de amigos muy buenos- incorporé una nueva palabra a mi vocabulario: “shiro”. El verbo shirar había sido inventado para describir esa acción de andar de levante, pero yo, en toda mi inocente (por no decir estúpida) vida, nunca había registrado esa palabra. Y eso que, como todo adolescente argentino noventoso habría escuchado/cantado 9000 veces “Mariposa Teknicholor”, de Fito Paez. Pero nunca fuí de molestarme mucho por el sentido de las canciones que se ponen de moda. Prueba de ello es que la primera vez que escuché la palabra “shirando” pensé en She-Ra, la princesa del poder, antes que en Fito (los 80 son más fuertes que los 90, no hay vuelta).


Finalmente, cuando mis conocimientos del tema fueron bastante avanzados (y mis pesadas y diversas virginidades habían quedado por fin perdidas para siempre y felizmente en unos cuantos departamentos del centro cordobés), concluí que hay un circuito gay en todas partes, en todas las calles y barrios, en todas las ciudades y pueblos, sin importar su tamaño o si hay boliches gay o no o si está oscuro o no.


Para que haya un circuito gay sólo son necesarios dos o más gays y saber mirar. Aunque la palabra saber es demasiado fuerte. Sólo hace falta tener la voluntad de mirar. O sea, sólo hace falta atender.


Creo que éste ha sido uno de los descubrimientos más sorprendentes y maravillosos de mi vida. Hasta el día de hoy me parece mágica esa manera en que uno reconoce a los que son como uno sin que nadie más se de cuenta porque, simplemente, a nadie más le importa mirar.


Yo hubiera sido uno de los más grandes campeones del shiro (amo caminar por la ciudad y observar a la gente y, por supuesto, amo mirar tipos y coger con ellos) pero pocos meses después de comenzar mis aventuras shirezcas, conocí a un chico que me habló del Chat y, con aún más torpeza que en el shiraje, comencé mi vida chatera también a mis 21 años.


Costó bastante al principio. Las primeras veces tardaba un minuto en poner “hola” porque no encontraba la tecla de la h y así me quedaba hablando solo porque no había loca que me tuviera paciencia (y porque aún hoy no puedo superar mi estúpido aunque ventajoso odio a las faltas de Ortografía). Tampoco sabía usar bien el Mouse, no entendía la diferencia entre página, pestaña, Explorer, mail y las páginas parecían cerrarse, abrirse y minimizarse solas, sin coincidir con mis deseos. A veces me iba del cyber dejando la computadora toda tildada, pensando que le había roto algo insalvable y rogando por poder escaparme antes que se dieran cuenta.


¡Los papelones que me hubiera ahorrado de haber sabido la palabra mágica “ctrl.+alt+supr” o de la dimensión desconocida que abría el botón derecho del Mouse, que tanto miedo me daba apretarlo sin querer!


Pero la necesidad y el deseo han hecho milagros con los avances humanos y si el homo sapiens sapiens pudo aprender a usar palos y semillas para pasar menos tiempo persiguiendo venados y más tiempo cogiendo en los primeros ranchos de la Historia, no había razón para que yo no pudiera aprender a usar la computadora para dejar de aventurarme en callejones oscuros y concretar relaciones sexuales con mayor seguridad.


Además, el viento de los tiempos trajo muy pronto una instalación de internet en mi propia casa y le dije adiós a los cybers.

Hoy puedo escribir sin mirar el teclado a casi la velocidad del habla, manejo todos los programas básicos y en menos de un minuto encuentro lo que quiera en cualquier buscador. ¡Imagínense lo que cogí gracias al Chat!!


Pero bueno, a pesar de que no me imagino mi vida sin ella, es cierto lo que dicen: la computadora es dañina, te absorbe muchísimo tiempo que podrías usarlo en actividades más sanas que estar sentado reventándote los ojos, la espalda, el codo y el carpo.


El Chat redujo mi tiempo de shiro de entre cuatro y seis horas diarias a cero. Pronto voy a tener que comprarme una de esas bicicletas fijas para chatear o comenzar a enfrentar las temibles consecuencias de la vida sedentaria.


Sin embargo, nadie puede negar lo lindo que es estar al pedo en casa a cualquier hora, con un té, una cervecita o una pizza o lo que haya, despatarrado y desfachatado, escuchando música o viendo videos mientras charlás de Björk con una loca belga, le describís cómo se la chuparías a una loca thailandesa, peleás con una gorda yankee que no se quiere mostrar por cam, le decís por enésima a vez a tu huesito enamorado que no podés ir a verlo hoy tampoco, te informás de los últimos acontecimientos en la vida de Madonna y anotás el cel del tipo con el que vas a coger en el tiempo que tardes en cerrar todo eso, bañarte y llegar al lugar acordado.


Estoy, por supuesto, viviendo las maravillas de nuestra época, con todos sus peligros y sus premios. Y me encanta, porque siempre estuve a favor del progreso, sea del bien o del mal. Hay que tocar fondo o ser mediocre, no hay vuelta. Y amar el presente o ser resentido.


Pero también amo el pasado y, con lo volado que soy, no me cuesta imaginar el mundo del shiro urbano a través de los tiempos (que seguro nació con la misma Çatal Hüyük) y sentir a mi costado romántico florecer pensando en todas las locas de todos los tiempos que habrán pegado levantes al lado de templos, acueductos, plazas, castillos, palacios, etc. Y no sé qué habré leído, visto o escuchado por lo cual este tema estuvo dando vueltas en mi cabeza los últimos meses y hace poco me picó la curiosidad por saber qué sería de ese circuito gay tan tardíamente descubierto en mi vida y tan tempranamente abandonado gracias a mi forzado acceso a los avances informáticos.


Era un martes a la medianoche, había ido a visitar a una amiga que vive en plena peatonal. Al día siguiente no tenía nada que hacer porque era feriado y tenía que caminar unas cuadras hasta la playa de estacionamiento. Era la ocasión propicia.


Riéndome por dentro, pero muy serio por fuera, bajé por la Alvear hasta la Dean Funes, rodeé la plaza, y retrocedí hasta la 9 de Julio, mirando las vidrieras (que ahora sí las miro en serio, será que estoy más viejo).


No veía ningún gay shirando pero tampoco lo esperaba. Suponía que a todas las locas nos había pasado lo mismo y que, hoy 2009, estarían todas encerradas en su casa o en algún cyber viendo con quién iban a coger (y con quién no, también).


Y entonces, apareció él.


Justo cuando, casi media cuadra antes de la General Paz una vidriera de trajes había llamado mi atención, presentí que alguien se acercaba a mí. Cuando las calles están tan desiertas como a esa hora, uno siente a la gente acercarse desde lejos. Quizás ves la figura de alguien que viene caminando desde 4 cuadras más arriba y ya sabés que es un gay shirando. A éste lo detecté cruzando la General Paz, allá a lo lejos. Me quedé esperando, mirando discretamente a aquella figura que se acercaba y cruzando los dedos en mi corazón para que el milenario arte del shiro no hubiera muerto en las frías manos de silicio de las computadoras.


Cuando sólo faltaban unos metros para estar frente a frente, ví un jeans común, un saco de gabardina marrón caca y unos zapatos negros que aflojaban cada vez más el paso. Me dí cuenta que era un chico muy joven el que los llevaba, no tendría 20 años aún, lo cual me alegró mucho. “La juventud no está perdida aún” pensé, alegremente, mientras le decía “Hola”.


- Hola, flaco – dijo él, deteniéndose muy naturalmente como si fuéramos viejos conocidos.


-¿Cómo va? ¿Qué andás haciendo? – le dije lo más seductoramente que pude, mientras lo miraba con rayos X. Parecía algo demasiado flaco, pero tenía los 10 puntos que aportan el ser bien machito.


- Nada, chavón, acá viendo lo que encuentro – dijo, bajando la voz y la mirada. Y antes de que yo pudiera decir nada, me lanzó un desconcertante: -¿Qué tenés?.


-Y…ehmm…- empecé, pensando, como Terminator I, la mejor frase para insertar en la situación: a) Una pija asíííí, b) Un culito que te morís, c) Lo que vos me pidas, bebé, d) Y mirá, yo soy solo activo..., e) Chupar una buena pija, f) No busco nada, sólo miro vidrieras.


Pero de nuevo aquel impetuoso adolescente me ahorró el enviar impulsos de habla a mi lengua.


-¿ Tenés merca? – me dijo, mirándome a los ojos y desviando la mirada al instante (lo mismo que ocurre cuando se pregunta “¿tenés lugar?”)


- Ah…no…yo ehmm…no…-Y se me apagó la voz en un balbuceo. ¿Cómo explicarle a un pendejo drogadicto que yo era una loca treintañera nostálgica de sus 21 años, muy al pedo esa noche, dejándose llevar por los raros impulsos telenovelescos de su corazón, que tiene pocos pero los tiene?


Sólo habían dos opciones, o le decía la frase anterior palabra por palabra o me iba caminando. De nuevo elegí apoyarme en mis piernas y no en mi coraje y salí de ahí lo más rápido que pude. Lo bueno de la peatonal es que, cuando llegás a una esquina, suele haber policías o gente y si sacaste suficiente ventaja entonces nadie te sigue.


Doblé en la General Paz, bastante transitada, como siempre, y llegué a la playa de estacionamiento riéndome todavía. Recién arriba del auto, más calmado, empecé a reflexionar.


El primer pensamiento que tuve fue, como de costumbre, ultraderechista, reaccionario y conservador: todo era culpa del deterioro económico de los últimos años que llevaba a los niños y adolescentes a consumir drogas ilegales, lo cual, para colmo, entorpecía el shiro gay en la ciudad. ¡Si tan sólo la gorda Carrió se enterara de ésto!

Ya me la imaginaba diciendo muy gauchescamente que los jóvenes argentinos consumían merca envueltos en gabardina color caca mientras otras personas se daban con efedrina envueltas en Prada y Louis Vuitton. Eso sin mencionar a los gays que preferían el sano modo de vida nómade, los cuales se quedaban sin espacios (pero difícil que la gorda mencione la palabra gay con un Jesucristo colgando entre las tetas).


Después, más relajado aún, ya en frente de mi amada archivadora de material porno conocida como computadora, chateando a dos manos y un codo, pensé que los gays éramos sólo un grupo más del montón de grupos “diferentes”. Así como dos gays se dan cuenta de su homosexualidad con sólo mirarse a los ojos, también una mujer puede transmitirle a un hombre en una mirada que quiere tenerlo en su cama, o lo mismo un hombre a una mujer, o lo mismo un narco a un drogadicto, etc.


Al final no importa la condición sexual, social o econoómica de la persona.


Lo que importa es la soledad que se siente y la capacidad de mostrarla en los ojos como un deseo de acercamiento. Y eso es lo mágico que tiene el shiro o como se lo quiera llamar.


Lo cual me recuerda al asqueroso e insoportable de Brad Pitt en Entrevista Con Un Vampiro (debo ser la única loca en el mundo que ama las películas de Brad Pitt por las películas en sí y no por él) cuando se encuentra con otro vampiro en una callejuela parisina.



O, un poco más mágico pero igual de clásico, a Rogue y Wolverine en X Men I, cuando se miran de reojo en la barra de un bar suponiendo que el otro también es mutante.



Y, por supuesto, al único diálogo memorable de uno de los mayores bodrios que hizo Madonna en el cine, Body Of Evidence: Rebecca Carlson, una dominatrix sadomasoquista acusada de asesinato cena con su abogado en un restaurant. De repente, él le pregunta:


- Rebecca, ¿cómo te das cuenta que alguien...?

- ¿…tiene los mismos gustos que yo?

- Sí.

- Pues no lo sé…sólo lo miras y te das cuenta.

- Mira alrededor y dime si ves a alguien así aquí.

- ¿Quieres que mire en cada una de las mesas si hay alguien aquí como yo?

- Exacto.

- De acuerdo


Ella mira a su derecha y recorre el lugar con sus ojos hasta encontrar los de él, luego voltea a la izquierda y regresa lentamente su mirada al centro.


- Muy bien…¿quién?

- No te lo voy a decir.

- ¿No me lo vas a decir???

- No, no te lo voy a decir.

- ¿Y porqué no????

- Porque él aún no lo sabe.



No sé quién escribió ese guión y probablemente haya sido copiado de otro lado (como el 99,9 % de lo que hace Madonna).


Pero, realmente, ¿existe una mejor razón para guardar esos secretos?

martes 18 de agosto de 2009

Una propuesta diferente


En el mundo de los heterosexuales se corren ciertos riesgos al poner determinados negocios. Cada chongo tiene un mecánico en el que confía durante toda su vida y varios otros a los que considera chantas del equipo contrario. Cada mina tiene un peluquero/a al que va como a misa hasta que se raya por alguna razón lunar y lo cambia por otro que se convierte en su nuevo sacerdote del look por los siguientes seis meses (maso).


En el mundo de las locas, todo es más arriesgado, porque si el chongo tiene sus razones lógicas y comprensibles para elegir un mecánico y la mina tiene razones ilógicas e incomprensibles para elegir un peluquero, las locas combinamos ambas. Una loca puede llegar a irse de un local de ropa para no volver jamás porque sus escrutadores ojos descubren que ahí venden cuero sintético como si fuera genuino o porque se le metió en la cabeza que el color témpera en las paredes trae mala suerte.


Así y todo, alguna gente es macha y se arriesga y pone boliches, saunas, cybers, restaurants, etc. exclusivos para gays (o gay friendlys) sabiendo que las locas somos las más detallistas, quejosas e insoportables clientes que se puedan tener.


Por supuesto, esta teoría hace agua en la ciudad de Córdoba, donde los dueños y responsables de las discos y demás “lugares gay” vienen repitiendo hace años los mismos esquemas, las mismas negociaciones baratas, los mismos “artistas” que a veces llevan años con las mismas “performances”, etc. Pero, como si la falta de innovación no fuera suficiente, también hay a veces faltas –o más bien, atentados- contra el buen gusto, como el ponerse una pollera escocesa y toquetear como vieja babosa las abdominales de un presentador en un escenario,colgar banderas de arco iris para tapar humedades, cargar botellas de fernet Branca con Vitone (¡Loco, hay que tener la lengua quemada para no darse cuenta!!), cambiar de lugar las luces y las bolas de espejos en vez de comprar equipo nuevo, etc.


Amo quejarme, como loca que soy. Pero a pesar de todo, me encanta salir al ambiente gay, por más que me tenga que enfrentar con un sinfín de detalles y personas que me ponen los pelos de punta. Al fin y al cabo, es lo mismo en todos lados.


Sin embargo, hace tiempo que se venía hablando en Córdoba de la fiesta Glow. Cada loca que te hablaba de la Glow te decía-palabras más, palabras menos-: “Es una propuesta diferente”.


Si hay una frase que me da mala espina es ésa. Parece ser una moda que no sólo estaría afectando a la política del país: el definir a lo bueno como “lo diferente a lo establecido”.

Y sí, propuestas diferentes faltan, nadie lo puede negar. Pero no por eso hay que ser tan idiota de alabar ciegamente a cualquier estupidez que surja por ahí con el cartel de “diferente”. Ser diferente no significa, necesariamente, ser mejor o superior. Y eso los gays lo sabemos muy bien.


Pero bueno, a pesar de mi mala espina, me dejé contagiar por el entusiasmo de algunos de mis amigos/as que venían preparándose para la Glow desde Julio, más o menos. Esa preparación incluyó todo tipo de cremas, lociones, enjuagues, exfoliantes, escandalosos gastos en Shoppings diversos y hasta incluso cama solar (¡Loca, estamos en Agosto! ¡Calmáte!!). Por supuesto, a ninguno de estos cerebros rubios se les ocurrió la brillante idea de sacar entradas anticipadas por lo que terminamos pagando 30 pesos en la puerta a pesar de la terrible amenaza que le hice a la infeliz vendedora de tickets de no entrar a aquella fiesta donde ya habían casi tres mil personas.


Mientras subíamos la escalera por unos ridículos pedazos de alfombra roja esparcidos a la buena de Dios, los comentarios eran prometedores. “Uy, mirá, tiene dos pisos” dijo una loca que jamás había pisado el Hipódromo (ni barrio Jardín). “Parece que va a haber show” dijo una tortita que se ilusionó al ver una drag en zancos y con una mamadera llena de cerveza. “¡El pete que le haría al guardia, por Dios!” se escuchó a alguna otra desubicada por ahí.


Así fue que entramos al Castillo del Jockey y pronto los comentarios se extinguieron en medio de la música y el atolladero de gente. Tardamos como 20 minutos en caminar 10 metros para llegar a una pista que había al costado. Personalmente, detesto los hacinamientos, pero mis amigos/as estaban chochos/as. “¡Cuánta gente!” decían, sin parar.


Y, por un momento, pensé que era mejor que estuviera lleno a que no hubiera nadie, así que me relajé y me dispuse a disfrutar de los pisotones, codazos, empujones y la falta de aire. Pero, al ratito, noté que había algo extraño en el ambiente. Tal vez fue el ver a un cincuentón piafero con el sweater colgando a sus espaldas empujándose con un mini-flogger doriansero de remera ajustadita lo que me provocó el shock: Esa noche no habíamos ido a Zen, ni a Piaf, ni a Bunker, ni a Dorian, ni a Random, ni a Poseidón ni a ningun otro lugar gay habitualmente frecuentado. Pero Zen, Piaf, Bunker, Dorian, Random, Poseidón y hasta los saunas habían venido a nosotros. ¡Y encima todos juntos!!! ¡Qué miedo!!!


Me esforcé por encontrar una cara nueva entre esas 3.000 personas y juro por Madonna y Britney que no encontré una sola…ni siquiera entre las mujeres…¡ni siquiera entre las tortas!!


Y bueno, era de esperar que si el evento venía teniendo propaganda sólo dentro del ambiente gay, los asistentes fueran, precisamente, los que pululan por el ambiente gay. Eso no es malo ni culpa de nadie. Pero la innovación no fue una de las asitentes.


Calculé que, cuando a mis amigos se les pasara la euforia por estar en el lugar “más top de la noche”, comenzarían a darse cuenta de que estaban rodeados por las locas de siempre y sus ánimos pasarían a un nivel más bajo.


Antes de que eso pasara, comenzamos a movernos con la idea de ir al piso de arriba. Pero una sorpresa increíble, inusitada y hasta surrealista nos esperaba en el descanso de la escalera. Estábamos en un “castillo”, el castillo del Jockey Club, un edificio enorme, con techos altos, columnas, impecable, que hacía pensar en viejas damas con capelinas bebiendo limonada mientras sus maridos apostaban toda la renta para que un caballo corriera más que otros. ¿Y qué nos encontramos ahí, en las gradas, a mitad de la escalera? Baños químicos.


Sí, baños químicos. Esas casillitas de medio metro por medio metro que se ven por los parques y plazas a las cuales nunca entré y espero nunca entrar. Pero ahí estaban, con una multitud impenetrable de locas (igualmente impenetrables) que parecían tener la intención de entrar a aliviar sus tripas en esos sucuchos.


Marisa, una de mis amigas tortas más guarangas y chongas a la cual he visto beber vino toro directamente de una damajuana, se quedó mirando aquello como si fuera un cuadro surrealista. “¿Será parte del show?” dijo la loca de Gonzalo, entre cínica y divertida.


El detalle de los baños me hizo pensar que no íbamos a durar mucho en aquel lugar, ya que habían 3 mujeres con nosotros y no me las imaginaba escabulléndose por detrás de las gradas del hipódromo para despedir el fernet y la cerveza de más, como estaban haciendo ya algunas locas.


Las pistas de arriba estaban igualmente hacinadas y tenían unas telas colgando como invitando a algún pirómano a repetir lo de Cromagnon. La verdad que con los dibujos y estupideces que tenían pintadas, merecían ser quemadas. Bailar, por supuesto, era imposible. Sólo se podía saltar y era lo que todo el mundo hacía, demostrando diferentes grados de alcoholismo y drogadicción.


El golpe de gracia fue en la barra. Diez pesos la medida de fernet que no era una medida sino un culito en un vaso que ya era un culito. Y, por supuesto, no era branca, era 1882 (o, más bien, salía de una botella con esa etiqueta). Diez pesos una lata mugrosa de cerveza Brama.


Y no es que uno no tenga 10 pesos (o más). De hecho, siempre gastás más en alcohol que en la entrada. El problema es que no podés cobrar una lata a 10 pesos cuando en todas partes te venden el vaso de 900 cm cúbicos al mismo precio. No estábamos en la playa de Brasil, estábamos en la Glow, con baños químicos en la escalera y telas que decían I Love N Y colgando de las paredes. Lo mínimo que podés hacer es vender cerveza en vaso de plástico como hace todo el resto de la negrada que al menos tiene instalaciones sanitarias y no se hacen los pretenciosos (o no tanto).


Mientras tanto, en la pista de abajo, una loca con la cara pintada de mimo se colgaba de una tela, quizás la única cosa más o menos estética de la fiesta, que igual se puede ver en tantos lugares con una música e iluminación más adecuadas (y a la gorra). Si hubo más “espectáculos” en la noche, me los perdí mientras trataba de pasar de una pista a otra.


Mis amigos seguían con la idea de hacer valer sus 30 pesos y se plantaron junto a una columna para poder mirar mejor a las locas que viven mirando cada sábado en los demás boliches. Yo comencé a mirar a Marisa, que a la segunda me captó la mirada y dijo “Bueno, Rubio y yo nos vamos” y al ratito empecé a trotar detrás de ella entre toda la muchedumbre que ya empezaba a oler como huele la gente a las 5 de la mañana.


Me perdí cuando llegó la municipalidad a recaudar…digo, clausurar. La municipalidad cordobesa nunca clausura los eventos antes que se armen. Deja que ocurran, deja que la gente corra peligro, deja que los negros estafadores (con perdón de los negros) cobren los 30 pesos ilegales que nos cobraron y después va a ver qué tajada saca.


Por supuesto, tanto la municipalidad como los negros estafadores que organizan estos eventos millonarios saben que las locas somos iguales a los heteros en una cosa: la pasividad. ¿Alguien se quejó? ¿Alguien reclamó que le devolvieran la plata? ¿Alguien va a presentar denuncia a derechos del consumidor?


Claro que no. Nadie hace esas cosas de locos. Eso es ser histérico.


Pero llevo viviendo 30 años en Argentina y ya no me sorprenden para nada las negradas de la municipalidad y los responsables del ambiente gay (aunque bueno, lo de los baños químicos era para sacarle el hipo a cualquiera).


No me molesta en lo más mínimo pensar en que toda la gente que lucró con la Glow, desde el mimo de las telas hasta el intendente de Córdoba, vayan a pasar sus vacaciones en un hotel 5 estrellas en Aruba o, al menos, Jureré Internacional con la guita que sacaron sólo vendiendo latas de cerveza. Hasta cierto punto, los felicitaría, porque prefiero cien veces a un cagador hijo de puta que al pasivo pelotudo que se deja cagar.


Lo que sí me sorprende, me enferma y me da ganas de asesinar gente es la cantidad de locas que van a esos eventos y salen contentas diciendo a los 4 vientos que es la mejor fiesta, que es la más top, que es, al menos, “una propuesta diferente”.


Sí, loca boluda, pagaste un poco más para ir a hacer exactamente lo mismo que hacés cualquier sábado en cualquier boliche gay sólo que mucho más apretujada, con más riesgo de morir quemada o asfixiada porque no hay salida de emergencia (o porque aunque haya no llegás nunca por la cantidad de gente que hay), con las mismas marcas berretas en las barras (sólo que más caras, porque ¡estás en La Glow!), con 10 casillitas de plástico que algunos llaman baños para casi 3.000 personas, la misma música (había una pista igual a Zen, otra igual a Dorian, otra más mezcla, etc), los mismos DJ, las mismas travas, las mismas drags (con los mismos vestidos y zancos de siempre), las mismas locas, las mismas tortas, etc.


Pero “es una propuesta diferente” siguen repitiendo algunas locas, como zombies, incluso hoy martes, cuando ya está claro el negoción que armó la municipalidad con esta gentuza.


Hay que felicitar a la gente que organizó la Glow por hacer un trabajo de marketing tan impecable. Si te la pasás repitiendo La Glow es una propuesta diferente” en el ambiente gay, parece que al menos 8 de cada 10 locas se lo van a creer. Y encima van a salir de ahí transpiradas, emboladas y estafadas diciendo que “es una propuesta diferente”.


Decí que te gusta ver mucha gente apretada, decí que te gusta entrar a una casilla de plástico toda meada, vomitada y cagada, decí que te gusta pagar un trago asqueroso por el cuádruple de su valor.

Decí que sos hueca y sólo te interesa salir, si querés. Todo eso es válido, incontestable e irrefutable.


Pero no digás que es una propuesta diferente cuando de diferente no tenía ni la d.


Ah, hubo una cosa que sí me gustó: nadie cuidaba los autos. Gracias a Dios fue así ya que tener que pagarle a un naranjita después de esa fiesta berreta hubiera sacado lo peor de mí. Claro que si a alguien le robaban el auto no había dónde quejarse. Pero como en los lugares que sí hay naranjitas también te roban el auto y tampoco tenés con quién quejarte, mejor no tener que darle 10 pesos a un gordo insoportable que encima te hace chistes cuando querés estacionar.


Los 10 pesos los usamos con Marisa para el choripán y la 7up, lo mejor de la noche.

Al menos era 7up de verdad y no Suitty limón camuflada.

miércoles 5 de agosto de 2009

De Duendes, Gremlins, Activos y otros mitos



Hace un par de semanas salí a bailar con uno de mis amigos más jóvenes, ya que la mayoría de los que tienen mi edad dan más vueltas para salir a un boliche que para levantar un tipo en manhunt (palo por si alguno lee).


En un momento que nos cansamos de la pista entramos al resto y nos sentamos en la barra para tomar una sprite y algo de aire. Casi a medio metro nuestro había una mesa donde se sentaban dos tipos cincuentones que hacían lo imposible para parecer cuarentones (buzo deportivo colgado a los hombros, zapatillas new balance, ochenta kilos de crema sólo en la cara, etc.).


“Seguro que se llaman a sí mismos osos” pensé.


En la barra y cerquita de mi amigo se sentaba un tipo de más o menos 30 años, muy bien vestido, de cabello castaño y un lomazo que parecía de esteroides. El único problema es que era algo petiso, pero era obvio que las locas viejas estaban ahí acosándolo, aunque ahora que habíamos llegado nosotros dividían un poco su atención entre él y mi amigo, brillante en sus 22 años.


Yo también tenía mi levante, ojo, había otra mesa cerca con dos floggercitos que parecían menores de 15 años…uno no paraba de mirarme, al menos con el ojo que no le tapaba el flequillo. Supongo que querría preguntarme qué tintura uso.


Como se imaginarán, estando en la posición que estábamos –justo en el medio de la atención- no nos quedó otra que empezar a presumir. Después de todo, para eso se sale.

Hablábamos en voz muy alta y nos reíamos como adolescentes, conscientes de que nos escuchaban de todos lados. Mientras estábamos en esa pose, aparecieron dos amigos/conocidos que se acercaron a saludarnos. Se quedaron parados frente a nosotros haciendo chistes y comentando estupideces y, muy pronto, se habían unido al coqueteo (o histeriqueo) que nos conminaba allí.


En un momento, mi amigo dijo: “Qué suerte que Rubio me convenció de salir porque yo me iba a quedar en casa. Con esto de la gripe A me da una cosa salir…”


Uno de nuestros amigos/conocidos dijo: “Ay, para mí que es todo un verso eso de la gripe A.”


Y yo dije, parrafa-choreando a Homero Simpson: “Claro que es un verso, la gripe A es un mito como los duendes, los gremlins y los activos 100%”.


Todos se rieron, incluso el “chico esteroides” y las señoronas de la mesa de al lado que se hacían las no interesadas en nuestra charla.


Pasó el rato y mi amigo se fue al baño con los dos recién llegados. Yo me quedé sentado en la barra sosteniendo tres camperas y un buzo. De golpe, el chico esteroides me dijo desde su lejanía “¿Así que vos crees que los activos no existen?”.


Lo miré, medio sorprendido, y le dije: “No, yo creo que los activos 100% no existen”.


Entonces, como si nada, me dijo “Cuando quieras te pruebo que sí existen”.


Y, acto seguido, se levantó y se fue hacia la puerta.


Yo me quedé perplejo viendo cómo se iba. No sabía si tenía que levantarme y seguirlo o quedarme esperando a que volviera o si era una joda o qué. Por ahí era una forma de levante a la que nunca me había enfrentado.

El tipo salió del resto y se perdió de mi vista. Supuse que se habría ido al patio o al estacionamiento y capaz me esperaría por ahí, lo cual me pareció medio extraño. Al fin y al cabo, hacerse seguir es una actitud más de mujer que de hombre y se supone que a un activo le gusta ser el hombre…Igual me dije que no podía moverme ya que tenía la ropa de los otros, así que me tranquilicé y me quedé sentadito.


Llegaron mis amigos y fuimos a bailar a la pista pero, por supuesto, yo seguía pensando en el desafío que me habían hecho. El tipo no me gustaba tanto pero había conseguido intrigarme.


Finalmente lo ví parado contra una columna mirándome disimuladamente. Por unos momentos pensé en hacerme el inalcanzable y no darle bola pero como ví a los dos viejos del resto cerca de él mirándolo con hambre no pude resistirme a mostrarles que el juguetito que ellos habían elegido era mío y sólo mío.


Me acerqué al petiso musculón y le dije al oído: “Dale, nene, mostráme que los activos sí existen”


-“¿Tenés lugar?”- fue su contestación.


- “Sí”- le dije, consciente de las miradas alertas de los dos osos.


- “Vamos entonces” – me apuró mi supuesto activo – “Te espero en la puerta”.


Me despedí de mi amigo y pasé triunfante frente a las dos locas vejetas sintiéndome el ganador de la noche. El “activo 100%” me esperaba en la puerta de la disco con unas llaves de auto en la mano y una campera bajo el brazo.


“¡Con auto y todo!” pensé “¡Estos son los activos que me gustan!”.


Salimos y le fui indicando el camino mientras intentaba averiguar algo de la persona que, supuestamente, me iba a coger en breve. Fue poco lo que me contó de él. Lo poco que saqué es que no era de Córdoba pero vivía acá hace mucho tiempo y trabajaba con un amigo pero no me dijo en qué.


Bueno, como no quiero alargar mucho y detesto los relatos eróticos sólo diré que fuimos a mi casa y el chico cumplió con lo prometido. No fue nada del otro mundo y hasta podría decir que fue medio insulso para la excitante previa que hubo. Antes de que acabara yo ya estaba pensando en cómo iba a hacer para decirle sutilmente que se vaya, no fuera que se quisiera quedar a desayunar o, peor, a dormir.


Una vez terminado el trámite le dije si quería pasar al baño y me dijo, muy caballerosamente “Andá vos, primero”. Así lo hice y cuando le tocó el turno a él aproveché para vestirme rápidamente, onda que cuando saliera del baño me viera vestido y se diera cuenta de mi sutil “tomáte el palo”.


Pero se ve que no sabía interpretar sutilezas porque apenas salió del baño se echó en la cama de costado y me preguntó si hacía mucho que vivía acá o alguna otra boludez. Yo me quedé parado contestando con monosílabos y caras de circunstancias, pero el tipo parecía no comprender que tenía que irse. Finalmente, me senté en la punta de la cama y me quedé en silencio, pensando que en algún momento se aburriría.


Y de golpe, entendí porqué no captaba las sutilezas:


“Bueno, loco, son 100 pesos”- me dijo, tranqulito.


Soy de esas personas que, cuando se enfrentan con algo inesperado, sólo atinan a reírse. Y esta vez pegué una carcajada bastante larga. Cuando me pude dominar, le pregunté:

- ¿Cómo que son 100 pesos? ¿Sos taxi?


- Y sí, loco- me dijo en tono de terrateniente que exige renta.


- ¿Y porqué no me dijiste antes? – le pregunté, empezando a enojarme.


- Sí te dije.


- ¿Cuándo?


- En el boliche.


- ¿En el boliche cuándo?


- Y ahí cuando estabas en la pista.


- ¿En qué momento?


- Cuando te acercaste a hablarme.


- Lo único que me dijiste es si tenía lugar yo y que me esperabas en la puerta.


- Bueno, loco, no sé. Yo te lo dije.


- Yo no te escuché.


- Y bueno, pero yo te lo dije.


- Qué lástima –le dije, ya con bronca – En todo caso, deberías haberte asegurado de que yo te había oído.


- Yo te lo dije – se entercó él, con actitud de argentino chanta.


- Y bueno, chavón, no tengo 100 pesos. Lola.


- ¿Y entonces? – dijo él, como enojado.


- ¿Y entonces qué? – me enojé más yo.


- ¿Qué hacemos ahora? – dijo, como preocupado.


- Y nada, que te vestís y te vas – le dije, cortante.


- Me debés 100 lucas…


- ¡Soñá que te las voy a pagar!


- Loco, en serio, me debés 100 pesos y me los tenés que pagar, sino te armo kilombo – me dijo, muy serio.


- ¿Me estás amenazando?


- No, te digo nomás que me debés 100 pesos y me los tenés que pagar.


- Bueno, mirá – le dije, dudando si llamar a la policía o no - No tengo 100 pesos así que te vas a tener que ir sin nada.


- Dame lo que tengas y el resto me lo das otro día.


- ¿Porqué no me pediste la plata antes de coger? – se me ocurrió, de golpe.


- Porque queda feo – dijo tras una pausa en la que se notaba cómo pensaba.


- Mirá, pibe, decí la verdad. Vos nunca me dijiste que eras taxi.


- Sí te dije…


- A mí no me vas a mentir así, boludito – me enojé en serio-. Y si me lo hubieras dicho, me tendrías que haber cobrado de entrada.


- No, loco, no es así. Todo el mundo paga al final.


- Esa no te la creo – le dije, mordaz – porque si fuera así, nadie te pagaría. Sos un queso en la cama…


- Bueno, no sé – dijo, turbándose un poco – La cosa es que vos contrataste un servicio y ahora tenés que pagarlo – dijo, escudándose en el lenguaje económico.


- ¡Yo no contraté nada! Ahí está el problema. Si hubiera sabido que eras taxi boy ni te hablaba – le dije, en un brote de ultraderechismo.


- Vos me viste ahí en la barra y te sentaste al lado mío…-empezó él.


- ¿Y?


- Y viste a los dos tipos que me estaban mirando, no me digás que no te diste cuenta.


- Sí, los ví, ¿y?


- Y que ahí deberías haberte dado cuenta – concluyó- O sea, yo estaba laburando.


- ¡Ahh! ¡Estabas laburando! ¿Y entonces porqué no te fuiste con los tipos esos?


- Porque vos me gustaste más – me dijo, ingenuo.


- Mirá vos – dije, sin que me afectara lo más mínimo la autoestima y manteniendo mi enojo - ¿O sea que vos andás eligiendo por ahí quién te va a pagar?


- Y sí –dijo, en tono complacido – Todos me pagan siempre.


- ¿Incluso cuando no les avisas que cobrás?


- Siempre aviso –volvió a mentir – Si vos no escuchaste no es mi problema. Capaz que como la música estaba muy fuerte…


- Bueno, mirá – le dije, harto – Te voy a dar los 100 pesos y te vas, pero admití que nunca me dijiste que eras taxi boy.


- No, loco, en serio te lo dije – empezó.


- Si seguís mintiendo no te doy nada – dije, mientras sacaba la billetera – Admítame que no me avisaste que eras taxi boy y te doy la plata.


- Bueno, lo admito –dijo, en tono de no admitirlo y estirando la mano.


- Tomá y andáte rápido, por favor – le dije, poniendo el billete en su mano.


Y como buen gato, agarró lo suyo y se fué.


Durante toda la semana mi judío interior torturó a mi consciencia por los 100 pesos que había soltado así nomás. En los momentos de mayor equilibrio, terminaba aceptando que era mejor perder un poco de plata a meterme en un kilombo con una loca que ni conocía y que vaya a saber lo que haría por un billete mugroso de 100. Quizás le hiciera más falta que a mí, quería creer, aunque eso no me consolara.

Después, llegué a la conclusión de que lo que más me dolía es que me habían forzado a pagar por sexo, cuando yo quería llegar a ese momento por mi propia voluntad…


Pero bueno, era un engaño y no contaba.


Mis amigos, como era de esperar, se rieron sin piedad de mí y durante unos días me tuve que bancar que me dijeran sugardaddy y otras boludeces por el estilo.


Finalmente, vuelvo al boliche el sábado pasado y, por supuesto, me lo encuentro a mi taxi boy, sentado en el mismo lugar de la barra pero con una pose mucho más femenina. Rápido como el rayo, le dije a uno de mis amigos más masculinos “Andá y decíle a aquel tipo que sos activo y que cuánto te cobra”. Después de 5 o 6 minutos de convencerlo, mi amigo se atrevió y fue. Volvió diciendo que le cobraba 100 pesos o 70 por sólo sexo oral.


Ahí sí se me subió toda la sangre a la cabeza, fui hasta la barra y empecé a gritarle como si lo estuviera por matar “¡Vos me dijiste que eras activo 100% y me cobraste 100 pesos! ¡Ahora me los devolvés por mentiroso!”


El tipo me miró con los ojos que parecían huevos fritos.


- Qué te pasa…- empezó, poniéndose colorado.


- ¡Dame mis 100 pesos ya! – le grité – ¡Yo te pagué para que me probaras que existían los activos 100% y ahora acabás de probarme que no existen!


- Pero…


- ¡Me das la plata ya, hijo de puta! ¡Con razón no sabés ponerla si sos una pasiva como cualquier otra! ¡Aprendé a coger y después cobrá, pendejo boludo!


Y le dije unas cuántas cosas más, delante de varias personas que se pusieron más coloradas que él. Obviamente, yo ya tenía algo de alcohol encima pero me sentía consumido de furia e indignación. Y no era por la plata, sino por el hecho de que el tipo no fuera realmente activo.


Quiso escaparse pero mis amigos se pusieron en la puerta. Vino un guardia a ver qué pasaba, vino una travesti a querer poner orden. Por fin, el tipo se dio cuenta que iba a ser peor para él y me dió 2 billetes de 20 y 6 de 10, bastante arrugaditos.


Recuperé mi dinero, pero hoy, más que nunca, creo que los activos 100% son un mito.

viernes 15 de mayo de 2009

No es histeria, es estrategia...


Dicen que en las parejas siempre hay uno que está más enganchado que el otro. Siempre hay uno que ama más al otro, que necesita más del otro, que lo cela más…


Y supongo que éso se puede aplicar a cualquier tipo de pareja, incluyendo a las amistades. ¿Quién no tuvo alguna vez un compañerito o una vecinita o alguien por ahí que querían ser nuestros amigos cuando para nosotros era igual verlos o no?


Por supuesto, ese deseo tan apasionado por lograr nuestra amistad siempre es contraproducente, porque vagos y vanidosos como somos, nos dejamos buscar y halagar por nuestros “admiradores” sin nunca concederles lo que nos piden.


Pero bueno, voy a dejar de evadir las culpas y abandono el uso del plural para concretar en mi caso. Mi caso se llama Augusto.


Augusto era un compañero que tuve en la primaria y en los primeros años de la secundaria cuyo mayor propósito en la vida parecía ser convertirse en mi mejor amigo. Para lograrlo, Augusto siempre me cedía todo: sus juguetes, sus útiles, sus figuritas de los Super Amigos, su lugar en cualquier fila y, más tarde, su dinero, su comida, su ropa, su mochila para guardar mi ropa, su VHS para grabar los Thundercats son algunas de las cosas que recuerdo.


No se trataba de que me “regalara” ni que me “diera”. El verbo adecuado es “ceder” porque él dejaba de usar sus cosas para que las usara yo. Y parecía que a cambio de ello yo sólo tenía que dignarme a ser su amigo, lo cual significaba simplemente pasar algo de mi tiempo libre con él.


Y antes de que lo piensen (si es que no lo han pensado ya), Augusto no era gay. Es decir, hasta donde yo sé, porque dejé de verlo a los 13 o 14 años. Si es gay ahora o no, sería secundario, lo importante es que él no estaba enamorado de mí ni me buscaba por deseo sexual ni tenía una fijación con los hombres, ni nada por el estilo. Augusto quería un “mejor amigo” y, por alguna extraña razón, me eligió a mí de víctima.


Probablemente, lo que lo atrapó de mí fue mi frialdad para con él y para todo lo que hacía. Me era totalmente indiferente lo que hiciera o dejara de hacer, por más que me beneficiara a mí. Supongo que eso le hizo desear ser mi amigo.


Si me pongo a analizarlo detenidamente, creo que fue la persona que más daño me causó en la vida, porque hasta el día de hoy soy un colgado en miles de cosas por su culpa…siempre confío en que Augusto va a traerme la lapicera que me olvidé (o más bien, que nunca compré) o me va a prestar la suya.


Y así como en las pequeñas cosas, también en las grandes noto dejos de mi trauma “augustiniano”: detesto que mi pareja, mi saliente, mi huesito o el pelotudo que me levanté por chat me cedan algo o tengan el más mínimo gesto cordial hacia mí, como pagar una cuenta o abrirme una puerta…y después, claro, termino sin plata y bufando a los cuatro vientos porque no hago más que atender nenes caprichosos. ¡Por Dios, mi vida es un desastre!!! ¡Maldito Augusto, como si necesitara más histeria yo!!!


Pero bueno, no quería escribir ahora sobre esos grandes traumas que me dejó mi relación con aquel muchachito (a eso le dedicaré otro post o buscaré un psiquiatra) sino sobre un detalle más pequeño pero igualmente molesto que aún hoy me atosiga y que tiene que ver con los celos de Augusto.


Porque Augusto era celoso pero no de esos celosos que hacen escenas espeluznantes sino de los que censuran en silencio y después aprovechan el primer momento en que te sientas sensible por cualquier cosa para darte con un caño…


“Mirá, Rubio, yo te digo esto porque sos mi amigo, nada más, pero Luciano te busca solamente cuando quiere andar en bici porque vos le prestás la de tu hermano, pero sino, no te buscaría nunca. El no es tu amigo de verdad. Es un interesado (Esto me lo decía cada vez que Luciano no me pasaba la pelota cuando yo tenía el arco solo).


“Rubio, a vos te invitaron a la fiesta porque tenés el casette de Bon Jovi para llevarles, sino no te invitaban ni en pedo. No son tus amigos esos. Se aprovechan de vos.” (El muy lechuza me llamaba por teléfono el sábado a la tarde sólo para decirme eso mientras yo, ilusionado con la fiesta, me peinaba la melena sintiéndome Axl Rose).


“Tu vieja siempre que está deprimida te busca a vos pero cuando anda bien ni bola te da. Date cuenta, Rubio, tu vieja te usa.” (El muy atrevido me lo dijo en un campamento de catecismo, tras escuchar a un cura desubicado afirmar que no habían pruebas de que María hubiera asistido a la crucifixión).


¿Cuál es el resultado de éstas y tantas otras frases con que Augusto taladró mi vulnerable e inocente cerebro infanto-juvenil? Que hasta el día de hoy, cuando alguien me llama por tel o viene a casa para invitarme a hacer algo (sea ir a tomar mate, al cine, a cenar, a bailar o a coger) siento la vocecita de Augusto en lo más hondo de mi ser que me dice: “Te invita porque es un interesado, no porque sea tu amigoo te quiera de verdad”.


Y así es que, en mis momentos de paranoia augustiniana me pongo a pensar locuras: “Mariela me llama sólo cuando algún tipo la deja”, “Gabriel me busca para salir sólo cuando su esposa está de viaje pero las esposas de sus amigos, no”, “Alfredo me invita a salir sólo cuando quiere emborrarcharse en algún barsucho”, “Iván me comenta el blog sólo para que yo le comente el suyo”.


Por supuesto, también tengo a veces algún amanecer en mi cama, con la gata ronroneando en mi axila y los pajaritos cantando en la higuera del vecino mientras pienso que todos los seres humanos nos buscamos por algo y que está bien que así sea, que por algo somos valiosos para los demás como ellos para nosotros y que el universo tiene un orden y que la paz interior es infinita y que Gandhi y el Che vivirán por siempre…


Pero después la vida vuelve a la normalidad: la gata salta juguetonamente y me voltea el perfume, los pajaritos dejan blancas las baldosas de mi patio, los zurdos de la facu interrumpen mi clase para decir, con los ojos desorbitados, que ésta es la última crisis del capitalismo y un pelado se sube a mi colectivo para vender libros de filosofía hindú cuando lo único que quiero es mirar gente por la ventana y ensordecerme con el ruido del motor y de los frenos del bus.


Y es entonces cuando me asaltan las paranoias de nuevo. Y entonces maldigo a Augusto, donde quiera que esté, por haber despertado tanta desconfianza en mí con respecto a la amistad…ni hablar del amor.


Pienso que un cáncer de colon sería poca desgracia para él y lo imagino cayendo por un peñasco lleno de espinas y rocas puntiagudas una y otra vez mientras sonrío leve y placenteramente. Y la estúpida de mi consciencia me dice: “Pero él no te hizo ningún daño intencionalmente…él sólo quería ser tu amigo”. ¿Y qué me importa a mí la falta de intención de Augusto 10 o 15 años después? Ahora yo tengo que sufrir las consecuencias mientras él seguro sigue atosigando a otro sin ninguna secuela.


¿O quizás sí tuvo su secuela? ¿Estará Augusto hasta el día de hoy frustrado porque nunca lo pasé a buscar ni lo llamé por teléfono? ¿Pensará que nadie quiere ser su amigo? ¿ Será un asesino serial que sólo mata gays rubios (pero no sin antes cederles su propia lápida para que tengan dónde escribir su epitafio)?


Lo más justo sería que él tenga alguna secuela como la que me dejó a mí. Pero después pienso que, en realidad, él debe haber sufrido lo suyo mientras yo no condescendía a ser su amigo y ahora me toca sufrir a mí por culpa de él. ¡Maldito equilibrio universal!


Bueno, todo este recordar a Augusto me sirve para dos cosas. Una, para explicar el misterioso pánico que me agarra cada vez que abro el Facebook. A veces sueño que Augusto me encuentra en la web y escribe en mi muro: “Ese te agregó a su lista de amigos sólo para hacer bulto” y me despierto gritando y con ganas de hacer añicos la computadora con un hacha medieval.


La otra cosa, aún más importante (existe un mundo más allá del Facebook), es que me está gustando mucho un chico y mis amigos/as me critican mi forma de seducirlo: hacerme el indiferente.

Todos me acusan de histérico, presumido y hasta de tarado por mi estrategia, pero qué les juego que termina rendido a mis pies como Augusto (¡brr!!!) cuando vea que no hay forma de conquistarme…


Lo malo es que, si no llego a lograrlo, ahí sí tendré que asumir que Augusto realmente me cagó la vida hasta en mis formas de cortejar. Si eso llegara a ser cierto, tendré que buscarlo yo en el Facebook y asesinarlo muy lentamente para sepultar mis fantasmas.


La verdad, cualquiera de los dos resultados me complacerían bastante.