viernes, 19 de agosto de 2016

What are you looking at?


Hace poco, estuve obligado a quedarme encerrado en casa unos días gracias a unos leves estornudos que por suerte pude hacerlos pasar por una terrible gripe terminal en el laburo, así que me metí a googlear series gays para ver, porque estaba seguro que después de Queer As Folk habrían hecho algo nuevo que valiera la pena ver.
Y encontré, obviamente, a Looking.
Sólo tenía dos temporadas, de 8 y 10 capítulos y una película que hicieron para cerrar los cabos sueltos de la serie. Esto era ideal porque, como ya estaba cancelada, tenía la certeza de que nunca harían una tercera temporada, así que sería como ver dos películas largas y una final conclusiva.
Antes de bajarla leí algunos comentarios hechos por unas cuantas locas entusiasmadas con el realismo de la serie. Decían que por fin teníamos una serie que retrataba la verdadera vida de los gays de alrededor de 30 años, sin estereotipos ni censuras ni tapujos ni moralinas. Los comentarios negativos decían que prometía ser la Sex And The City gay pero que era aburrida, oscura y con historias poco atrapantes (lo cual explicaba el bajo rating y su rápida cancelación). Y contra estos comentarios negativos estaban los que retrucaban diciendo que si una serie gay no tiene brillo, glam, locas plumíferas graciosas y, sobre todo, machos musculosos que pelen el lomo, nadie la mira.
Es decir, los comentarios parecían reflejar la eterna discusión entre locas con pretensiones de intelectuales y locas con pretensiones de superfluas. Por supuesto, no hay nada que me dé más placer que meterme en esa discusión, para poder decirles a las intelectualocas que son unas pelotudas atómicas, pero no podía hacerlo sin ver la serie, así que me lancé nomás a Looking, cruzando los dedos para que fuera un verdadero bodrio pretencioso y de baja calidad. Y, afortunadamente para mí (y lamentablemente para el arte y el entretenimiento gay), no sólo cumplió mis expectativas sino que las superó, las reivindicó y hasta añadió inesperados argumentos para defenestrarla. 

A decir verdad, Looking empieza bien. De normal a bien. Tiene un primer episodio que no dice mucho ni promete mucho. Muestra a tres amigos gays que viven en San Francisco, la ciudad más gay friendly del mundo y de la historia, y –salvando las enoooooooooormes distancias- sólo con ese primer y engañoso capítulo, uno puede llegar a creer que la serie es una especie de Sex And The City gay, un poco más profundo, mil veces menos cínico y filmado de un modo mucho más lento y oscuro.
De las tres locas, el protagonista principal es Patrick, un gay blanco (en EEUU hay que aclararlo siempre) de 29 años, soltero, que se dedica a diseñar video juegos y, al parecer, está buscando (looking) el amor. Digo al parecer porque la verdad no me quedó claro qué busca, pero el personaje tampoco lo tiene claro, así que no importa.

Patrick vive con Agustín, un gay cubano, barbudo (eso lo aclaro yo porque me parece horrible su barba) de 31 que es la típica loca disqueartista/drogona/promiscua que vive del aire, mantenida por los amigos y el novio (al parecer) y que no se sabe si va a estar viva mañana o va a terminar tirada con sobredosis en alguna vereda meada, como efectivamente le pasa dos o tres veces. Más adelante nos enteramos de que fue a San Francisco a los 20 años para ser una especie de Andy Warhol o Keith Haring pero termina dándose cuenta que es un queso para el arte y vivió toda su veintena autoengañandose, por lo cual tiene una crisis existencial que lo llevará a romper con su pareja, a más sobredosis y a terminar reformando su vida con un oso con HIV que trabaja en un centro de ayuda para jóvenes LGBT que no tienen hogar o algo así (está tan mal tratado ese tema tan importante que prefiero olvidarlo).

El otro personaje importante es Dom, amigo de los dos anteriores pero sobre todo de Patrick (con quién cogió hace mucho y quedaron como amigos). Dom es una loca de 40 años que, como iba al gym desde chiquita, se pasó los últimos veinte años de su vida cogiendo a diestra y siniestra y , a pesar de que se mantiene en forma, está medio asustada porque se le viene la vejez y siente que no logró nada (además de que va a coger cada vez menos). 

Supuestamente, trabajó de mozo toda su vida y puede pagar el alquiler porque vive con su exnovia Doris, una rubia cuarentona no tan bien conservada como él que al principio parece ser la voz de la razón de la serie. Pero no, es sólo una rubia cuarentona con poco maquillaje que trabaja de enfermera y que, supongo, la metieron para representar a los/as heteros y quizás también para darle a Dom un pasado de hetero que explique su no amaneramiento (que le dura hasta que se chupa o hasta que tiene a alguien con quién sacar el cuero).

Es decir que, hablando en cristiano gay, la serie trata de una histérica, una artistaza y una musculoca.
Cuando empecé a verla, efectivamente me pareció algo aburrida pero tampoco imposible de ver y, por lo menos, tenía algunas situaciones típicas en la vida de un gay. La primera escena del primer capítulo comienza con la que quizás es la más típica (y la menos aceptada): muestra a Patrick metiéndose entre los yuyos seguido por un viejo barbudo que le quiere chupar la pija y/o coger. Mientras el viejo intenta desabrocharle el pantalón, Patrick dice: “Hola, me llamo Patrick”. El viejo lo besa para que se calle y sigue intentando desabrocharlo pero Patrick sigue con un super original “¿Y venís siempre por acá?”. Ahí el viejo le dice que se calle y empieza a pajearlo pero a la loca charlatana le suena el celular y se va, diciendo que tiene que atender.

Esta primer escena me hizo reir (creo que fue la única vez que me Looking me hizo reir). Pensé que Patrick sería una especie de loca inocentona e insoportable, de esas que van a un cojedero público con la intención de hacer amigos (todavía las hay), o que la serie quería tratar lo que pasaba en esos lugares o quizás simplemente era una situación graciosa para introducir al personaje. Pero a la escena siguiente vemos a los tres amigos charlando y nos enteramos que los protagonistas no son asiduos de ir a coger a los parques sino que habían ido esa vez sólo por diversión. Ahí tuve mi primer desencanto porque, evidentemente, la serie iba a tratar de locas que nunca van al parque (o, al menos, que no lo confiesan) pero tampoco era tan malo. Podía ser de locas que no cogen en el parque e igual atraparme. Además, en algún lado tienen que coger, así que seguí esperanzado.

Más adelante, vemos a Patrick acudir a una cita en un bar con un tipo con el que chatea. Resulta ser una de esas “horribles primeras citas” donde el tipo lo rechaza porque el muy idiota de Patrick no tiene mejor idea que contarle que el día anterior anduvo shirando en el parque. Lo interesante es cómo lo cuenta, le dice algo así como: “Ayer con mis amigos fuimos a shirar al parque porque queríamos ver si todavía la gente hace esas cosas”. Es super común que una loca te cuente sus sucias y pecaminosas aventuras de cruising como si fueran un hecho aislado y divertido. También es super común que una loca te rechace por una pavada enorme como contarle eso. Pero la verdad que, para ser una serie gay, se notaba mucho la posición tomada por el guionista de presentar al shiro en un parque como algo feo, raro, que ya nadie hace o que sólo hacen los locos. Sobre todo por el hecho de que nunca más en ningún capítulo tenemos otra escena que muestre o hable de eso.
Pero bueno, hasta ahí seguía pasando, porque no es necesario que la serie sea pro-crusing y porque todavía estamos en el primer capítulo. La loca con la que Patrick se cita es médico oncólogo (¡para colmo! no es lo mismo que te rechace un doctor que un operador de call center) y, algo que me pareció muy curioso, intercambian tarjetas para presentarse. Creí que eso pasaba sólo en los libros de Sherlock Holmes, pero bueno, parece que en EEUU siguen haciéndolo.

Tras esa “desastrosa” primer cita, la pobre Patrick se va con la cola entre las piernas en vez de rota y se toma un colectivo donde empieza a mirar un mapa o algo que lleva en las manos. Un chavón latino y barbudo (parece que la barba está o estaba de moda en San Francisco) le empieza a hablar y a preguntar si está perdido y, entre otras boludeces, le dice que tiene lindos ojos y le saca una tarjeta del bolsillo y lee el nombre del doctor pensando que es el de él y le dice “ah, sos médico”. Y la muy estúpida de Patrick le dice que sí.

Más adelante, cuenta que lo hizo porque quería sentirse mejor, pero realmente no entiendo porqué algo así haría sentir mejor a alguien. Si el hecho de que un pelotudo al que no conocés te crea médico sirve para repararte la autoestima, loca, no estamos viendo una serie gay sino una serie sobre psicópatas estúpidos que tienen reacciones de psicópatas estúpidos. Para colmo, cuando se está por bajar el mexicanito le grita si puede llamarlo por teléfono y la muy tonta se baja riéndose. Que alguien vea esa escena y me la explique, por favor, quizás me perdí algo. Hacer eso a los 15 o a los 18 te lo entiendo. A los 29, no tiene explicación, salvo que seas paciente de un psiquiátrico.
Hacia el final tenemos otra situación gay, aunque más de este milenio: una despedida de soltero del ex de Patrick que, a pesar de estar en este milenio, la celebra junto a su novio (despotricaría más contra esta situación si no fuera porque hace poco fui a una despedida de soltero gay compartida ¡Qué locura los celos, mamita!).
En medio de la fiesta, Dom, la musculoca cuarentona le cuenta a Patrick que esa misma tarde intentó levantarse a un compañero de laburo y no le dio bola, así que se quiere ir a buscar algún “putito rubio” para reafirmar su autoestima. ¡Aleluya, loca! Ahora sí te creo que estamos viendo una serie que muestra la realidad gay y con un personaje gay con el que me puedo identificar (a mí mismo y a varios). Pero la escena con el putito rubio queda para la próxima semanita, como diría Beatriz Salomón, porque el primer capítulo termina ahí, con una larga escena de Patrick saliendo a buscar al mexicano del bus y, como por arte de magia, lo encuentra en la entrada de un boliche gay para latinos mientras suena una canción pedorra que ni siquiera es de Depeche Mode.

Resumiendo, que el primer capítulo me dejó con la idea de que Dom era una especie de Samantha Jones versión gay, que Agustín iba a ser el personaje más almodovariano y que Patrick iba a ser la loca histérica a la que iban a pasarle todas las cosas que le pasan a un gay sin afectarlo o, al contrario, transformándolo completamente.
Es decir, que la única razón más o menos interesante para seguir viendo a Looking, para mí, era Dom. Y hasta ahí nomás. Pero lo peor de todo es que, en los siguientes capítulos, a Dom le pasa lo que jamás creí que podría pasarle a una cuarentona: ¡se enamora de una loca cincuentona! ¿Dónde se ha visto? Que dos viejos cojan en un sauna o después de chatear o de un boliche o en el mismo parque, vaya y pase. Pero ¿amor a la tercera edad gay? Acá el guionista se quiso hacer el interesante porque, efectivamente, es un tema que raramente se trata. Lo normal hubiera sido que Dom se cogiera a un pendejo por capítulo (con algún que otro viejo por ahí, porqué no) y que cada uno hubiera representado algún estereotipo de gay. Pero acá lo vemos a Dom enamorándose de una loca cincuentona que decide ayudarlo a poner su propio restaurant y convertirse en su mentor. ¡Queriiiida! Si ya te estabas sintiendo fracasada por llegar a los 40 y todavía ser un simple mozo de un resto de cuarta, peor deberías sentirte si a los 40 años estás necesitando alguien que te enseñe cómo moverte en la vida.

Igual es un subplot que dura un par de capítulos y que no hace más que mostrar esa situación, porque no la explora ni superficialmente. De hecho, a los pocos capítulos se convierte en un pasado que nadie sabe por qué ocurrió. Yo hubiera preferido, lo confieso, que Dom fuera Samantha, pero cuando ví que la loca ciencuentona aparecía de nuevo, me dije que tenía que abrir mi cabeza para ver algo jamás visto…¡y después tampoco me dan eso!
Igual para esa altura ya nos damos cuenta que Dom y Agustín no pinchan ni cortan en la serie, están para hacer bulto, porque la trama central es la de Patrick con el mexicanito y con su nuevo jefe, que es una loca semitapada con la que mantiene una aventura en secreto.

Kevin, el jefe de Patrick, es el tipo de loca que yo personalmente detesto (aunque a las locas como Patrick creo que las detesto aún más). Es la loca a medio camino de asumirse, que se hace la hetero y que hasta logra que algunos ilusos le crean exagerando al 1000% sus gestos y formas masculinas. En ésto, le pegaron justo con el actor, Russel Tovey, una loca que declaró alguna vez que quería ser un modelo de gay masculino para los chicos gays de ahora porque cuando él era joven todos los modelos de gays eran femeninos. Patética, pero bueno, no es la única loca que cree que a la homofobia se la combate convenciendo a todas las demás locas de que se comporten como machos en vez de soltar plumas porque los que están mal son los afeminados que viven su vida como les sale y no los homofóbicos que los discriminan, golpean, torturan y matan por no ajustarse a los patrones de comportamiento heteropatriarcales. Pero bueno, locas como Russel Tovey son incapaces de terminar de leer la frase anterior sin dormirse. Y aunque la terminaran, jamás la entenderían porque seguro también creen que si una mujer violada llevaba minifalda, estaba pidiendo que la violen y el o los violadores no tenían por qué contenerse y evitar cometer un delito –por no decir, un acto inhumano y cruel- contra una puta.

¿Qué tiene que ver esto último con Looking? se preguntará algún apolítico. Bueno, mucho. Looking es una serie pro asimilacionismo gay, por decirlo de alguna manera. Es decir, promueve la forma de vida de los gays que se adaptan al sistema heteropatriarcal que, en algunos lugares del mundo, como por ejemplo San Francisco, les hace un hueco para que se metan, a condición de no atentar contra el orden de ese sistema. Si sos masculino (o medianamente masculino, porque siempre es una cuestión de grados), trabajador y deseás para tu vida más o menos las mismas cosas que un hetero, que ahora hasta incluso pueden ser casarse y tener hijos (¡Dior nos libre!), entonces podés pertenecer. Obvio que a pesar de todas las leyes que te protejan, vas a ser un ciudadano de segunda porque, por muy asimilado que estés, seguís siendo puto y la gente lo sabe y, sobre todo, vos lo sabés. Y sos vos el que en el fondo realmente cree que merecés ser de segunda por ser puto, así que está todo bien. Un gay asimilacionista es homofóbico por el simple hecho de que desea pertenecer a un sistema homofóbico.
Ahora, si sos demasiado afeminado, o sos travesti o trans o queer y además de eso no sos trabajador y/o no deseás para tu vida más o menos lo mismo que desea un hetero, bueno, no hay lugar para vos, ni siquiera en San Francisco. Tenés que, sí o sí, ser un gay “separacionista”, que reivindique el modo de vida queer y/o modos de vida que, supuestamente, están fuera del orden heteropatriarcal. Acá, por supuesto, se abriría la enorme discusión de qué sería un modo de vida queer y, sobre todo, si realmente es un modo de vida ajeno al sistema o está incluido a pesar de su aparente exclusión como un lugar de marginales al que seguir persiguiendo y desgranando hasta que se desate una guerra de exterminio total o, más probablemente, hasta que la frontera de exclusión se corra un poco más allá y esos excluídos queden dentro, alimentando al sistema.

Pero eso es otro tema. Y, sobre todo, es otro tema para Looking, que lo esquiva alevosamente. Tan alevosamente que hasta inventan un personaje queer en la segunda temporada para poner en su boca todo lo que los críticos, conscientes de lo anterior, le criticaron a la primera temporada. Pero mirá si serán sucias las locas creadoras de Looking que en vez de plantear la cuestión lo más objetivamente posible directamente hacen que este personaje sea desagradable y antipático por sí mismo y lo ponen de antagonista de Patrick. Es decir, o pensás como ellos o sos como esa loca despreciable. Y bueno, al menos son sinceros en su postura. Pero no deja de ser un truco barato.
Igual, con Looking me dí cuenta de una cosa. Si te convertís en una loca “asimilacionista”, si realmente vas a intentar tener una vida lo más heteronormativa posible ¿Qué sentido tiene que hagan una serie sobre vos? ¿Qué tenés de interesante para aportarle a HBO, a la tele en general, al mundo o, aunque sea, al arte cinematográfico? Es decir, quizás podría hacerse un reality de una o dos horas sobre “locas que tratan de vivir como heteros”. Pero ¿una serie entera? Obvio que va a ser aburrida porque no tenés nada que no nos digan los heteros con las mil ochocientas millones de trillones de series heteros que existen.

Porque el aburrimiento de Looking no viene tanto de un guión o dirección flojos o de que use actores que no sean adonises de abdominales marcadas, viene justamente de su falta de compromiso, no sólo ni tanto con la "política" gay sino con la vida misma, con las relaciones, con los lugares, con las personas, con la humanidad, etc. Los personajes son aburridos no porque lo sean por sí mismos sino porque el guión nunca los saca de sus propias burbujas donde viven pensando en sus vidas, sus familias, lo que piensan los demás de ellos, etc. ni los lleva a escenarios o lugares donde deban enfrentarse realidades complejas o problemáticas. Y si lo hace (como en el caso de la muerte del padre de Doris o la necesidad de tener una pareja monógama de Patrick o el trío que arma Agustín pagándole a un taxi boy) simplemente pasan por ahí como pasaría cualquiera y no reciben ni dan nada. La realidad no los altera ni ellos la alteran, solo les pasa por al lado y ellos siguen en su burbuja de egocentrismo, de autopercepción y de apatía total hacia los demás y hacia al mundo. Una apatía que sólo es posible mantener cuando vivís demasiado enfocado en vos mismo y en tu cuerpo y tus propios sentimientos.
Eso hace que los personajes sean irreales, porque nadie aguanta tanto tiempo viviendo en una burbuja así, ni aunque viva drogándose como hacen ellos (¡qué manera de necesitar drogas para todo que tienen los yanquis!). Y, además, los hace huecos, superfluos, estúpidos, vanos. Es decir, todas las características que supuestamente tienen las locas adonis de abdominales marcadas ¡Y ni siquiera son adonis de abdominales marcadas! Son sólo 3 locas comunes y corrientes con su amiga hetero que es igual de vacía que ellas.

El personaje de Doris, la ex novia y ahora amiga de Dom, realmente revela la esencia de Looking, porque la actriz se la pasa poniendo unas caras antes de hablar que te hacen decir "acá va a decir algo importante sobre la vida, las relaciones, el sexo o los gays” pero termina diciendo oráculos profundos y reveladores del tipo “No sé, es tu vida, hacé lo que quieras”.  Es como si la serie tuviera un momento en que nos crea la expectativa de que vamos a escuchar  algo trascendente, o al menos, una ironía cínica como las de Miranda o un chiste sexual como los de Samantha en Sex And The City, pero de golpe se transforma en el dibujo animado de Los Picapiedras cuando el dinosaurio de turno dice algo estúpido pero no muy inesperado para que los niños se rían o sonrían.

Lo mismo pasa con Dom, que es una loca “vieja” y por lo tanto, se supone que tiene algo interesante o gracioso para decir. Y lo mismo pasa con todos los personajes porque son gays en una serie gay hecha por gays, por lo tanto uno espera mínimamente un chiste o alguna reflexión medianamente interesante sobre los gays. O, aunque sea, sobre algo. Pero no hay nada.
Si alguien me preguntara “¿De qué se trata Looking?” y yo contestara “De tres gays que viven en San Francisco” estaría diciendo la total y completa verdad. Porque más que eso, no hay. Si alguien me preguntara de qué trata Sex And The City, podría decir “son 4 amigas que viven en New York” pero sentiría que me quedo corto. Y ojo, no estoy defendiendo a Sex And The City. Justamente me parece una seria bastante banal, pero al lado del guión de Looking las columnas de Carrie Bradshaw parecen tratados de Sócrates.
La palabra “looking” en inglés puede significar muchas cosas según qué palabra la acompañe (no es lo mismo looking at, que looking for, que looking good, etc) pero, en general (y para esta serie también) su significado se interpreta como “buscando”. Realmente, el nombre está muy bien puesto, porque hay una búsqueda permanente de sentido tanto en el guión como en la vida de los personajes que no acaba nunca porque, a mi entender, el guionista y el director no tienen nada interesante para decir.
Y de hecho, frente a las críticas, ellos y sus defensores contestaron éso mismo: que sólo les interesa mostrar la vida “normal” y real que llevan los gays. En realidad, la peor crítica que recibieron es que la serie es aburrida. Y, efectivamente, lo es, como toda cosa que intente mostrar la realidad.
No es un reality sobre la vida gay en San Francisco, es una serie con personajes y situaciones inventadas pero que podrían verse en un reality. De hecho, el cuarto o quinto capítulo es un seguimiento de Patrick y Richie (la loca mexicana barbuda que hace de chico bueno) en su primera cita, charlando sobre sus vidas mientras se toman un autobús, caminan por un parque y se sientan a mirar el mar. Sí, toooooodo un capítulo es sólo el diálogo entre dos personajes. Este atentado contra la capacidad de atención de los espectadores se explica porque el director de Looking hizo una película llamada Weekend que se trata de dos gays que recién se conocen y pasan todo un fin de semana juntos y, al parecer, llegan incluso hasta a enamorarse en sólo dos días. No la ví a la película pero tiene excelentes críticas, por lo tanto el director parece que quiso repetir el experimento o hacer un guiño para que todos los que comenten Looking se vean obligados, como yo ahora, de hacer referencia a Weekend, el gran logro de su carrera. Otro truco barato, si los hay.

En definitiva, la serie no sólo no me gustó y me pareció aburrida sino que me pareció desagradable en las formas sutiles y no tan sutiles que tiene de querer vender un solo modo de vida y comportamiento gay como el deseable. Y no es que yo crea que esté mal ser asimilacionista ni condeno a la loca que quiera serlo en la vida real, pero sí espero que una serie gay sea un poco más rica y seria en cuanto a los enfoques sobre esos temas y que, sobre todo, no me intente vender nada. El sólo hecho de directamente no incluir personajes queers o que se salgan un poco de la raya de la normalidad admitida para un gay actual en San Francisco ya es tomar una postura bastante fuerte con respecto al tema. Es una “no inclusión” hasta en la ficción.
Hay, además, otro aspecto importantísimo en que la serie demuestra su afán de asimilacionismo y es en su mojigatería. Hay algunas escenas de desnudos (culos, exclusivamente) y algunas escenas de sexo pero son rapidísimas y sólo tienen sentido porque el guión dice “y entonces, cogen”, pero no porque tengan algún interés sensual de por sí. Tengo en la cabeza escenas de Queer As Folk, de The L Word, incluso de Sex And The City o de Game Of Thrones mil veces más excitantes y provocativas que toda Looking entera y algunas son de hace 10 años o más. Realmente, muy mal filmada la parte “porno” y no es que yo esperara excitarme viendo la serie (cosa de todas formas imposible porque ninguno de los actores me parece lindo y algunos hasta me resultan desagradables) pero parece que tuvieran vergüenza de mostrar sexo gay en la pantalla de HBO y eso queda realmente estúpido.

Y como broche de oro, hay que pensar que algunos críticos heterosexuales (bueno, dos por lo menos) calificaron a la serie como un “no es muy entretenida pero se justifica por su misión social”. Claro, un hetero desinformado (y, para el caso, una loca desinformada también) puede creer que Looking cumple algún tipo de misión en la sociedad por ser una serie gay. Es lo mismo que me pasa a mí con los partidos de fútbol del mundial.  Me ha pasado, después de una derrota argentina, pensar “si corrieran más hubiéramos ganado” sólo para escuchar a mi hermano o algún amigo hetero de turno decir “si corrieran menos hubiéramos ganado”. Y, por supuesto, yo acepto sus expertas opiniones heteros y descarto las mías no tanto porque no sepa nada de fútbol sino porque el fútbol no me interesa un sorete.
El mismo desinterés demuestran estos críticos heteros que, en su afán de hacerse los progres, ven una serie gay y ya por el simple hecho de ser gay le ponen un punto. Algún tipo de misión social estará cumpliendo sólo por ser gay, pensarán.
Lo más cómico es que, si Looking tiene algún tipo de misión, es justamente la contraria a la que un progre desearía de una serie gay.


miércoles, 3 de agosto de 2016

¿Porqué no lo besó?


Hacía tiempo que no tenía “citas”, que no conocía gente nueva, que no se encontraba con nadie. Hacía tiempo que se sentía poca cosa, con pocas ganas de salir. Hacía tiempo que se refugiaba en los amigos y conocidos de siempre y en viejos amantes que lo conocían y extrañaban de mejores épocas. 

Hacía tiempo que estaba abatido. Abatido es la palabra que mejor lo describía aquella tarde.

Y aún así, haciendo caso al inconsciente arrojo de su espíritu –que, afortunadamente, siempre lo había caracterizado, incluso en sus peores épocas- se encontró aquella tarde con aquel chico que tanto le insistía y pedía un encuentro.

Y pasó lo que tenía que pasar, cuando no se espera nada de algo. Quedó encantado. Quedó contento. Quedó sonriente. Quedó agradecido.

Mientras escuchaba las palabras de su nuevo amigo en medio de la música, la cerveza y los árboles, sentía renacer esa agradable sensación perdida y olvidada de encontrarse a sí mismo en el otro. Esa satisfacción de saber que se piensan las mismas cosas, que preocupan las mismas cosas, incluso a pesar de todas las grandes y pequeñas diferencias.

Y así volvió a su casa, contento y sorprendido. Sobre todo sorprendido. No sólo por la sorpresa que supone siempre encontrar a una persona especial en medio del ominoso y abúlico océano de mediocridad humana en que nos sumergimos cada día sino, sobre todo, por no habérselo llevado a su cama.

¿Qué costaba? Sólo hubiera hecho falta un beso, en cualquier momento de la noche. Pero no salió ningún beso de sus labios y nunca comprendió porqué.

Igual había resultado ser una linda noche...pero incompleta, quizás. Y no pudo evitar preguntarse si sentía que el encuentro había quedado incompleto porque realmente había existido onda para una cama que fue desaprovechada o porque, peor, ya no concebía un encuentro con otro hombre que no terminara en sexo (o, al menos, en un rechazo al mismo).

Y al otro día, con bronca, pensaba en lo que había ocurrido. Con bronca pensaba en sí mismo “¿Porqué no lo besé?”, se preguntaba a cada rato. Y no había respuesta. Había sido poco hombre, quizás. Había faltado actitud. Había faltado arrojo. Y había sobrado lasitud. Demasiado arropado en las palabras cálidas que escuchó, demasiado divertido por los sarcásticos comentarios sobre las vivencias comunes. Es cierto que hacía tiempo que no disfrutaba una buena charla y una buena química puramente espiritual. Pero su orgullo estaba herido. Se sentía un niño miedoso por no haber besado cuando había que besar y lo último que necesitaba durante esos días de abatimiento era sentirse menos hombre. Así que ahí estaba, de nuevo frente a la computadora, con más enojo que insatisfacción, chateando sin ganas y charlando con desconocidos.

No hacía falta que se lo dijera a sí mismo, necesitaba desquitarse. Tenía el celular a un lado, como desafiándolo a que llamara a aquel chico del día de ayer para encontrarse de nuevo y, esta vez sí, llegar a donde las costumbres que imperan los encuentros gays dicen que hay que llegar.

Pero no, su enojo era tal que se sentía necesitado de ser llamado él. Y como el teléfono seguía mudo, buscó el desquite por otro lado.

Y esa nueva noche estaba sentado en un nuevo bar, con otro chico, de nuevo con música y árboles y cerveza rodeándolos, pero esta vez hecho todo un conquistador. Arrojo y mesura, sencillez y madurez, atención pequeña pero auténtica y un leve toque de romanticismo fueron más que suficientes para tener al nuevo chico enredado en sus sábanas un par de horas después.

Y siete días después, no sabía cómo hacer para sacárselo de encima. ¿Cómo cortar una relación que él mismo había comenzado? ¿Cómo explicar que todo ese encanto provenía de una necesidad de probarse a sí mismo y no de un sentimiento genuino de amor, afecto o, aunque sea, interés por el otro?

Bueno, era muy fácil. Simplemente, no explicando nada y borrándose. No era nada digno, pero no veía otra salida. Y dejó de atender llamados y de contestar mensajes. Y se sintió peor todavía, por no atreverse a explicar lo que le pasaba. Y de nuevo se sintió como un niño tonto, por no dar la cara y decir lo que le pasaba. De nuevo se sintió menos hombre.

Y ahora no sabe qué hacer ¿Dónde ir, dónde escapar para probar su hombría que ya está desacreditada ante su siempre alerta consciencia? ¿Con quién refugiarse si ya está agotado el recurso de sacar un clavo con otro clavo? ¿Llamar a un amigo/a a quien ya le conoce las posibles palabras de reto y/o consuelo de memoria? ¿Llenar el organismo de alguna sustancia pseudo venenosa para  dormir la vocecita interior que no se calla nunca?

Y entonces se acuerda de que tiene un blog y de curioso lo revisa, rememora, se ríe, se sorprende al ver que tiene visitas hasta de tierras homófobas, como Rusia y la India y decide que la mejor descarga es, como siempre, escribir.

martes, 3 de septiembre de 2013

Gay Lantern




En un revolucionario intento de luchar por la diversidad y combatir la homofobia la DC comics, la empresa que “inventó” a los superhéroes allá por la infame década del 30, anunció en 2012 que uno de sus superhéroes más importantes saldría del closet y asumiría su homosexualidad públicamente, delante del correctísimo Superman, el caracúlico Batman, el burlón Guasón e incluso de los mismísimos fans de los comic books, que, por alguna razón hasta ahora sociológicamente inexplicable, son -en una gran mayoría- varones heterosexuales (al menos, de palabra).

Los cínicos de siempre se apresuraron a señalar que sólo éso les faltaba inventar a los directivos de DC comics para llamar la atención de los medios sin necesidad de aumentar los gastos por publicidad, mientras algunas locas luchadoras pertenecientes –o no- a los movimientos LGTTB, expresaron su conformidad (¿conformismo?) con la idea de que haya un personaje gay leído (y quizás imitado) por niños y adolescentes de EEUU y algunos países de su esfera económica.

Saliendo de la aburridamente repetitiva discusión ética de motivos y razones, lo cierto es que para algunos fans de los comics la noticia generó cierta preocupación.

Claro que cabría preguntarse, como sabiamente hizo Homero Simpson una vez, si a alguien debería importarle lo que piensan los fans. Más aún cuando son una manada de gordos barbudos con ojotas que se la pasan en internet con una mano en el mouse y la otra en la pija, la coca y/o la porción de pizza.

Pero importen o no las opiniones de los lectores de comics, la noticia generó cierto revuelo que un año después todavía no termina en algunos threads de comentarios que nadie lee. Incluso cuando ya las ventas del personaje en cuestión siguen igual que siempre, el debate sobre si un personaje de comic puede y/o debe ser gay, continúa.

Preocuparse por la orientación sexual de un personaje que no existe puede parecer incluso más estúpido que preocuparse por la orientación sexual de un personaje que sí existe. Es decir, quizás valdría más preguntarse si Tom Cruise o John Travolta se la comen o no en vez de preguntarse si Batman y Robin hacen tríos con Alfred o si la Mujer Maravilla realmente vivió toda su adolescencia en una isla tropical poblada sólo por mujeres con armadura sin hacer una tijereta ni en sus clases de lucha amazónica en el lodo. Igual, por supuesto, también hay gente que se encarga de preguntarse sobre la sexualidad de las personas reales.

Incluso hay gente que vive de ello, qué le vamos a hacer.

Pero cuando uno piensa que muchos niños crecen jugando a que son Superman o Batman, la cosa cambia un poco y entonces algunos empiezan a pensar si realmente esos tipos musculosos con capa son buenos modelos a seguir cuando empiezan a representar o encarnar ideas no tradicionales.

Porque claro, mucho no importa que un superhéroe de comic sea violento, machista, agresivo, incluso asesino, pero que sea puto es otra cosa, porque, con la misma lógica de Vladimir Putin, muchos creen que está bien que los niños puedan ver violencia pero no que vean homosexualidad.

Y ojo, que lo que menos quiero es que los superhéroes dejen de ser violentos, machistas o lo que sea. Sólo me río (o me entristezco) con la hipocresía miope de siempre que tienen los homofóbicos, que encima a veces parecen hasta convencidos de que prohibiendo algo van a lograr que desaparezca. Porque una cosa es usar ese argumento de pretexto para matar o perseguir gays, como hacen en Rusia, Irán y cia. algunos oportunistas con pretensiones de neonazis, pero otra cosa es realmente creer que tamaña huevada sea cierta, como parece ser que creen algunos conservadores.

Y pensar que, aunque tantos fans del comic actual se llenan la boca con eso de proteger las tradiciones y la moralidad, a los mismos comics de superhéroes les tocó su caza de brujas en su momento (pero, por supuesto, ninguno de ésos giles aprendió nada ni así). En la década del 50 el senado yankee armó flor de kilombo contra las historietas gracias sobre todo a las hoy increíbles -y hasta jocosas- investigaciones del doctor Wertham y, para calmar las consciencias, fundó un organismo de censura que convirtió a las historietas en soporíferas aventuras sin la menor alusión a sexo, drogas, violencia, sangre, etc., justo cuando la televisión comenzaba a instalarse en los hogares restando horas al tiempo tradicional de lectura de niños y adultos.

Por supuesto, la censura no duró mucho y pronto los superhéroes comenzaron a luchar con narcotraficantes y proxenetas además de los siempre simpáticos extraterrestres y científicos locos, hasta llegar al punto de convertirse ellos mismos en violentos vigilantes de tétricas ciudades que harían parecer a la insegura Buenos Aires de la que tanto se quejan los caceroleros una feliz aldea pitufa.

Y así, un poco rezagados pero sin poder evitar seguir el signo de los tiempos- los comics llegaron al punto en que un superhéroe puede ser gay.

Tampoco es que sea la primera vez que hay un personaje gay en los comics. Del lado de los “malos” estuvieron siempre. Del lado de los buenos, sin declararse, hubieron también algunos. Y ya en la década de los 80 comenzó el tema a tratarse desde diversos ángulos, con un poco más de objetividad o, al menos, a visualizarse: la primera vez que Batman salió a combatir el crimen fue derechito -como haría cualquiera que se planteara ser Batman- a la zona roja de ciudad Gótica donde terminó agarrándose a piñas con un par de travestis en lo que, sin saberlo, también fue su primer encuentro con Catwoman (rarísimo que un travesti fuera siquiera DIBUJADO en un comic, aunque fuera del lado de los “malos”). 


Poquito después, con un enfoque un poco más comprometido (bastante pobre para los cánones de ahora pero revolucionario en su época) Flecha Verde persiguió a una banda de “mataputos” en Seattle (primera vez, que yo sepa, que un superhéroe defendió a los gays).


Pero ésos son ejemplos prehistóricos, obra de artistas de vanguardia como lo eran Frank Miller y Mike Grell en ése entonces. En los 90 y, por supuesto, en el nuevo milenio, se visualizó el tema mucho más. De hecho, la Marvel comics se adelantó con la salida del closet de varios de sus personajes aunque, que yo sepa, de mucho no le sirvió.

Entonces ¿porqué luego, en 2012, después de tanta agua bajo el puente, saltaron tantos guardianes de la moral y las buenas costumbres a espantarse por el anuncio de DC?

Porque ahora, al parecer, la cosa era distinta. Porque se trataba de volver gay a un personaje “mainstream”.

Es decir, a un personaje de los más importantes, de los clásicos, ésos que se publican mes a mes, desde un poco antes de la Segunda Guerra Mundial y que siguen encantando a nuevas generaciones.

O sea, a casi nadie le importa si BatWoman (una equis total) es torta o NorthStar (otro equis, y no solo por ser de los X Men) se casa con su novio.

Pero que alguno de la Liga de la Justicia, de ésos que se sientan en la mesa redonda que flota en un satélite vigía para luchar por la justicia, la verdad y el modo de vida americano, salga del closet, es una noticia un poco más bomba.

¿Y a quién le tocó? Tengo que confesar que mis apuestas estaban con Aquaman...o sea, un rubiecito que se hace el macho sobrador con barba, un garfio en vez de mano y duerme con los peces en vez de aprovechar la onda que tiene con Wonder Woman da para pensar cualquier cosa. 

Pero debería haberlo pensado un poco mejor. El más indicado era Green Lantern, por supuesto.
 Y no, no porque sea fácil cambiar Green por Gay, o porque tiene un “anillo de poder” (lo cual hubiera sido más que suficiente) sino porque era el personaje idóneo desde todo punto de vista.

Para empezar, no hay un solo Green Lantern, hay cientos. Miles. En todo el universo.
 Resumiendo la historia (pedorrísima), los Linterna Verde son una especie de policía intergaláctica que combaten el mal en todo el universo. Hay Linternas Verdes en todos los tiempos y lugares, de todas las razas, sexos, credos y edades. A cada uno le es asignado un sector del universo para actuar como defensor del bien. Y la tierra, por supuesto, es uno de los lugares donde hay Linternas Verdes. 


Ya con esa premisa era fácil pensar que, en medio de tantos locos diversos sueltos en el universo entero con anillos de poder, alguna vez tenía que tocarle a alguna loca defender a su planeta o sector de la galaxia o lo que sea.

De hecho, en nuestro planeta, hubieron varios Linternas Verde… ¡Incluso uno fue negro! Por ende, resultaba fácil hacer gay a Green Lantern, ya que, si el personaje no funciona se lo cambia por otro, como han hecho siempre.

El primer Linterna Verde de la historia se llamó Alan Scott y peleó en la Segunda Guerra Mundial con capa con cuellito, antifaz y pantalones ajustadísimos (¡cómo no se dieron cuenta entonces!). 


El segundo se llamó Hal Jordan y es el que más conocemos visualmente los que fuimos niños en la década del 80 ya que fue el utilizado en dibujos animados y figuritas. 

(Sorry, Hal, imposible no poner ese encuentro con Batman en un blog gay)

Después, entrados los 80, vinieron John Stewart, el primer Linterna Verde negro (con su esposa que también era negra y tenía su propio anillo), Guy Gardner, un ex paciente mental con doble personalidad (a veces es Rambo, a veces es Ned Flanders) Kilowog y Arysia (unos extraterrestres horrendos que nunca supe porqué se vinieron a la tierra) y, ya en los 90, Kyle Rayner, artista gráfico y dibujante de historietas –nada menos- con mucha más imaginación que los otros para usar el anillito, supuestamente.

Fue durante las andanzas de Kyle Rayner como Green Lantern, en la segunda mitad de los 90, que se introdujo el personaje de Terry Berg, un pendejito rubio, lampiño de cola redonda (un pasivo Belami, digamos) que se enamora de Kyle y trabaja como su asistente personal. Aunque lamentablemente nunca pude leerlo de primera mano, los guionistas crearon una interesante relación entre ellos: la del típico gay inexperto y jovencito enamorado de un “artista” hetero que medio lo ningunea, medio le presume, medio lo usa.

Los guionistas explotaron este subplot al máximo en un episodio que hasta fue galardonado con premios GLBTT donde Terry era golpeado casi hasta morir por un par de matones homofóbicos y Kyle no llega a tiempo para ayudarlo. 

En ese momento, justo igual que ahora, estaban re de moda los llamados “crímenes de odio” (mejor dicho, estaba de moda hablar de ellos), así que quedaba justo (qué bien nos vendría un Green Lantern en Rusia ahora).

Pero bueno, aunque Kyle Rayner, artista-sensible-neoyorquino-con amigo gay y barbita sexy hubiera parecido el Linterna más indicado para decir “me la como y qué”, de todos los Green Lanterns la DC escogió al primero, al original, a Alan Scott, para que cambiara el verde por el arco iris (y me alegro, porque lo de Kyle hubiera sido muy Will & Grace).

La cuestión es que el tal Alan Scott tiene una historia larguísima (unos 70 años, nada menos) desde su primera aparición durante la segunda guerra mundial. Pero, ahora, en el siglo XXI, la DC decidió relanzar por enésima vez la historia del personaje desde cero. Ya saben, los personajes de comics nacen, mueren, se reencarnan, se exilian a otra dimensión y vuelven al futuro o al pasado o al presente con otra edad, otro traje y –quizás alguna vez- otro sexo. Aparecen versiones del mismo personaje que viven en tierras paralelas (de hecho, Hal Jordan era al principio una especie de versión más moderna de Alan Scott pero que vivía en otra tierra).

Y éste es, entonces, un nuevo origen para Green Lantern, que ahora es de nuevo Alan Scott, sólo que gay.

Pero algo que pocos saben (incluídos muchos de los actuales fans de comics) es que antes, a principios de los 60, Alan Scott se casó en secreto con Rose/Thorne (Rosa/Espina), una extraña mujer con dos personalidades (una mala y una buena) que terminó abandonándolo en su luna de miel por miedo a que su personalidad mala (La Espina, claro) lo matara.  .

Por supuesto, como en toda buena novela, después de abandonar a su hombre, Rosa/Espina se enteró que estaba embarazada de él y tuvo dos gemelos, un nene y una nena, que en el futuro serían los gemelos Jade y Obsidian.

 Pero de nuevo Rosa/Espina (no me digan que no queda como telenovela mexicana) decide abandonarlos por miedo a matarlos y los da en adopción a dos parejas diferentes, por lo que los gemelos crecen separados. Jade (Jenny Lynn Hayden) crece en un hogar clase media prototípico y se convierte en una jovencita ochentosa piola y charlatana de piel verde que sueña con ser actriz y q posee los mismos poderes de su padre (aunque sin el anillo) mientras que Obsidian (Todd Rice) crece con un padre alcohólico con el que se lleva para el culo (el abuso –no sexual- queda sólo sugerido) y llega a ser un pibe taciturno y melancólico con el poder de convertirse en sombra y –más interesante- de obligar a las personas a enfrentarse con la oscuridad de su propia alma.
Es decir, que si Obsidian te toca con su sombra te ves forzado a verte tal cual sos y enfrentarte con todo aquello que no te gusta de vos mismo y que negás, aquello que llevás siempre oculto “en las sombras” de tu alma. Buuu.

No es que éste sea un concepto muy original. De hecho, hoy en día está gastadísimo. Pero lo interesante es que Obsidian/Todd Rice, mucho tiempo después de aparecer mensualmente en la revista Infinity Inc a mediados de los 80., de tener algunas esporádicas apariciones en diversos títulos, de probar un tiempo como supervillano y de ser, en los 90, un miembro de la Liga de la Justicia, terminó entrando al nuevo milenio encarando su propia oscuridad y salió del closet, poniéndose de novio y todo con un tal Damon Matthews en la revista Manhunter (sí, significa lo mismo pero no tiene nada que ver con la página de Manhunt). Digamos que tardó más o menos 20 años en asumirse, aunque sólo parezca haber envejecido 20 meses (¡ojalá fuera así la vida real!)

Así que, por si parecía poco que Linterna Verde sea gay, hay que decir que el hijo del Linterna Verde gay era gay antes que su padre fuera gay. Es un poco difícil de entender porque la “continuidad” de los comics es más complicada que la de Dinastía y Los Simpsons juntos.

Digamos que, en una primera continuidad, cuando Alan Scott era el Linterna Verde original (no gay), tuvo un hijo gay (Obsidian, llamado Todd Rice por su padre adoptivo). Ahora, en la nueva continuidad, Alan Scott es Linterna Verde y es la nueva estrella gay del universo DC mientras que Obsidian, al parecer, sigue saliendo con Damon (el chico que conoció en Manhunter, qué mal suena) aunque todavía no sé si van a cambiarles la relación o qué han hecho porque hace tiempo que no leo nada.

De todas formas, lo interesante de todo ésto es que, sin quererlo y sin saberlo, la DC comics publicó durante años -concretamente desde 1983 hasta 2004- la historia de un gay tapado no asumido con tantas coincidencias con las locas tapadas de la realidad que hasta asusta.

Marc Andreiko, el escritor de Manhunter, dijo que se le ocurrió hacer gay a Obsidian porque leyendo sus aventuras pasadas notó que “nunca le había ido bien con ninguna chica”. Pero podría haber ido más lejos y notar que Todd no sólo “arruinaba” sus “citas” con mujeres sino que se conducía por la vida como un típico gay tapado y resentido cuya principal misión en la vida parecía ser amargarle la existencia a los demás. De hecho, ése era su superpoder. El tipo podía con total tranquilidad e impunidad mostrarles a los otros lo que se negaban a aceptar de sí mismos mientras él andaba por la vida negando su propia sexualidad.

Cuando Todd era miembro del grupo Infinity Inc (una juntanga de hijos y protegidos de los superhéroes originales de la Segunda Guerra Mundial), el guionista Roy Thomas (su creador) lo convirtió en el “chico malo” del grupo. En Infinity estaba Hector Hall (Silver Scarab) hijo del Hombre y la Mujer Halcón originales, un rubio fachero de ojos celestes, con las 6 abdominales marcaditas, estudiante de medicina, forrado en guita, con algunos discursos de yankee republicano y que, por supuesto, chocaba con Todd continuamente. Hector y Todd tenían una relación más o menos copiada de la de Cyclops y Wolverine en los X Men, aunque sin la competencia por la misma mina, ya que aunque  Hector estaba de novio nada menos que con la despampanante Lyta Trevor (Fury) hija de la Mujer Maravilla original (¡nada menos!) Todd no sentía ninguna atracción por ella. Sólo odiaba a Hector porque era un rubio con guita. 

Pero, haciendo una lectura un poquito más sutil aún de aquellos inolvidables comics excelentemente guionizados por Thomas en su mejor momento y con los dibujos del por aquel entonces novato pero originalísimo Todd McFarlane (el creador de Spawn ¡nada menos, again!) podríamos hasta decir que Todd (Todd Rice, no McFarlane) estaba caliente con Héctor. Y cuando digo caliente me refiero a que se moría por chupársela a Héctor pero como no se atrevía a admitirlo reaccionaba asquerosamente contra él buscándole roña, contradiciéndolo, rebajándolo, sacádole el cuero, dándole piñas de vez en cuando y también, por supuesto, como buena loca ciclotímica, pidiéndole perdón, reconciliándose con él, ayudándolo con el traje, tapando rayos que iban contra él, etc. 

Una verdadera novela gay que si yo, a mis 14 años –cuando leí por primera vez Infinity -, hubiera sido un poco más avispado, habría disfrutado mucho más. Pero claro, en aquella época todavía no sabía ni lo que era una loca tapada.

Y si alguna loca romanticona está pensando en ponerse a leer Infinity en 2013 sólo para comprobar mis teorías, le recomiendo que no lo haga, porque después de este bien contado y hermosamente dibujado histeriqueo entre el hijo de Hawkman y el hijo de Green Lantern, todo se va al carajo pero en serio. Héctor es asesinado, (creo que por un dios egipcio o algo así) y su espíritu se va a vivir a la dimensión de los sueños donde también irá Lyta y tendrán un hijo en el reino de Sandman (sí, el de la canción de Metallica) pero luego Sandman les robará el hijo y Héctor desparecerá mientras Lyta se vuelve loca (en una fabulosa y colgadísima historia escrita por Neil Gaiman, nada menos al cuadrado) y volverá a ser resucitado como el nuevo Dr Fate con el hijo de ambos como nuevo Sandman...

...mientras que Todd andará histeriqueándole a Nuklon (un pelirrojo musculoso de 2, 25m de alto) hasta volverse “malo” y “curarse” de su maldad, para volver otra vez con Nukloncito a la Liga de La Justicia , (que por entonces lideraba Wonder Woman, lo cual seguramente contribuyó a que Todd sintiera un poco de “girl power” y se inspirara para salir del closet) y enamorarse finalmente del mencionado Damon Matthews, un personaje secundario en Manhunter, con quien viviría (y hasta donde sé, sigue viviendo) una relación de pareja abierta y desprejuiciada al estilo Manhattan (y que ¿paradójicamente? se parece mucho a Héctor).


Sí, así son los comics. Y éso que sólo resumí lo principal.

Como último dato, cuando Todd andaba en la liga con Wondy, Nuklón, que siempre encarnó al típico grandote sencillo, honesto y pelotudo, le preguntó con toda su inocencia si era gay. Y Todd respondió: “¿porqué esa manía de etiquetar?”.

Cartón lleno.

Yo nomás le hubiera agregado el “¡ay!” al principio de esa frase tan querida por las locas en proceso de asunción.

La cuestión es que Obsidian/Todd Rice, a pesar de ser un personaje interesante de por sí y de haber sido guionizado y dibujado por algunos de los grandes autores del comic book norteamericano durante los últimos 30 años, fue siempre un personaje de segunda. Con bastante carisma para ser uno de los Infinitors más queridos y reciclados, pero de segunda al fin.

Ahora le toca a su papá ser el gay de la DC comics. Todavía no he leído nada de la nueva carrera gay de Alan Scott. Sólo espero que tenga la suerte de ser guionizado por algún nuevo Miller o, aunque sea, un nuevo Thomas, para que esté lejos tanto de la moralina políticamente correcta como de la rebelión queer vacía.