viernes, 3 de mayo de 2013

Pobrecitos los Bi




Ahora resulta que tenemos que compadecernos de los bisexuales, quienes, según serios estudios de la Universidad de Columbia citados nada menos que en el blog de Manhunt (no, más datos que el nombre de alguna lejana universidad del primer mundo nunca dan) padecen no sólo la misma discriminación que sufren los homosexuales sino que son discriminados dentro del propio colectivo LGBTIQ (a esta altura ya no sé si me olvidé alguna letra o puse alguna de más).

Sí, gente, pobrecitos los bi. ¡Paren de cuestionarlos, che! ¡Stop BiFobia Now!!!

Basta con éso de que son putos reprimidos que no quieren aceptar su homosexualidad o que son heteros curiosos u homosexuales en vías de desarrollo o “algosexuales” a medio camino de definirse.
Los bisexuales están en plena lucha por la reivindicación de sus derechos a ser reconocidos, llamados e identificados como bisexuales y no como el resto de la chusma LGBTIQ (o como mierda se siglee).

En serio, che, ¡piensen un poco! No es lo mismo que te digan bisexual a que te digan homosexual. No es lo mismo que te digan bisex a que te digan homo. Tampoco es lo mismo que te digan bisexual a que te digan puto, trolo, maricón, chupapijas, enfermo, desviado, antinatural, etc.

Es decir, preguntémosle a cualquier hetero (u homo) promedio qué palabra usaría para designar a un puto de una manera más “educada”. Seguro nos dice “gay” u “homosexual”. Quizás hasta crea que decir “anormal” o “desviado” es una manera menos heavy de decir “puto”. Pero nunca nos va a decir “bisexual” para reemplazar a “puto”. Salvo, claro, que lo forcemos a pensar en la diferencia y, en un esfuerzo mental y ético por aumentar su poder de prejuicio, termine diciendo que los bi también son todos putos.

Aunque claro, son putos pero no tanto, porque también (según declaran) cogen minas.

Hay que entender que los bisexuales chupan pijas pero también conchas... ¿Y a quién le importa lo que haga cada uno en la cama, dirán ustedes? ¡A los bisexuales, para empezar, por supuesto! Quieren que quede bien en claro que además de gustarles la pija les gusta la concha, es decir, no son taaaan putos como un puto.

Los bi, que quede claro, no son de esas locas mariconas en serio (a las que sí se puede defenestrar y acusar de putos sin ningún reparo) que también chupan pijas como los bi pero se tapan los ojos si ven una concha o sienten escalofríos al pensar en una mujer desnuda. No, no, no. Los bisex son locas más machas, viste. Por más que también te las encontrás haciendo las coreos de Madonna o Brittany cada sábado en medio de alguna pista o las ves devorando penes detrás de un eucaliptus cualquier noche en el parque, son más machas que un homosexual. Porque (según ellas) también se comen una concha o chupan una teta de vez en cuando.

Es más, seamos generosos y crédulos como sus madres y dejemos el paréntesis del “según ellas” por un rato para suponer que realmente cogen con mujeres además de hacerlo con hombres ¿Porqué la necesidad de contarle al mundo que también les gustan las mujeres además de los hombres? ¿Es por un ataque de honestidad que los obliga a declarar su bisexualidad a sus potenciales parejas para que éstas no se sorprendan si los ven mirando (o cogiendo) a alguien del otro sexo? No, porque, de nuevo según la Universidad de Columbia (y según lo que he escuchado a más de un supuesto “bi”), los bisexuales nunca confiesan su orientación sexual a las personas que conocen con fines sexuales y/o amorosos, ya que temen ser tachados de gays reprimidos por los gays o de poco heteros por las mujeres.

Entonces, si no lo andan confesando en su vida privada a sus potenciales parejas (¿víctimas?) y sólo les gusta pregonarlo en perfiles de manhunt, facebook u otras páginas anónimas o decirlo de la boca para afuera delante de algún grupo de locas para hacerse las machas (como hacen muchas locas “bi” en fiestas y boliches) o escribir ensayos en la Universidad de Columbia o (¡Dior mío!!!) en blogs anónimos ¿Cuál es el verdadero sentido de decir que uno es bi? ¿Es porque realmente tienen un interés de clasificador purista en querer ser parte de la B en la sigla LGBTIQ o es porque quieren que se los reconozca como putos no tan putos?

De hecho, un bisexual comprometido con la lucha por los derechos LGBTIQ o, simplemente, preocupado por la discriminación, exclusión, acoso y asesinato contra los diferentes ¿No haría mejor declarándose gay para sumar una voz más a los que intentamos demostrar que no nos da vergüenza serlo ni nos consideramos inferiores a otros por serlo?

¿Realmente el bisexual logra algo con decir “paren, che, no me pongan en la G, pónganme en la B?
Sí. De hecho, logra algo parecido a todas las locas que intentan quedar menos locas declarándose bi (o -para el caso es lo mismo- machito, casado, tapado, discreto, masculino, canuto, cero ambiente, etc.).

Es decir, logra quedar menos puto.

Porque claro, el bisex es muy macho como para ponerla dentro de una concha pero no tan macho como para bancarse la discriminación que se banca un puto. Prefiere diferenciarse un poco y obtener una mayor cuota de privilegio dentro del colectivo LGBTIQ, ya que, dentro de ese grupo de inadaptados a la sociedad patriarcal-falocéntrica-misógina homofóbica-machista (alcanzaba sólo con machista, pero bueno) es uno de los que más (o el que más) posibilidades tienen de “pasar” por macho.

Es decir, que si hiciéramos un gradiente clasificatorio de heteros, homos y demás orientaciones, teniendo en cuenta un simple criterio machista que suele aplicarse cotidianamente, podríamos esbozar un ránking más o menos así

  1. Hombre Heterosexual (no se come ni la punta)
  2. Hombre Bisexual (se come la punta y el tronco pero también come cachucha)
  3. Hombre Transgénero masculino (quizás no se come la punta pero come hormonas, sólo que si no avisa nadie sabe que puede decirle puto)
  4. Hombre Intersex masculino (más o menos idem anterior)
  5. Gay Activo Masculino (suponiendo que exista, no se come la punta –al menos por la cola- pero igual se le puede tratar de puto si se declara gay)
  6. Gay Pasivo masculino (se come la punta y el tronco pero no te lo imaginás así que no podés decirle puto a menos que él declare serlo)
  7. Gay Activo Afeminado (no se come la punta pero debería hacerlo)
  8. Gay Pasivo Afeminado (se come la punta y el tronco y merece ser tachado de maricón, puto, trolo y quizás hasta golpeado y asesinado por ello)
  9. Hombre Transgénero o Intersex afeminado (si se come la punta o no, a nadie le interesa entenderlo porque o es demasiado complicado o, simplemente –y gracias a Foucalt- podemos decir que son monstruos y listo)
  10. Lesbiana Masculina (no se come la punta pero igual es mujer, por lo tanto, inferior)
  11. Lesbiana Femenina (se la coma o no, calificaría casi como una mujer)
  12. Mujer Heterosexual (se la coma o no, es mujer)
  13. Travesti (se la coma o no, ni siquiera llega a ser mujer)
  14. Mujer Transgénero o Intersex (se la coma o no, “eligió” ser mujer)

Se podrían discutir las posiciones y las descripciones. Se podrían quitar o agregar más  categorías, pero simplemente la intención era mostrar la importancia del machismo a la hora de construir una categoría de género o de orientación sexual o lo que sea.

Porque, en definitiva, seas lo que seas, lo que termina importando a la hora de los privilegios es si sos hombre o no. Si sos macho o no. Si te la comés, o no. Si te rompen la cola o no. Y éso sin mencionar la cantidad de hombres que dicen ser heterosexuales y también se la comen, pero entrar ahí sería complicarnos al pedo.

Pero, simplificando, podríamos decir que aquel hetero declarado que come pijas sin que nadie se entere estaría más o menos haciendo lo mismo que hace un bisexual -sea cierto que es bisexual o no- al avisarnos y prevenirnos de que NO es homosexual. Lo que le importa a un bi que se reivindica como bi no es la honestidad de aclarar su orientación sexual (por más que también pueda haber algo de éso) sino, simplemente, quedar más macho y más cerca de pertenecer e integrarse a una sociedad machista que concede privilegios a los machos. Es decir, no sólo tiene un interés puramente egoísta de mejorar su situación personal sino que –lo quiera o no- refuerza al machismo y –por ende- a la homofobia sólo por el hecho de sumarse a los que creen que los machos son superiores.

Dejemos las ironías y las ingenuidades de lado ¿Cuántos bisexuales se ven con una bandera que diga “aguante la bisexualidad” en una marcha del orgullo o cualquier otra manifestación pública (claro, no pueden ir porque los ven las novias/esposas)? ¿Cuántos bisexuales escriben en sus perfiles “soy bi, orgulloso de serlo y contento de codearme con gente gay, trans, trav, queer, etc. que son seres humanos iguales a mí” y cuántos escriben “soy bi, machito, cero plumas, cero ambiente, odio a las locas, no quiero nada de maricotas ni de cosas raras”? ¿Cuántas locas dicen que son bi o casados o hasta se muestran con alguna mina para que la mayoría de las locas (también, tan machistas y homofóbicas como cualquier bi) adoradoras de la pija le pongan unos puntos más sólo por el hecho de que son más “machos”? 

No sé, yo tengo 33 años y hasta ahora JAMÁS en mi vida me he cruzado con un bisexual, es decir, con un verdadero bisexual. Con alguien que diga ser bi porque realmente es bi y no porque quiera sumar puntos de alguna manera en algún contexto.

Para mí, la bisexualidad, al menos hoy, es sólo una mentira más a la que recurren algunas locas traumadas con la idea de crearse una imagen más masculina. Si hubieron bisexuales en la Grecia Clásica o si uno es “normalmente bisexual” hasta los 18 años, como decía Aristóteles, no sé ni me interesa. Los bisexuales en la sociedad occidental en el siglo XXI NO EXISTEN. Le pongo la  firma. Es más, si existieran no deberían existir o, al menos, deberían callarse su bisexualidad y declararse gays para ayudar a combatir a la homofobia. Pero claro, como no es ésa su real intención, los bisex de la Universidad de Columbia y de otras partes pseudocientíficas van a seguir abogando por la B de la LGBTIQ.

El día que me encuentre con un bisexual que diga serlo sin necesidad de defenestrar implícita o explícitamente a los maricones, entonces veré si me replanteo mis ideas. Mientras tanto, los bi que se declaran bi me van a seguir dando la misma risa que me dan los equis que se colocan tres o cuatro apellidos para que la gente sepa que, estirando un poco las ramas de parentesco, descienden de alguna familia pudiente del siglo XIX o hasta quizás de la época colonial. O peor, de los equis zurdoprogres que saltan de alegría cuando pueden demostrar que tienen algún indio ranquel mezclado entre la hojarrasca de su árbol genealógico.

Por lo pronto, mi única tenue esperanza de creer en la bisexualidad ha sido conocer un par de lesbianas que alguna vez tuvieron novio y que se plantean volver a estar con un hombre cada vez que sus novias y/o tortas casuales no las hacen sentir como quieren sentirse ¿Capricho de nenas malcriadas o verdadera inclinación por ambos sexos?

Creo que nunca lo sabré, porque las particularidades y vericuetos de la sexualidad femenina me interesan tanto como un partido de fútbol o un programa de Tinelli.

Igual, que exista o no la bisexualidad me sigue pareciendo una discusión estúpida y sin sentido, porque nada cambiarías si existen realmente los bi. Lo importante es ver qué se busca y qué se logra con afirmar que existen o que no existen, pero éso es lo que los defensores de la bisexualidad no quieren pensar o ni siquiera saben que se puede pensar.

Y, para terminar, una vez un cerebro heterosexual picarón publicador de chistes de gallegos en el face me espetó en medio de un asado: “Si no creés en los bi porque nunca te cruzaste uno, entonces yo no creo en los ladrones porque nunca me robaron”.

Respiré hondo, contuve mi deseo de tomar el tenedor de dos dientes con fines asesinos y le contesté “Tenés razón, a mí tampoco me robaron nunca. Y tampoco ví nunca a un ladrón pidiendo que le reconozcan su identidad de ladrón y no su identidad de puto”.

Al pedo, porque los cerebros de esa clase no entienden las sutilezas ni las ironías, les resbalan alevosamente.
Igual intenté llevarle la discusión hacia el plano de los derechos de las minorías mencionando los casos de personas LGBTIQ (sí, incluyendo la B) asesinadas, discriminadas, burladas, etc. sólo por el hecho de amar a personas de su mismo sexo y hasta le pregunté directamente si era más importante determinar la existencia o inexistencia de algo que permitir y/o colaborar con la muerte y la infelicidad de otros seres humanos.

Pero no hubo caso, él seguía con su juerga filosófica de la ventana que se rompe en el bosque y no hay nadie para verlo. Desistí cuando me citó aquello de  “Bienaventurados los que no necesitan ver para creer...”.

Sí, sí, soy Tomás y vos sos Jebús, querido. Mejor sigamos discutiendo sobre el cacerolazo.





miércoles, 22 de agosto de 2012

Cicatrices del shiro


Tengo 33 años y creía haber vivido ya todas las formas posibles de levante.

Me mandaron cartitas secretas cuando iba a la escuela (nunca supe quién pero recuerdo sus errores de ortografía), el hermano de un amigo me intentó violar en un baldío frente a mi casa pero justo cayó mi amigo a buscarlo (jamás lo perdoné, a mi amigo, por supuesto), una gorda con lentes y dientes salidos me pintó la vereda frente a mi casa con un “te amo” gigante seguido de mi nombre (fue la primera vez –pero no la última- que ser gay me sirvió de excusa perfecta), me dijeron “¿querés coger?”, me dijeron “¿querés ser mi novio?”, me dijeron “te pongo una naranja en la boca y te la chupo hasta tomar Mirinda” (¡tenemos un ganador!), me propusieron una relación formal en una mesa con mantel rojo, velas y copas de cristal (no sé cómo aguanté la carcajada) me ofrecieron plata por sexo (y a veces acepté), me guiñaron el ojo, me siguieron por la calle, me invitaron cafeces por millones, me palparon, me exhibieron, me mostraron, me vinieron a decir las cosas más zafadas con aliento a vodka, me mintieron, me dijeron la verdad, me mandaron mensajes eróticos por cel o por Internet y bueno, muchas pero muchas formas de levante más viví, sufrí y gocé.

Pero nunca, nunca, nunca antes me habían tirado una piedra en la espalda.
Resulta que estaba yo una tranquila noche hamacándome en la plaza...ok, ok, no podía conectarme al chat esa noche y necesitaba sexo sí o sí así que tuve que ir a la plaza...cuando de repente se cruza frente a mí un chico de mi edad (o más, por supuesto) que me clavó la mirada como si yo fuera una McBurguer con fritas y él un diabético en tratamiento.
Pero, como suele ocurrir cuando uno está hiperarchirecontra caliente y desesperado por coger, me hice el difícil y no le devolví la mirada. En realidad hacía poquito que llegaba yo a la plaza y quería ver más opciones antes de decidir. Además el tipo usaba una remera militar onda camuflada, lo cual en un lugar así sólo puede restar puntos.

Pero el muchacho parecía convencido porque dio media vuelta y volvió a pasar y repitió la operación otra vez. En su segunda repetición decidí mirarlo a los ojos para darle a entender que no me gustaba pero, apenas lo miré, él desvió la mirada y se quedó parado mirando un poste de luz como si fuera una obra de arte, todo con actitud confusa y tímida. Entonces me dí cuenta que el tipo estaba esperando que yo lo avanzara...¡encima éso! Por supuesto, me quedé en mi hamaca mirando para otro lado con decisión hasta que el tipo repitió su itinerario y fue a sentarse en un banco unos metros detrás mío.

Ahí pensé que se iba a ir al rato pero, de pronto, empecé a escuchar el sonido más horrible que te pueden hacer cuando estás shirando: “¡chist!”

¡Por Dior! Debería escribir un manual para shiradores y repartirlo gratis en la plaza: “No usar remeras camufladas, No chistar, silbar, toser ni hacer ningún sonido para llamar la atención, No enseñar la pija para después poner la cola, No llevar dinero ni objetos de valor, No aceptar nada de los policías y -lo más más importante- No usar medias de referí de fútbol, short de rugby blanco y musculosa negra (menos cuando tu cuerpo delata más tiempo pasado en panaderías que en canchas)”.

A lo que iba, chistar es la cosa más estúpida que podés hacer. Al menos para mí, aunque se lo he oído decir a varias locas también. La cosa es que de golpe los chistidos cesaron y pensé que aquella loca chist-tonta había entrado en razón por fin. Pero de golpe sentí como un suave silbido en el aire y un golpazo tremendo en mi omóplato derecho. Me dí vuelta y ví una piedra que pesaba por lo menos medio kilo caída en el suelo y unos metros más atrás, la loca de la remera camuflada saludándome  tímidamente con la mano.

Por un momento, que no entendía lo que pasaba, pensé que me estaban atacando y me iban a robar y -con suerte- violar. Pero no, era sólo que como los chistidos no le habían funcionado, aquella loca pelotuda me tiró una piedra para llamarme la atención.

A veces, cuando estás en el chat, alguien te abre una ventana o te manda un mensaje diciendo “hola” y vos les contestás “hola” y al ratito te dicen “bueno, no me vas a decir nada?” o algo así. Yo antes pensaba que estas personas tenían un simple problema de vanidad exagerada, onda “te hablo yo para darte permiso de hablarme a mí, que soy tan divina”. Pero últimamente me estoy convenciendo que el problema es, en realidad, neuro-conductual. Y éso no es ningún término científico: o sea, o carecen de neuronas (muy probable) o no saben cómo conducirse en sociedad. Cuando uno inicia una conversación con un “hola”, lo normal, natural, esperable y –sobre todo- aconsejable, es proseguirla. Pero existen locas que no aprendieron éso, al parecer.

Y existe ésta loca (porque quiero creer que es la única en el mundo) que te shira y te shira al punto de chistarte para llamarte la atención y, si no te le acercás a hablarle después de su tremendo esfuerzo de sociabilización, te caga a pedradas.

Pequeño grito que le pegué, por supuesto. Más bien pequeños gritos. Y, tal como esperaba, la loca con toda su timidez y carencia de normas sociales civilizadas (ponéle), se levantó y salió disparada para otro lado al  apenas escuchar mi inicial “¿Pero vos estás loco, pedazo de enfermo...?”.

¡Dior mío! ¡Lo que hay que vivir en esos lugares de shiro! Antes te tenías que cuidar si venían 4 o 5 pendejos en patota a robarte las zapatillas o dos canas a darte un discurso moral sobre la sexualidad con tonada de barrio Ituzaingó Segunda Sección (si es que no te hacían el verso de que eran bisexuales, pero éso lo dejaré para otro post) o un colgado a preguntarte qué vendías o a venderte algo. Pero ahora te tenés que cuidar de las mismas locas shiradoras que recurren a métodos cuasi neandhertales para hacer que te les acerques.

Digo yo ¿Dónde quedó el “¿che, loco, tenés hora?” o el “¿che, loco, tenés fuego?”  ¡Ya no hay temor a Dior!

Ahora entiendo porqué esas locas que te hablan en el chat sólo para que las hables vos me caen como una pedrada en la espalda, aunque claro, no duelen tanto.

martes, 8 de mayo de 2012

Girl Gone Wild



Cuando escuché Girl Gone Wild por primera vez sólo me quedó resonando el pegajoso “ire-ire-ire” y el resto de la canción se me esfumó totalmente. No me impresionó ni el “hey hey hey” del estribillo ni las subidas de tono de algunos momentos. También era la primera vez que veía el video y aunque me gustó, me inquietaron los elementos de Truth Or Dare y Vogue sumados a las piernas de Madonna estirándose contra una pared ya visto en Give It 2 Me y tantos otros videos.  No estaba muy seguro si me gustaba o no ese auto-tributo a pesar de que me encante el pasado –especialmente ése glorioso pasado- de Madonna.

Por ser lo nuevo de mi artista favorita y quizás también por lo erótico o lo sensual me terminó enganchando y lo empecé a ver cada vez con más ganas. Y ya sé que cualquier cosa que escuchás varias veces se te termina pegando, más si es un hit pop. Pero hay un límite de hasta dónde te engancha una canción o un video. Se te pega un tiempo y después se te va casi sin darte cuenta. Sólo unas pocas canciones logran pasar un cierto número de repeticiones en tu cabeza para después quedarse para siempre dentro tuyo e ingresar a tu top ten personal y convertirse en algo más.

Y no es que Girl Gone Wild sea un temazo ni tampoco el mejor tema de Madonna. Por cierto que no lo es. Pero así como escaló lento los rankings mundiales también tardó un tiempo en convertirse en un temazo para mí. Porque después de unos días me dí cuenta que Girl Gone Wild es más que un nuevo Vogue. Sólo repite la fómula pero la esencia es diferente. Girl Gone Wild es la síntesis de porqué amo a Madonna. 

Vogue fue un momento de Madonna ¡Y qué momento! Fue una Madonna. La Madonna glamorosa, prolija, perfecta, correctísima, fría, arrogante y despectiva. La Madonna que terminó de clavar el flechazo mortal a sus fans (y que aún hoy en día sigue flechando). Era la Madonna número uno consciente de serlo (y, sólo por éso, seguramente para la historia –y dejando de lado números de ventas, calidad artística, popularidad y muchas otras razones, que por demás le sobran- Vogue será siempre su tema número uno).  En Vogue estaba la Madonna superstar. No estaba la Madonna alegre, ni la transgresora, ni la romántica, ni la ingenua, ni la sensual, ni la sonriente, ni la humanista, ni la política, ni la visionaria (tampoco estaba la kabbalista ni la activista hollywoodense, por suerte).

En Girl Gone Wild hay varios guiños para fans y auto-tributos, está Vogue, Truth Or Dare, Erótica,...pero está también la Madonna que hace tiempo –quizás desde el 2001- no veía en ningún video. Y en ninguna canción.

 Lejos de todo el espiritualismo kabbalista denso, el me arrepiento-no me arrepiento que viene desde Human Nature, el mesianismo hueco de I`m Going To Tell You A Secret, lejos de todas las explicaciones totalizantes, en Girl Gone Wild Madonna vuelve a ser humana. Y no estoy hablando del humanismo simple de la letra, de aceptar los impulsos salvajes sin moralizar ni concluir más que un común “girls they just wanna have some fun”. Más allá de las obviedades, en Girl Gone Wild se oye una chica alegre cantando con ganas. Una chica –sí, con sus 53 años- que canta con voz alegre y baila desaforadamente una coreografía más complicada y enérgica que la que bailó a los 32. Y a los 53 años debe ser más difícil todavía transmitir alegría con la voz que tener estado físico para hacer una coreo con tacos y abrir las piernas 180 grados.

Pero incluso más difícil aún es lograr transmitírselo a alguien a quien ya se lo transmitiste una vez, hace ya más de 10 años, y al que luego “abandonaste”.

Porque no la ví así en Hung Up ni en Sorry. Ni en 4 Minutes ni mucho menos en American Life. Desde Music y Don`t Tell Me, allá por el año 2000, ninguna canción de Madonna me había transmitido lo que me transmitieron alguna vez en su momento Into The Groove, Papa Don’t Preach, Like A Prayer, Secret, Ray Of Light o la misma Erótica, por mencionar sólo singles y sólo algunos. Hubo algunas perlitas, seguro. Está Give It 2 Me. Está Love Profusion. Están esas que le gustan a uno y sólo a uno, como Intervention, Push o Dance 2night en mi caso. Pero faltaba en primera plana esa Madonna juguetona, alegre y -sobre todo- humana, que está en Girl Gone Wild de nuevo. Esa Madonna que no le gusta a casi ningún hombre (ni mujer) heterosexual occidental y no porque baile con una tropa de gays en tacos sino porque es la encarnación de la mujer contenta con su sexualidad. Una mujer que ni los griegos clásicos imaginaron a pesar de  las incontables ideas de mujer que pensaron.

Seguramente del 2001 al 2008, Madonna hizo mucho más de lo que podía esperarse de una estrella pop de su edad y trayectoria. Seguramente atrapó nuevos fans. Y seguramente ganó más dinero que nunca antes y esforzándose mucho menos que antes (y no porque no se esfuerce sino porque la experiencia le ahorra desgastes). Tranquilamente podría haber seguido por ese camino y aburrirme cada vez más, pero sea por su espíritu artístico, por su nuevo desengaño amoroso, por su perpetuo contacto con gente joven o por exigencias de contrato, ahora ha vuelto a ser una mujer que se hace preguntas, que las deja sin respuesta, que se reconoce humana, que incluso intenta ser visionaria sin tener la más mínima necesidad de serlo pero, sobre todo, que transmite alegría mientras plantea interrogantes.  

Creo que no le hacía falta recurrir a las imágenes eróticas que ya usó en otras épocas para volver a lograr eso. Lo podría haber logrado con una canción o video que no toque al sexo ni por la tangente. Pero bueno, como broche de oro, lo hizo con una canción que recupera aquellos buenos viejos tiempos sexuales y transgresores que tanto irritaban a alguna gente en las épocas en que sólo Madonna se atrevía a hacer las cosas que hoy en día hacen prácticamente todas las cantantes pop.Y no porque la admiren o quieran imitar o superar ni por que confían en la fórmula madonnesca para obtener el éxito comercial sino simplemente porque Madonna les abrió el camino en 1984 con Like A Virgin (o en  1983 con Burning Up, si se quiere) y desde entonces despejó todos los obstáculos.

Girl Gone Wild entra así, lenta pero segura (como todo el MDNA), en la lista de las canciones más importantes de mi vida. Casi la consideraría la obra maestra de Madonna si no fuera porque no quiero dejarme llevar por mis sentimientos de fan abandonado que se reencuentra con su artista. Sé que se me va a despegar como se me despegaron todas las otras canciones que amo, pero también sé que se quedará como se quedaron todas las otras.

Pero en éste momento, todavía no se me ha despegado.

Ayer compré la entrada para el concierto y ya estoy esperando con ansias el momento de corear ese tema mientras la diva ejecuta las piruetas que tanto le sorprenden a la prensa o a la gente que sólo ve en Madonna una cantante o una bailarina o una celebridad importante.

Ya la ví en Buenos Aires, en una época que para mí no fue de las mejores pero sólo pensar que la voy a ver acá, pisando mi ciudad, y con todo este sentimiento de reencuentro, me llena de éxtasis.


Dicen que el 21 de Diciembre se acaba el mundo, justo un día antes del concierto en Córdoba. Probablemente no se acabe (y si se llega a acabar, lo busco a Dios y lo mato) pero veo que los mayas tenían razón. Es una época de acontecimientos grossos y yo, al menos, ya sé que va a ser una de las más felices de mi vida.

jueves, 26 de enero de 2012

Este lugar es una mierda


Todas pero todas las veces que me han intentado levantar -sea en un boliche, en el chat, en un sauna, en un parque oscuro o en la misma calle- siempre me han dicho “sí, ya sé que este no es el mejor lugar para conocer a alguien” o “éste lugar es una bosta, pero ¿qué le vamos a hacer?” o alguna otra frase por el estilo.

Es obvio que a veces se dice éso por decir algo, como quien intenta sacar conversación a cualquier costo o intenta quedar gracioso al criticar al lugar donde se está. El tema es que, entre los gays, es algo que se dice en serio. Realmente se piensa que el boliche, o el chat, o el sauna, o el parque o la peatonal o lo que sea que estemos usando de lugar de encuentro es una mierda. Y éso independientemente de si el lugar es una mierda o no, es decir, independientemente de si el boliche donde estamos es una disco ultradecorada con sonido surround y pistas giratorias o un galponcito con techo de chapa y una bola de espejos que no gira; independientemente de si el chat al que entramos es casi un facebook con más de 50 funciones al pedo o es apenas un foro choto donde te llegan los mensajes a las tres horas; independientemente de si el sauna es un super spa cuasi salón de belleza donde renuevan el agua del hidromasaje cada 20 minutos o es un cuchutril de madera barnizada a chorros de semen y sudor con una salamandra y un hornito aromático; independientemente de si el parque o la calle donde estamos shirando está en los alrededores de la isla de la cité o en las inmediaciones de la isla de los patos.

Es decir, a la hora de decir que el lugar es una mierda no se tienen en cuenta las características concretas del lugar, lo único que se tiene en cuenta es que es un lugar “gay”. Y por ser gay, es una mierda.

Sea que el boliche, chat, sauna o lo que sea esté lleno de locas promiscuas o locas vuelteras, locas lindas o locas feas, locas fashion o locas mal vestidas, locas viejas o locas pendejas, locas fofas o “musculocas”, etc. está lleno de locas. Y porque está lleno de locas, es una mierda.

Parece mentira que los mismos gays seamos los primeros en pensar así, los primeros en echarnos mierda, pero es así. Y la explicación es muy simple. Al bardear a los demás gays, al decirle puto a un puto, uno queda menos puto.

Es como el negro que trata de negros a los otros negros. Se siente un poco superior al hacerlo. O se siente fuera de ese colectivo, aunque sea momentáneamente.

La mayoría de los gays. al hablar de los gays, parece que se refirieran a una realidad externa, que no los incluye ni afecta. La mayoría dice “las locas, ésto”, “los putos, aquello”, como si ellos no pudieran ser catalogados jamás con esos términos o –peor- como si fueran heterosexuales. Y claro, uno va al boliche y ve a un sinfín de seres con los cuales uno no se siente identificado. Y al ver la diferencia, rápidamente los cataloga dentro de alguna categoría friky en la, por supuesto, uno no se incluye. Es decir, uno discrimina casi automáticamente. Y de ahí a denigrar hay un paso.

Repito que parece mentira y hasta resulta paradójico o tragicómico que los gays, que somos de los primeros en sufrir discriminaciones y denigraciones por ser diferentes seamos también los primeros en estar ansiosos por discriminar y denigrar a otros. Y no a cualquier otro, sino a los que son como nosotros, al menos en el hecho de que nos gusta tener sexo con personas de nuestro sexo. Por otro lado, cualquier psicólogo promedio diría que precisamente nuestro complejo de inferioridad por ser diferentes nos impulsa a atacar o a agredir a cualquier otra persona que esté en nuestra condición o, al menos, en una condición vulnerable.

Por mi parte, creo que el complejo de inferioridad no lo explica todo y hasta resulta una explicación facilona para evitar adentrarse más en los problemas de fondo. Creo que en realidad la cuestión que está en juego en ésto de la denigración de gays por los gays es la falta de identidad propia.

Porque, a diferencia de otras “minorías” o “colectivos”, como pueden ser los negros, los amarillos, los mestizos, los judíos, las mujeres, etc., los gays no tenemos una marca evidente imposible de ocultar como el tono de piel o la falta de prepucio. Es cierto que algunos gays se destacan por ser afeminados y no pueden evitar serlo. Pero también hay muchos que no son afeminados o que sí pueden evitar serlo. Hay muchos que se casan y tienen hijos o viven solteros o se hacen curas o lo que sea pero, a los ojos del mundo, son heterosexuales. Entonces, dentro del “colectivo gay” hay dos grandes clases de locas, las tapadas y las fuera del closet. Y cualquier “loca tapada”, como yo les digo, jamás aceptaría ser catalogada de “loca tapada” ni de “loca” ni de nada que tenga que ver con un gay. Y cualquier loca “destapada” detestaría, en y por principio, a cualquier loca tapada. De hecho, social, política, económica y – no siempre- religiosamente, las tapadas y las destapadas son totalmente opuestas y hasta trabajan las unas en contra de las otras.

Pero ahí no se acaba el problema porque dentro de los que están fuera del closet también hay divisiones. Tenemos al gay masculino, al gay afeminado, al gay neutro, al gay activo, al gay pasivo, al gay amplio, al gay bisexual, al gay misógino, al gay intelectual, al gay hueco. Y, por supuesto, al gay con plata y al gay sin plata. Y todos –o casi todos- se odian o, al menos, se discriminan mutuamente.

Por lo tanto, cuando uno se da cuenta que le gustan los tipos -sea a los 3, a los 11, a los 18, a los 24 o (Dior nos libre) a los 65 años- automáticamente piensa “entonces soy gay” como si esa palabra resolviera nuestra identidad sexual.

Y chau, rara vez volvemos a pensar en el tema de nuestra identidad. Es decir, nos pasamos la vida esquivando todas las oportunidades para preguntarnos qué o quiénes somos y a dónde a qué o a quiénes pertenecemos.

Por éso, más que por el freudiano complejo de inferioridad, es que nos resulta tan fácil –y hasta natural- discriminarnos los unos a los otros. Porque esa cosa que se llama “colectivo gay” y que algunos ultraconservadores gustan de llamar “lobby gay” es sólo un término para simplificar la demasiado compleja realidad y, sobre todo, para contener un poco las inquietudes naturales de cada uno y evitar que nos lancemos a descubrir –descubrirnos- un poco más.

Porque eso sí sería peligroso. Sobre todo porque nos llevaría a descubrir que atacarnos y discriminarnos entre nosotros es absolutamente contraproducente.

Descubriríamos que decirle puto a otro puto es lo peor que podemos hacernos a nosotros mismos, porque con el sólo hecho de usar esa palabra perpetuamos el sistema que nos discrimina y persigue.

Y, por supuesto, ya no podríamos hacernos los superados/superiores cuando intentamos levantar a alguien diciendo “este lugar es una mierda”.

El ser menos puto que otros putos dejaría de ser un argumento válido para levantar. Tendríamos que empezar a buscar en nosotros mismos algo que nos haga superiores por nosotros mismos y no porque estamos en un lugar lleno de “putos”.

Por suerte para todas las locas pelotudas que no saben qué mierda decir a la hora de levantarte, éso no va a pasar nunca. Los putos siempre odiarán a los putos porque, a diferencia de lo que decía Perón sobre los peronistas, para un puto no hay nada peor que otro puto. Por lo tanto, podrán seguir haciéndose las machas, las hetero, las “menos trolas”, en fin, haciéndose las “más hombre” agrediendo verbal o físicamente a todos los que no tienen miedo de soltar las plumas o no les preocupa hacerlo.

Claro que a la hora de probar verdaderamente que son “hombres” tendrán un pequeño problemita, pero bueno, eso suele pasar en la oscuridad y entre 4 paredes.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De Las Heras a San Martín


El sábado tenía un montón de cosas que hacer y cero ganas de hacer ninguna así que, para no sentirme tan vago e inútil, decidí ir a la marcha del orgullo.

Según me habían dicho, la marcha comenzaba en el parque las Heras. Sí, nada menos que esa descuidada plaza donde, cada noche, un variable número de locas bastante impresentables aprovecha la escasa iluminación del lugar para caminar en círculos y elipses con el fin de encontrar una pija o una cola o una boca con la cual tener algún rápido contacto detrás de un eucaliptus o de alguna estatua, columna o pedazo de cemento cubierto de graffitis y meada.

Por supuesto, ninguna de esas locas estaban en la marcha. El parque las Heras funciona todo el año para los gordos, viejos, casados y tapados que en un boliche no se levantarían ni a la mañana ni siquiera con la ayuda de la luz negra y que de sólo pensar en acudir a un lugar gay donde alguien pudiese verlos (fuese un boliche o una marcha) se les pondrían los ojos en blanco y la cabeza les giraría como a la pendeja del exorcista.

Pero bueno, paradoja o capricho del destino, ese lugar tan apreciado por las locas que odian ser locas y no hablan de su sexualidad ni con Dior cuando rezan cada Domingo (lo cual no las inhibe de comerse las pijas más sucias e infectadas de la ciudad noche por medio) se transformó en lugar de encuentro para todas las locas que, supuestamente, estan felices y orgullosas de ser locas y quieren gritarlo a los cuatro vientos por una de las calles más transitadas de la ciudad.

También estaba allí mi amiga Karina, acompañada por su novia y su cámara de fotos. Karina, como muchas mujeres burguesas –lesbianas o no- solteras y de mediana edad, está obsesionada con el facebook y vive publicando cada pequeña o gran boludez que ocurre en su vida como si tuviera una legión de fans ávidos de enterarse de los pormenores de su existencia. Cualquiera que entrara a su face y quisiera creer en sus palabras, se convencería de que Karina es una especie de mezcla entre la Madre Teresa y el Che Guevara: apoya públicamente a todas las causas humanitarias que puedan existir pero siempre con leve tinte zurdoprogre, es decir, que está a favor del matrimonio gay y la despenalización del aborto, los derechos de la mujer, de los niños, de los animales y de cualquier cosa o persona que sufra lo suficiente como para conmoverla un poquito (cosa nada difícil teniendo en cuenta que lloró hasta con los X men).

Pero claro, para Karina no es suficiente pertenecer a toda página cool del facebook. Para crear su virtual perfil de luchadora y defensora de los DD HH sabe que una imagen vale más que mil palabras, por lo cual me hizo sacarle más de 100 fotos ondeando la banderita del arco iris y abrazandose con todo travesti, transgénero o persona rompegéneros que le dió bola para la foto.

Y el lunes, por supuesto, las fotos estarían en su face para despertar la admiración o envidia de sus contactos kirchneristas y de sus amigas tortas que están dentro del closet. Por supuesto, la mamá y el papá de Karina son mayores de 65 años y no tienen face (ni computadora) y creen que su hija vive con una amiga para compartir los gastos. El hermano de Karina cree que su hermana está un poquito rayada pero que pronto se casará y tendrá un par de hijos y se dejará de joder con la política, el humanitarismo, los animalitos abandonados y los derechos de los putos. Pero lo peor de todo es que Karina seguirá sintiendo que ella “hace algo” porque va a la marcha (y porque lo publica en face, claro) y que no importa la vergüenza o el miedo que le da confesarle a su familia o a sus compañeros de trabajo que le encanta franelear su vagina contra la vagina de otra mujer.

Porque no es lo mismo estar fuera del closet con los amigos y en el face que estar realmente orgulloso de ser gay, pero para Karina eso no importa, porque ella es la primera en creer en su facebook. Y así, evade tranquilamente la realidad y se sigue sacando fotos en la marcha del orgullo como una esplendorosa y flamante torta que lo único que tiene de torta es la decoración.

En todo éso pensaba yo mientras sonreía y apretaba el botón de su camarita y hacía los típicos chistes sobre el fotoshop. No, no soy falso: todo ésto también se lo digo en la cara a ella pero en aquel momento no me parecía adecuado ni divertido decirle lo falsa y obtusa que creo que es así que me entregué a su jueguito. Además, ya me conozco y sé que las multitudes (sobre todo las multitudes con tambores y pancartas) me ponen de mal humor, por lo que decidí controlar mi hermoso y siempre amado (por mí) carácter de mierda.

La marcha estaba encabezada por no sé quién, supongo que por los organizadores. Después venía un grupo de gente figuretti y unas drag queens que bailaban algo parecido al carnavalito al son de una batucada. Más atrás venían algunas agrupaciones políticas y bares y pubs gays de la ciudad con sus banderas y gente con camisetas del partido o lugar gay, no sea que alguien fuera a decir que tal partido o tal lugar gay nunca figura en la marcha. Los kirchneristas eran unos 20 o 30 y detrás venían los radicales, unos 10 o 15, que cantaban –con bastante desubique- una canción que decía algo así como “a Alfonsín no se lo toca”. La verdad que me pareció bastante ridículo. Los K, a los cuales también detesto profundamente, al menos pueden capitalizar lo del matrimonio gay (más allá de las disidencias internas que hayan tenido con el tema y de que Cristina recién se haya declarado a favor del matrimonio un día antes de la votación en el senado ¡Y nada menos que desde la mismísima China!) pero ni los radicales ni Alfonsín tienen mucho que hacer en una marcha gay. Pero ahí estaban. Faltaba un contingente del ejército y otro de la Iglesia Católica y ya completábamos el circo.

Pero bueno, si una torta semidestapada como Karina puede ir a la marcha y sentirse progre ¿porque no pueden hacer lo mismo 10 o 15 radicales? También ellos se sacan fotos y las suben al face y se sienten felices así, incluso ante el vergonzoso hecho que hasta el bar de osos llevó más gente que ellos y hasta tenían una bandera más grande.

Detrás de los osos venía una enorme bandera de arco iris y luego una traffic con unas travestis en tetas subidas al techo. Luego seguía un enorme camión lleno de gente que no entendí nunca porqué se subió ni qué pretendían mostrar. Las travestis al menos se producen, muestran las tetas, gritan, etc. Estos nomás eran unas locas silvestres que apoyaban los codos en el borde del camión y miraban desde arriba (¿).

Y bueno, querrían figurar, qué se yo.

Inmediatamente después venía un grupito de tortas y transexuales con las tetas al aire gritando que había que acabar con el género y, finalmente, las agrupaciones de izquierda que marchaban al final y que eran más o menos un cuarto de la cantidad total de personas en la marcha. Porque en éso la marcha gay es igual a cualquier otra marcha de protesta o de reivindicación de derechos: las agrupaciones de izquierda son mayoría mientras que los partidos mayoritarios están apenas representados por 10 gatos locos (que encima ni saben bien lo que hace su partido con ese tema). En el senado y en diputados, la izquierda prácticamente no existe, pero en todo lo que sea salir a gritar con pancartas al hombro, están siempre. Claro que habría que pensar qué sirve más, marchar con una pancarta y un altavoz o meter más gente en las Cámaras. Pero los zurdos de Argentina parece que últimamente prefieren acusar a la derecha, a la Iglesia, a Cristina (o a Duhalde o a quien sea) -a veces a la sociedad entera- de un complot contra su partido y sus actividades en lugar de hacer la más mínima autocrítica a sus estrategias políticas (y no políticas también).

Anyway, ahí estaban, dando menos pena que los k y los anti k. Es una suerte que la mayoría de las locas sean tan apolíticas y posmodernas, porque así ni siquiera Cristina, con su glamour y su apoyo tardío desde el Extremo Oriente al avance más importante en “derechos homosexuales argentinos” de los últimos tiempos, ha logrado cautivar al colectivo gay y politizar algo que debería escapar a los partidos. Y no niego que está lleno de locas K y anti K (igualmente ciegas, soberbias e insoportables), pero, por suerte, la mayoría de los putos seguimos despreocupados por nuestra falta de liderazgo y aglutinamiento, lo cual me llena de alegría porque quiere decir que aún pensamos críticamente (o, al menos, elegimos no pensar).

Me olvidaba que cerca mío iba una parejita hetero, la chica muy contenta y el guaso bostezando mientras un par de locas le miroteaban sus horribles piernas peludas y también unas cuantas parejas gays que se besaban una y otra vez ante la mirada risueña de todo cordobés que, por desgracia o por suerte, se tropezaba con la marcha.

Cuando la marcha llegó a su punto cúlmine, es decir, la plaza San Martín (otro lugar bastante frecuentado por las locas tapadas y los curas del interior de la provincia que vienen a ofrecer plata a los chicos de la calle menores de 7 años y que encima se enojan porque algún periodista que jamás aprendió ortografía les hace cámaras ocultas de vez en cuando para conseguir un ascenso) las tortas en tetas se pararon frente a la catedral para cantar la predecible “Iglesia, basura, vos sos la dictadura” (loco, sigan insultando a la Iglesia pero cambien las letras alguna vez!) mientras unas pobres viejitas que salían de rezar y asegurarle a Dior que son buenitas las miraban con un pánico que me conmovió incluso a mí. Y no es que defienda a las viejas que van a misa, pero me imagino que debe ser al menos chocante salir de la Iglesia y encontrarse con diez pares de tetas al aire gritando blasfemias y diez mil personas apoyándolas.

Bueno, al ratito subió gente al escenario y empezaron a tirarse flores entre los organizadores y demases figuras importantes de la marcha, como siempre ocurre. Luego subió la madre de Natalia Gaitán para que la aplaudieran un rato (merecidamente, por supuesto) y ahí ya me fuí porque tenía que bañarme para ir a una fiesta donde habían 16 locas que no habían ido a la marcha y otras 4 que ni se habían enterado que era ése día (pero, por supuesto, unas y otras querían que les contara todo lo que pasó).

Y bueno, están las locas que no van porque no se enteran, las que no van porque no están de acuerdo, las que no van porque tienen miedo que alguien los vea o -peor- les saquen una foto- Y están las que van porque, precisamente quieren salir en la foto, porque quieren que las vean, porque creen que con la marcha hacen algo. Y estoy yo que voy porque no tengo ganas de quedarme en casa mirando la pila de apuntes que tengo que leer y mirar locas y travestis me distrae de mis responsabilidades (quiero creer que no soy el único).

¡Y después los ultraderechistas se asustan de los cambios culturales y acusan de ellos al "lobby" gay! Me gustaría saber dónde ven un lobby en esa heterogeneidad de gente que lo único que tiene en común es ser catalogada de puto o torta, pero que piensan y viven su sexualidad de un modo tan diferente que me sorprende que no nos hayamos agarrado a las piñas todos contra todos (o a los arañazos, aunque sea).

En resumen, lo de siempre, aunque con mucha más gente que la del año pasado. Diez mil personas dicen que había. No sé cómo calculan pero la verdad que parecía haber mucha gente y quizás ésa sea la única razón válida para hacer una marcha de este tipo: demostrar que los gays existimos.

Y que somos muchos, aunque las viejitas de la catedral se asusten.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Sos pasiva o mentirosa?


El primer año que tuve contabilidad en el cole, una falsa rubia pintarrajeada que medía casi un metro noventa y que respondía al apelativo de “profe” nos enseñó la famosa regla de la partida doble según la cual “Activo es igual a Pasivo más Capital”.

Jamás entendí qué era eso o qué significaba ni tampoco supe si realmente esa sentencia se cumplía en la realidad de las empresas o no. Pero nunca me importó porque no había que entender nada, simplemente había que repetir como zombie “Activo es igual a Pasivo más Capital” y acordarse de que, en un balance, el activo era la columna de la izquierda y el pasivo y el capital eran la columna de la derecha.

No era complicado y además ni siquiera había que escribirlo, sólo había que poner “A = P + C”.

Pero el segundo año cayó una vieja solterona que se sombreaba los ojos de azul y verde a decirnos que, en realidad, la verdadera fórmula era “Activo es igual a Pasivo más Capital más Ingresos menos Gastos”. Ahora resultaba que “A = P + C + (I – G)”. Por supuesto, me la llevé a marzo y aunque al final la aprobé nunca entendí en qué cambiaba la cosa. Aunque tampoco nunca había entendido la cosa.

Y al siguiente año cayó un pelado de traje y corbata negra que se la pasaba mirando las colas de mis compañeras y comentando el partido del domingo con mis compañeros (¡Y conmigo, pobre viejo ciego!). Pero cuando aquel desagradablemente simpático peladito se acordaba que cobraba un sueldo por darnos clase, se le ocurría comentarnos algo sobre las Pérdidas y Ganancias, los intereses devengados, los no sé qué pagados por adelantado, las consignaciones al exterior, etc. y ya todo se fué al carajo.

Lo único que me quedó claro es que contabilidad no era lo mío y con ese valioso conocimiento abordé la universidad y el mundo del trabajo escapándole a todo lo que tuviera que ver con los números.

Pero claro, más o menos por la misma época en que entraba a la universidad, también caí en el mundo gay donde me esperaban más activos, pasivos (y otras cosas que tampoco entiendo del todo) para seguir complicándome la vida.

Resulta que al principio, la regla de los roles era igual de simple que la primer partida doble que aprendí. Es decir, habían dos roles solamente: el de activo (el que penetra) y el de pasivo (el que es penetrado). Podías ser activo o pasivo. Aunque también podías ser las dos cosas (generalmente, no al mismo tiempo, aunque también se puede), por lo cual existía un tercer rol: el de versátil o amplio.

La mayoría de los gays que conocí por aquel entonces (y desde entonces) se declaraban amplios. Aunque siempre estaba el que decía ser “amplio más activo” o “versátil/activo” y el “amplio más pasivo” o “versátil/pasivo”. En principio, la fórmula “amp más act” o “vers/act” significaría que te gusta más ser activo pero podés llegar a ser pasivo o lo has sido a veces. También puede significar que preferís ser activo porque te duele cuando te penetran o porque tenés hemorroides o algún problema en el conducto anal o, quizás, algún mambo mental/ético/religioso/etc. con el hecho de entregar la cola. Y también declararse “más act” puede ser una forma de quedar menos trola o de hacerte más el macho cosa que, en principio, puede parecer estúpida en alguien que ya se declara gay pero, paradójicamente (o no tanto) no hay nada más común que un gay haciéndose el macho.

Es decir que detrás de la simple fórmula “vers/act” hay toda una agotadora complejidad de realidades sexuales de las cuales sólo he mencionado unas tres o cuatro sólo por no cansarlos (ni cansarme).

La fórmula “vers/pas” también parece sencilla en principio. Significaría que disfrutás más cuando te la ponen pero que no tenés problema en ponerla si se da el caso o si te lo piden. También puede ser que quieras demostrar que no sos taaaan puto y que sos capaz de usar tu pene a pesar de que te encante que te rompan la cola. O quizás es que sabés que sos demasiado afeminado como para que alguien te desee como activo, o pensás que la tenés muy chiquita y se te van a reír o te da asco pensar que vas a meterla dentro del ano de otra persona, etc.

La cuestión es que, al parecer, la versatilidad pura sería muy difícil de encontrar. O, al menos, de creer en ella. Porque por más versátil que seas, siempre va a haber algo que te guste más. O, en todo caso, por ser versátil, te vas a terminar adaptando a los gustos de la persona con la que estás sin tener tanto en cuenta lo que a vos te gusta porque, en teoría, te gusta todo o te da lo mismo.

¿Existen personas así, totalmente adaptables a los gustos de los demás que prefieren hacer lo que les piden en vez de explorar sus propios gustos/deseos? Creo que no. O más bien, espero que no. Sería desagradable, salvo en el increíble caso que tu gusto/deseo sea complacer al otro a toda costa, incluso sobre tus propias necesidades al punto que renunciás a tu egoísmo y tu individualidad y te volvés un verdadero esclavo sexual. Pero éso ya me parece un poco patológico. Y aunque existiera alguien así que no estuviera enfermo de la cabeza, habría que ver las posibilidades reales de convertirse en un esclavo sexual las 24 horas del día los 7 días de la semana. Hace tiempo que la esclavitud, por no ser rentable, entró en crisis y dió paso a la servidumbre y ésta, a su vez, al asalariado. No creo que sea fácil mantener a un esclavo en ésta época de capitalismo global, aunque siempre hay algún anacrónico. Pero claro, para ser anacrónico hay que tener plata.

Y, de la misma forma, si es difícil creer que exista alguien absolutamente versátil, más difícil es creer que exista alguien absolutamente activo o absolutamente pasivo. Resulta que a veces te encontrás con un supuesto activo 100% que, a pesar de serlo, alguna vez probó o piensa probar (generalmente, justo ahora ¡y con vos!) o que, aunque no le gusta que se la metan, le encanta chupar la pija, pajear al otro, que lo puerteen, que le metan un dedito o que le acaricien el ano (y, por supuesto, bailar coreos de Madonna, Britney o Lady Gaga, según su edad).

Es decir, hay activos 100% que, a pesar de serlo, adoran la pija.

Y bueno, contradiciendo un poco a la etiqueta de este post, puede ser que haya también algunos activos 100% que no les gusta la pija, es decir, que no la chupan, no te la tocan, ni te la miran pero, sobre todo, no piensan en una pija a la hora de calentarse. Piensan en una cola...Pero, personalmente (y esto es discutible) creo que un activo así no es exactamente homosexual. Salvo que pensemos que un hombre homosexual es todo aquel que tiene algún tipo de relación sexual con otro hombre sin importar qué es lo que le causa excitación y placer. Y sobre todo, qué es lo que piensa en el momento de tener un orgasmo.

Pero incluso, en el caso de considerar a este activo 100% como homosexual, sería una homosexualidad muy diferente a la de cualquier otro gay que sí desea una pija (y, por lo tanto, desea a un hombre). Sería una especie de homosexual que es homosexual porque desea a otro hombre pero desea justamente la parte femenina de otro hombre o, al menos, esa parte del hombre que no es la que lo hace hombre o que no es necesaria para ser hombre…(me siguen, ¿no?). Es decir, para simplificar, sería una especie de gay amante del hombre afeminado o, al menos, del hombre que no es tan hombre. Que los hay, los hay. Si no, los travestis pasivos 100% no tendrían tanto laburo (aunque habría que ver si el hombre que está con un travesti pasivo 100% puede ser considerado homosexual o ver también cómo se considera él mismo o cómo lo considera el travesti o…¡oh, bastaaaaa!!!)

Y hablando de pasivos 100% ¿existen? Cualquiera diría que sí. De hecho, conozco muchos que dicen serlo. Pero también habría que ver qué es ser pasivo 100% porque si significa que es alguien que sólo usa la cola, entonces un pasivo 100% no debe lograr nunca el orgasmo, porque el orgasmo sólo lo produce la eyaculación del pene por mucho que se goce con el roce prostático. O sea que si un pasivo 100% eyacula, deja de ser pasivo 100% y se convierte en un pasivo eyaculador que, al menos, usa su pene para eyacular. Aunque claro, podemos pensar que el hecho de eyacular no te hace ser menos pasivo sino que simplemente es una consecuencia natural producida por la excitación física, sea directa sobre el pene o sobre cualquier otra parte de tu cuerpo. Hay pasivos que acaban siendo penetrados sin necesidad de masturbarse. De hecho, hay muchos que no les gusta que los toquen adelante. Pero igual acaban. Sólo un pasivo que no acaba, es decir, que no eyacula, podría ser considerado pasivo 100%. Y de ésos también hay muchos. Pero ¿porqué no eyacula? ¿por deseo o por imposibilidad física? Si es por deseo, te la debo. Te estás aguantando acabar y evitando el orgasmo ¡Nada menos que la sensación física más placentera que tenemos!. De nuevo, suena medio patológica la cosa, aunque bueno, capaz que a alguien le gusta así. Si es por imposibilidad física, entonces hay una patología sin dudarlo y ahí hay que ver qué relación hay entre esa patología y la homosexualidad misma y ésa también te la debo. Ya estoy hasta acá de los foucaltianos.

Es decir, cualquiera de esos tres simples roles es en realidad una caja de Pandora que, encima, va cambiando con el tiempo y tiene un montón de puntos intermedios igualmente agotadores.

El típico cancherito heterosexual que, ante una pareja gay, hace la típica pregunta (que tanto molesta a algunas locas) de: “¿Y cuál es el hombre?” no sabe en realidad que está tocando un nido de avispas con un palo.

Pero, por si ésto fuera poco, hay algo que la mayoría de la gente heterosexual ignora sobre los roles homosexuales (y, a decir verdad, muchos homosexuales también lo ignoran) y es que hay más de 3 roles. Sí, aunque no lo crean y a riesgo de sentirme mi complicadora profe de conta de segundo año (igual jamás me sombrearía con verde, aunque azul…), no todo es Activo, Pasivo y Capital, -digo Amplio-. Existen, por lo menos, tres roles más, e incluso tres es quedarse corto.

En primer lugar, además del ya mencionado mejunje de Act, Pas y Vers, está lo que en México llaman “güagüera” (no sé cómo escribirlo, sólo lo he oído) y que en Argentina podríamos traducir como “petero”. Para decirlo de una manera más educada, se puede usar la fórmula de “Sólo oral”. Es decir, es un gay que renuncia al uso de su pene y su cola y sólo utiliza su boca en un encuentro sexual. Y no me refiero a los que te hacen un pete y se interrumpen a la mitad dándote alguna estúpida excusa (o, a veces, ni siquiera excusándose) sino a los que conciben a una relación sexual como a todo aquel encuentro en que abren una bragueta o bajan un pantalón y chupan una pija. Parece sencillo, pero no lo es tanto, porque está el petero que se pajea mientras la chupa, el que se dedea, el que se pajea y se dedea, el que se acaricia, el que te acaricia, el no hace nada de eso, el que hace todo eso, el que te hace acabar, el que no te hace acabar, el que se toma la leche, el que se la enchastra en la cara, el que te hace acabar encima tuyo o en el suelo, etc. Y no, ninguno de estos “sólo peteros” es igual a otro y encima hay infinitas posibilidades. Aunque, en general, tienden a ser los gays más viejos o más feos –en muchos casos, casados y con hijos- que, a principios de cada mes, te ofrecen plata por chupártela.

Y también, dentro de los “sólo oral”, están los que sólo quieren que se la chupen, categoría en la cual podríamos incluir a casi todos los hombres del mundo, homosexuales o no (sobre todo a ciertas horas de la noche y a ciertos grados de alcohol en la sangre).

Pero además del “sólo oral” tenemos al “vouyer”, es decir, el que sólo quiere mirar. Y ahí también tenemos al vouyer que se pajea y el que no, el que te paga y el que no, el que te mira sin decirte y el que te mira avisándote, el que mira con su pareja o con un amigo y el que mira solo, etc. Y también está el vouyer al revés, es decir, el que le gusta que lo miren. De ésos hay miles y todos somos un poco así cuando vamos a bailar o al sauna o a cualquier lugar de exposición gay, aunque en general sea sólo la parte previa de un encuentro. Pero hay muchos que disfrutan exhibiéndose y terminan reduciendo su vida sexual a éso. Y ahí también tenemos al que se pajea y el que no, el que te paga y el que no, etc.

En otras épocas hubo fanáticos del sexo telefónico (bueno, todavía hay) pero ahora tenemos a los “paja por cam” que también son otro universo, porque está el que mira y no se muestra, el que muestra y no te mira, el que mira y muestra, el que sólo quiere ver tu pija o tu cola, el que sólo muestra su pija o su cola, el que quiere verte entero, el que se muestra entero, el que te paga con crédito de celular, el que te cobra, etc.

También están los “paja mutua” que, personalmente, son los que más detesto porque me hacen acordar a los juegos de mi adolescencia. Bueno, quizás son nostálgicos, pero yo no repetiría esas boludeces. Menos con alguien que ya tiene mi edad o, peor, es mayor que yo. Creo que, después de los 18 años ya no da andar con la muñeca acalambrada.

Y todo ésto sin mencionar a los asexuados, vírgenes y/o castos, que también (y por desgracia) son más de lo que uno cree y que constituyen otro rol aunque ese rol sea el de no tener sexo en lo cual estarían algo más cerca de los pajeros y peteros, aunque tampoco son lo mismo.

Creo que la sensación que tengo después de escribir todo ésto es la misma que deben tener todas esas locas densas que escriben mil quinientas palabras en sus perfiles de Manhunt/Gaydar/Contactossex/etc y que, hacia el final ponen, en un pequeño arranque de autoconsciencia: “Si llegaste hasta acá, escribíme”. ¡Así que, comenten con ganas! (si es que aún les quedan).

De todas formas, todo ésto ocurre por querer complicar algo tan simple como la partida doble. O, por el contrario, todo se debe a querer simplificar el universo en una simple regla que encima no se cumple.

Porque éso es lo peor del caso, al final todo es mentira. Así como los contadores te dibujan un balance como quieren, así también los gays te dibujan sus roles como se les canta. El que te hace el filo diciéndote que es activo termina cabalgándote la pija hasta que te quedás seco y el que asegura ser pasivo termina exigiendo que le saques la leche invocando alguna ley de reciprocidad sexual. Y el versátil que empieza con que “éso no”, “así, no”, “peráte, dejáme a mí” y el “sólo oral” que te habla más de lo que chupa o que te pide que le hagás la cola o hacértela por esta vez (o, peor, que no te paga) y el “paja por cam” que no le anda la conexión y el virgen inocente que resulta ser la loca más promiscua del hemisferio sur, etc.

Por éso, al final, resulta medio al pedo preguntar por el rol. Lo que habría que hacer es preguntar tal como pregunta un secundarísimo aunque inteligente personaje gay de una mediocre aunque entretenida película italiana: “¿Y vos que sos, pasivo o mentiroso?”.

sábado, 8 de octubre de 2011

De feos y mendigos

“Hola, ya sé que no me vas a dar bola, pero quería decirte que sos muy lindo”.

¿Cuál es la respuesta adecuada a esta frase supuestamente pensada para levantar? Lo único que se me ocurre pensar a mí es “gracias, que lástima que vos seas un loser horrible”.

Si hay algo que me molesta terriblemente en la gente es que apelen a tu lástima o a tu compasión. Me enferma. Si ya detesto a ésas personas que no tienen nada interesante para hacer con su vida o su tiempo y vienen a hablarte (sobre todo via facebook) de los carenciados, los pobres, los olvidados, los africanos, las ballenas, las focas, los árboles del amazonas, etc. para pedirte inmediatamente una firma, una donación o un alimento perecedero, más detesto a los que utilizan la lástima como medio de levante.

Detesto que me pongan carita de perro abandonado o de gato hambriento. Detesto que imiten la voz de un mendigo que pide limosna para insinuarte que tienen ganas de hablar con vos.

Pero a pesar de me revienta esa forma lastimosa que tienen algunos de hacerse las víctimas para hacerse los interesantes, soy consciente de que esa reventez es un problema mío. Es decir, a alguna gente le gusta que se le acerquen de ésa manera, supongo. ¡Quiero suponer que esa patética táctica de levante les funciona con alguien alguna vez!

Así que en vez de contestar “gracias, pedazo de hombre insuficiente” finjo una simpática sonrisa y digo “jaja, gracias” y, acto seguido, me doy vuelta y miro para otro lado buscando un intersticio entre la gente que baila pegoteada para poder escapar ¡No quiero resultar maleducado con alguien que me dice lindo!

Pero no hay caso. Una persona que se arriesga a acercarse a vos para levantarte en medio de un boliche poniendo en juego su autoestima física y su capacidad para elegir vestimenta, siempre pensará que vos sos un antipático, un histérico o un creído aunque lo rechaces con la mayor delicadeza y finura posibles en esta tierra de Dior. Nunca, nunca, nunca pensará que él es feo, o que su camisa está traspirada, o que su aliento está demasiado cargado de fernet y tabaco, etc. Es decir, nunca pensará que el problema está en él sino que seguirá aportando pruebas para su ideología de que el mundo está lleno de locas histéricas y buscará una nueva víctima para someterla a su grotesco inicio de ritual de apareamiento, quizás en la misma noche y en el mismo lugar. Y, por supuesto, mucho menos se le ocurrirá pensar que a uno le pueden molestar ciertas “frases de levante”.

Y bueno, así es la vida. Probablemente esta situación se repite todos los fines de semana incontables veces en los distintos boliches de la ciudad y del mundo. Y no sólo gays.

Pero ¿qué pasa cuando el antipático, histérico, creído va hacia la barra a pedir más fernet, cerveza y/o vodka para su organismo que ya está desbordado de alcohol y ve y escucha a su pobre rechazado señalarte y decirle a uno de sus amigos, sonriendo con suficiencia: “mirá, esa loquita es la que me quiso levantar allá en la pista”?

Son muchas las cosas que pueden ocurrir y todas involucrarían puteadas, vasos volando y patovicas arrastrando locas desfiguradas hasta la calle. Pero esta vez, quizás por lo aburrida que estaba la noche, probé algo diferente y poniendo mi mano sobre su flácido hombro, le dije melosamente y bien alto para que su amigo de camisa leñadora escuche: “Uy, mi amor, sos vos ¡por fin te encuentro, hombre de mi vida, con tu panza grasosa que abre los espacios entre los botones de tu camisa y tu colmillo amarillo que asoma entre tus evanescentes labios que se pierden en la marañosa desprolijidad de tu barba cuajada de migajas y pegajosas gotitas de salsa de tomate! Ya sé que yo no te voy a gustar a pesar de tener la mitad de tus años, dos tercios de tu peso y un quinto más de tu altura pero quiero que sepas que esta noche y todas las noches de mi vida soñaré con tu voz zezoza, tu mirada desencajada y tu cola caída. Pero no te preocupes, me iré con mi corazón destrozado a seguir bailando. No quiero ser la molestia que arruine tu noche”.

Son cosas que sólo se pueden hacer bajo el influjo del alcohol en determinados tiempos y lugares y con la compañía de ciertos amigos que también beban. El lunes te dirán que sos cruel, perra o, simplemente, loca mala y vos te defenderás diciendo que sólo sos el instrumento de la justicia poética, pero en ese momento se reirán con vos.

Y más se reirán cuando, a la salida, te encontrés con el amigo de camisa leñadora apoyado sexymente contra la pared y murmurándote “¿Así que te gustan los hombres feos, che?”.

Lo peor es que sí me gustan. Pero claro, de éso mis amigos no se enteraron.