viernes, 19 de septiembre de 2008

La mujer que lo tenía todo

Desde Aristóteles a Freud, una incontestable pregunta ha atormentado a cientos de sabios e intelectuales en todo el mundo: ¿Qué es lo que quieren las mujeres?


Muchos han ofrecido respuestas diversas, pero lo primero que a cualquiera se le ocurriría es, por supuesto, “un hombre”. Un hombre especial que reúna ciertas condiciones; entre ellas podríamos mencionar: que sepa cuidarla, amarla, protegerla, hacerle el amor como Dios manda, darle hijos, regalarle cosas caras, tener un lomazo, vestirse bien, tenerla grande, etc.


Obviamente, sólo estoy hablando de mujeres heterosexuales, que, seguramente, ordenarían estos requisitos siguiendo cada una su propio criterio personal y añadiendo otros que consideren necesarios.


Pero además de querer un hombre, una mujer puede querer otras cosas…


Podríamos mencionar algunas muy obvias como la belleza, el poder, el dinero, la seguridad, la maternidad, los vestidos, no tener que cocinar, lavar, planchar (a menos que les guste, cosa rara), etc…

Sin embargo, uno mira alrededor y ve mujeres que parecen tener todas estas cosas e igual no son felices. “¿Qué más querés?” le diría uno a Paris Hilton, Britney, Elizabeth Taylor, Madonna y tantas otras que, cada tanto, se quejan con algún periodista o en alguna lastimera canción sobre lo infelices que son.


Aunque claro, quizás estas mujeres ricas y famosas no tienen realmente todo lo que quieren. Y eso ocurre con todas las mujeres del mundo, al parecer: la que tiene plata no tiene marido, la que tiene marido no tiene sexo, la que tiene sexo no tiene afecto, la que tiene afecto no tiene casa linda, la que tiene casa linda tiene cara de caballo avejentado, la que no tiene cara de caballo avejentado no puede tener hijos, la que tiene hijos no tiene silueta, etc.


Entonces, ¿Es posible, para una mujer, tener todo lo que se necesita? ¿Ecxiste o existió alguna vez una mujer que lo tuviera todo para ser feliz, es decir, existió alguna vez una mujer bella, rica, inteligente, poderosa, amada, respetada, adorada, con un marido envidiable que no le metiera los cuernos, hijos hermosos y divinos y, sobre todo, que no tuviera que cocinar, lavar, barrer y planchar?


La historia nos dice que sí.


Hubo una vez una mujer que lo tenía y tuvo todo para ser feliz. Se llamaba Isabella (ok, el nombre no era muy feliz pero en su época estaba de moda) y nació como heredera del condado de Angulema, una de las regiones más hermosas de Francia, a fines del siglo XII.


Isabella de Angulema se hizo famosa en toda Europa por su sorprendente belleza. ¿No es eso algo con lo que cualquier mujer se sentiría feliz? Nobles, campesinos, obispos y juglares repetían por todas partes que no existía en el mundo una joven tan hermosa. Es más, antes de cumplir sus 10 años de edad, ya era llamada por poetas y trovadores la “Helena de Troya medieval”.


Según dicen las crónicas de ese tiempo, era una niña de cara ovalada, de cabello negro oscuro y ojos color violeta. Tenía rasgos bellísimos pero, además, parecía que era muy despierta y encantadora, por lo que sus padres, tutores, sirvientes y demás integrantes de la corte de Angulema terminaban concediéndole todos sus caprichos.


Es cierto que los poetas solían (y suelen) cantar a la belleza de toda mujer rica y poderosa sólo para obtener algún favorcito, generalmente monetario. Pero en el caso de Isabella de Angulema parece que era cierto, por lo que le ocurrió después.


Isabella fue comprometida cuando tenía sólo 12 años con el conde Hugo de Lusignan, conocido como “el moreno”, quién tenía 22. Hugo, a pesar de que también tenía un nombre horrible, era también muy famoso en toda Europa por su belleza, nobleza y valor militar. Era un hombre excepcionalmente alto, de cuerpo vigoroso y abundante cabello negro. Antes de cumplir los 20 años había conseguido para su familia el condado de La Marche secuestrando a la famosa Leonor de Aquitania, quien tuvo que concederle el condado a cambio de su libertad.


En resumen, era el macho perfecto. Y, además, conde. El matrimonio entre Isabella y Hugo estaba destinado a acabar con la tradicional enemistad entre los condes de Angulema y el Poitou. Así, toda la región estaba encantada con la feliz pareja de prometidos que eran tan bellos y jóvenes y que reestablecerían la paz en la región con su maravillosa unión.


Pero el destino tenía más gloria reservada para Isabella. Quiso la casualidad que, un día que había salido a cabalgar por los bosques con sus damas se cruzara por su camino nada menos que Juan Sin Tierra, rey de Inglaterra. Juan acababa de heredar Inglaterra, Normandía y Aquitania de su hermano Ricardo Corazón de León, quien había muerto sin hijos por pasársela de orgía en orgía con sus soldados y servidores más fieles.

Juan, en cambio, era famoso por su lascivia y por haberse encamado con todas las mujeres que pudo, fueran nobles, plebeyas, casadas, solteras, menores, vejetas, etc. Tenía, además, reputación de juerguista, borracho, anticlerical y de decir palabrotas.

Sólo ver a Isabella ahí en el bosque lo volvió loco y al poco tiempo, la raptó, se casó con ella y la hizo coronar reina de Inglaterra, todo por su bonita cara.


De esta forma, Isabella, que era sólo la hija de un conde y no podía aspirar a casarse con nadie superior a su rango, recibió el honor de ser elegida por uno de los reyes más poderosos de la época que encima tenía toda la fama de ser un mujeriego incorregible pero que, ante la belleza de Isabella, había decidido dejar de mirar a otras mujeres.


La unión entre Isabella y Juan no pudo ser mejor…para Isabella. Al principio él estaba tan embobado con ella que le concedía todos los caprichos. Isabella paseaba por toda Inglaterra y Normandía haciéndose la señorona (que de hecho, lo era), con las mejores joyas y vestidos y recibiendo la adoración de sus súbditos. Tuvo cinco hijos con Juan y la maternidad no mermó en nada su belleza pero pronto Juan comenzó a resultar un poco aburrido para Isabella y ella se dedicó a histeriquear con los hombres de su corte que estaban más que dispuestos a cortejarla.


Pronto Isabella quiso más que histeriqueo y comenzó a acostarse con los hombres que más le gustaban, que solían ser nobles de baja estofa, escuderos de cara triste pero brazos gruesos o caballeros con las piernas bien arqueadas.


Juan se ponía loco de furia cuando se enteraba de que Isabella le había metido los cuernos y en varias ocasiones hizo torturar y asesinar a los amantes de su mujer, incluso delante de ella. A veces, los llevaba atados hasta la habitación de Isabella y comenzaba a darles sin asco con el látigo, o les clavaba un hierro ardiendo o, simplemente, les amputaba los testículos con una hoz. Isabella se tapaba los ojos y decía “oh, no, cuánta crueldad”, pero ahí nomás espiaba un poco y contenía una sonrisa de gato, seguramente complacida de que tantos hombres estuvieran dispuestos a enfrentar la tortura y morir por ella sólo por obtener un rato de sus favores.


Así, Isabella vivía en Inglaterra en medio de riquezas y de la adoración de todo hombre que anduviera cerca, provocando la cólera de su marido de vez en cuando para divertirse un poco.

Pero ocurrió que Juan murió cuando ella tenía alrededor de 30 años e Isabella se quedó al frente del reino con Enrique, su hijo mayor y futuro Enrique III.


Muchas reinas viudas en la historia que estuvieron en su misma situación pasaron a ocupar un importante lugar en la política como reinas regentes, pero a Isabella le aburría la política y administrar un reino era tarea muy trabajosa de manera que se le ocurrió algo más divertido. Decidió casar a su hija Juana con su antiguo prometido, Hugo de Lusignan, para establecer una alianza provechosa entre Inglaterra y Poitou y para tener la excusa de ver si Huguito el Moreno seguía siendo tan lindo como antes.


Entonces, Isabella partió de Inglaterra dejando a su hijo Enrique III al cuidado de William Marshall y otros grandes señores para que se hicieran cargo de aquel reino que no era realmente el suyo y volvió a su hermosa Angulema llevando a su hija como prometida de Hugo.


Tras el rapto de Isabella, Hugo se había rebelado contra Juan pero había sido hecho prisionero en Mirebeau, cuando quiso capturar nuevamente a la reina Leonor de Aquitania, que seguía hinchando las bolas a pesar de que tenía ya 80 años. Después de su cautiverio, había partido a Tierra Santa y regresado como un cruzado heroico, con todos los reconocimientos que eso le daba.


Isabella lo encontró así, más madurito pero igual de comible, con el manto de cruzado y toda la gloria de haber combatido a los infieles. Hugo demostró pronto que seguía enamorado de ella e Isabella cumplió el inconfesable sueño de toda madre: robarle el macho a su propia hija. Aunque en este caso, la cosa era mejor, ella no robaba sino que el tipo la prefería a ella, una treintañera, por sobre una adolescente.

Isabella pronto mandó a Juana a Escocia para que se casara con el rey Alejandro y no molestara más y ella se casó finalmente con su moreno Hugo, quien le dió un hermoso hogar y varios hijos más.


Y ahí estaba Isabella, todavía reina madre de Inglaterra (jamás se sacaba la corona), condesa de Angulema y La Marche, rodeada del amor legendario de su hermoso y noble esposo, la adoración de sus hijos, súbditos y servidores, pasándosela de fiesta en fiesta donde todo lo que se hacía era comer, bailar y escuchar los cantos de los trovadores sobre lo hermosa que era la ex reina-condesa.


¿Qué podía desear esta afortunadísima mujer más que todo lo que ya tenía?


Isabella quería algo más importante que tener un esposo hermoso y rico que la adorara y consintiera y le diera hermosos hijos. Quería algo más importante que la fama de ser la mujer más bella del mundo. Quería algo más que ser una poderosa gobernante y tener a su disposición miles de súbditos que tenían que suplicarle favores y obedecer sus órdenes. Quería algo más que los vestidos y las joyas más llamativas de la temporada.


¿Qué le faltaba a esta mujer que lo tuvo todo? Le faltaba una mujer.


Y no vayan a pensar mal, Isabella era de lo más heterosexual que se puedan imaginar, sin embargo, esta famosa y bella ex reina condesa necesitaba a otra mujer. ¿Para qué? Para sacarle el cuero, para hacer circular rumores venenosos sobre ella, para humillarla sutilmente en público, para acosarla con frases hirientes, para agitar a la gente en su contra, para criticar su mal gusto, para decir que su marido era un pobre diablo y, de ser posible, calzarle unas cachetadas, pisotearla, hundirla, incinerarla y demostrarle así a todo el mundo que ella era mejor.


En resumen, necesitaba lo que toda mujer necesita y que es más importante que el dinero, el poder, la belleza y el macho: Una enemiga.


Y como Isabella parecía tener una buena estrella que le daba todo, también tuvo a su enemiga. Por aquellos tiempos reinaba en Francia Luis VIII, un pobre pelotudo, tímido y tartamudo que no sabía más que andar a caballo y tener hijos con su propia esposa, Blanca de Castilla.


Blanca era la enemiga ideal para Isabella. Blanca era una mujer muy bella, pero su belleza venía de su virtud, ya que siempre se comportaba como una nobilísima dama mientras que Isabella era linda no sólo por su físico sino por su desenvoltura (tenía la costumbre de dejarse el cabello suelto en vez de trenzárselo, imaginen!). Blanca era una ferviente católica, respetuosa de las leyes de la Santa Iglesia, cosa que a Isabella siempre le había parecido costumbre de gente aburrida, hipócrita y/o frígida.


Pero lo más importante: Blanca era la reina de Francia, por lo tanto, señora feudal de Isabella, pero esto no impedía que Isabella se sintiera su igual, ya que había sido reina de Inglaterra y nunca dejaba que nadie lo olvidara. Y sobre todo, le importaba que Blanca no lo olvidara.


Así, las dos mujeres tuvieron sus enfrentamientos sutilísimos en fiestas y banquetes donde se veían obligadas a coincidir. Isabella solía hablar en voz alta como quien no piensa la cosa sobre Teobaldo de Champagne, un noble que, por alguna razón, se había enamorado de Blanca y escribía canciones sobre su “amor prohibido”, cosa que hacía que la pálida Blanca se pusiera colorada delante de su esposo y sus cortesanos. Después, Blanca hacía algún comentario sobre las mujeres que anteponían su propia felicidad a la de sus hijos, lo cual ponía ceñuda a Isabella que a veces tenía pequeños cargos de consciencia por su hija Juana, que se murió de aburrimiento en medio de la neblina escocesa mientras su madre se la pasaba de fiesta en fiesta.


Los sirvientes de ambas comentaban cómo se odiaban sus señoras y repetían las conversaciones que tenían cada una con sus respectivos maridos. “¡Te digo, Luis, que esa Isabella es una puta barata! Me envidia porque yo he llevado una vida siempre recta y como Dios manda”, aseveraba Blanca de Castilla “¡No la defiendas, Hugo, esa Blanca es una frígida amargada. Me envidia porque sabe que yo la pasé mejor que ella!” gritaba Isabella, consciente que sus gritos serían repetidos y llegarían a oídos de la reina de Francia.


Pero ocurrió que, en 1226, el pavote de Luis VIII se murió enfermo de disentería tras una batalla en el sur de Francia y Blanca de Castilla quedó como reina regente de Francia, ya que su hijo mayor, Luis, futuro San Luis, tenía sólo 12 añitos.


Isabella se frotó las manos y se puso en campaña para agitar a todos los barones franceses en contra de la “extranjera” que pretendía gobernar a Francia. Logró que varios nobles importantes se rebelaran contra ella y Blanca parecía perdida, ya que no sabía en quién apoyarse. Pero ocurrió que Teobaldo de Champagne se entrevistó con la reina Blanca en su tienda de campaña. Teobaldo había sido enviado por los rebeldes para presentar sus exigencias a la reina regente. No se sabe de qué hablaron, pero, más o menos a los 40 minutos de entrar en la tienda, Teobaldo salió medio despeinado, con la camisa desajustada y cara de cordero antes de ser degollado, declarando que abandonaba a los rebeldes y se pasaba al bando de la reina “blanca como un lirio”.


Así, Blanca ganó un tiempo y pudo doblegar al bando que agitaba Isabella. Esta no se quedó con la sangre en el ojo, sino que llamó a su hijo, Enrique III de Inglaterra, para que viniera a ayudarla a conquistar Francia. Enrique, que era joven y tenía ganas de fama, se fue a Francia convencido por las cartas de su madre que le decían que un enorme ejército lo esperaba para apoyarlo. Obviamente, cuando Enrique llegó sólo estaban Isabella, su esposo y unos cuantos amigos más, así que el rey inglés se volvió a su isla después de decirse de todo con su madre, quien se quedó pataleando y llorando porque no podía hacerle la guerra a Blanca.


Durante un tiempo estuvo así, furiosa con todo el mundo, lanzando muebles por las ventanas, gritandole “maricón” al pobre Hugo, que la miraba como perro apaleado, abofeteando a sus criadas y jurando que se vengaría de Blanca. Un día que quiso calmarse y se fue a pasear por sus tierras, Blanca aprovechó para visitar a Hugo de Lusignan. Después de charlar razonablemente, Blanca convenció a Hugo, que era un hombre sencillo y modesto, de que aceptara jurar fidelidad a su hijo Luis IX, para que hubiera paz en el reino.


Por supuesto, ni bien llegó Isabella y se enteró de aquello, armó el despelote de su vida, terminó de tirar los muebles que faltaban, le pegó a su marido con un palo de madera que servía para trabar una puerta delante de todos sus servidores y le dijo que la había insultado imperdonablemente y que no quería verlo más. Dicho esto, agarró un caballo y se fue a encerrarse al castillo de sus padres en Angulema.


Hugo fue a buscarla y estuvo dos semanas gritándole a sus ventanas, pidiendo perdón. El pobre tipo estaba enamorado mal (y ella lo sabía, claro). Al final, Isabella lo perdonó a condición de que Hugo se levantara contra Blanca de Castilla y destronara a su hijo. Hugo aceptó, reunió los soldados que pudo y se lanzó a destronar a San Luis. Por supuesto, para entonces Blanca había conseguido más apoyo y sus soldados hicieron paté de Lusignan. Hugo se vió obligado, junto con Isabella y sus hijos, a arrodillarse frente a San Luis y su madre, besar los pliegues de sus vestidos, implorar perdón y jurar fidelidad.


Después de este acto, Isabella estuvo extrañamente callada durante varios días y todos pensaban que se estaba tragando el sapo. Finalmente, llegó a todo galope un servidor de Isabella a contarle que se había descubierto un complot para envenenar al rey San Luis y que los envenenadores habían confesado bajo tortura que obedecían órdenes de Isabella. Apenas enterada de esto, Isabella salió corriendo del castillo, dejando atrás a Hugo y sus hijos, montó un caballo y no paró de cabalgar hasta llegar a la abadía de Fontevrault, donde se refugió para no ser llevada presa.


Allí tomó el velo de monja y no quiso ver a nadie, ni a su esposo, ni a sus hijos. Se retiró del mundo y decidió expiar sus pecados. Dos años después de entrar a la abadía, murió por inanición: ya no quería ni comer.

Ganarle a Blanca de Castilla parecía ser más importante que todo lo demás que el mundo podía ofrecerle. Y el mundo le ofreció prácticamente todo lo que una mujer puede desear. Pero Isabella quiso más. Quiso ser mala, arpía, shewa y bien hija de puta. Lo triste es que su destino no fue muy original, terminó como terminan todos los que intentan eso (o, al menos, los que lo intentaban en la Edad Media): en un convento.


Así fué la historia de Isabella de Angulema. No le faltó nada, ni siquiera tener con quién pelear. Lo único que le faltó fue ganar, pero Blanca tuvo mejores cartas.


Recuerden entonces, chicas, para ser felices no necesitan ser bellas, ricas, poderosas, reinas ni tener un marido envidiable. Sólo necesitan pelearse con y ganarle a otra mujer (que, en cierta forma, es lo mismo, pero desde otro enfoque).


4 comentarios:

  1. Ves, si yo hubiera tenido profesores de historia que me contaran las cosas como vos seguramente hubiera aprendido algo al respecto.
    Tenes mucha razón, la verdad que nunca lo había pensado de esta manera, pero las mujeres somos yeguas por naturaleza, tener de todo pero no poder refregárselo a ninguna otra por la cara, hace que ese todo pierda un poco la gracia. Si hay algo orgasmico en este mundo para una mujer es que un señor deje a su novia / esposa por una, es lo más de lo más, aunque una después le meta una patada en el culo a los 15 días.
    Besos!!

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  2. Ni Esther Vilar pudo haberlo dicho mejor, ese fue el "mínimo" detalle que se le escapó a Simone de Beauvoir: toda mujer lleva una bruja con delirio de macho alfa por dentro.

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  3. Dando un giro, algunas loquitas que conozco deben tener el síndrome ya que no contentas con marido bonito y con plata, buen puesto, casa, carro y beca, se buscan un@ oponente en la disco de turno jejeje.

    Esto a veces parece un capítulo de novela mexicana ochentera...al mejor estilo de los ricos también lloran o algo así, jejejeje

    Saludos

    Quike micifous

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  4. lulu tiene toda la razón, buen metodo para enseñar historia, no encaja en este momento, pero como serviria una educación de este tipo jajaja... la mejor frase " pate de lusignan"...

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